domingo, 29 de noviembre de 2015

La triste vida de Carolina rodeada de narcotraficantes, sobrina de Lamberto Quintero,Octavio Páez y Caro Quintero

  • domingo, 29 de noviembre de 2015
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    Esto es un extracto del libro "Miss Narco" escrito por Javier Valdez Cárdenas
    NARCOVIOLENCIA-La vida de Carolina fue marcada desde su infancia, desde que vio a su tío, Lamberto Quintero, un famoso y generoso capo de la localidad, esnifeando cocaína. Él estaba arriba de un caballo blanco, con esa guayabera manga larga, también blanca. Dentro de un frasco pequeño, con una tapadera que tenía integrada una pequeña cuchara, el polvo. Tenía la nariz blanca.

    Carolina le pregunto si estaba enfermo. El tío le dijo que tenía gripa. Y se dio un pason.

    Tíos, primos, narcos. Toda la familia rodeada de traficantes. Era la década de los setenta, el imperio de las ametralladoras rugiendo asta en los funerales. Ellos copados. Su madre, insistente, hizo esfuerzos por deslindarse, sobre todo después de que mataron a balazos a su esposo, por culpa de uno de sus parientes.

    Quiso estar lejos de Rafael Caro Quintero, de Octavio Páez, quien prácticamente era dueño de Caborca, en el estado de Sonora, y de otros. Pintó la raya, aunque no fue suficiente.

    Pero el abismo del narcotráfico os esperaba. Siempre, agazapado, aguardaba detrás de los matorrales, pasando la esquina, detrás de la puerta, las paredes, en la oscura mirada de una nueve milímetros, en las manos duras del novio de Carolina.

    Héctor era empleado de una empresa de paquetería. Ahí se conocieron él y Carolina. Era un joven tranquilo, que no tomaba ni fumaba mucho menos consumía droga. Pero canjeo esa mirada apacible, con destello de buenas atenciones y palabras bonitas, de esas que enamoran a cualquier adolecente, cuando empezó a irse a Chihuahua, a la pizca de manzana. Una manzana verde, frondosa, con cola de borrego: la mariguana.
    El padre de Carolina era un buen hombre. Rosalío Caro Páez trabajaba como agente secreto de un funcionario del gobierno estatal. Era un funcionario, un político encumbrado quien lo mantenía ahí, captando información en la calle, los eventos, las reuniones. Rosalío le entregaba la información para que él tomara las medidas que considerara importantes. Rosalío era policía y era honesto. Además, tenía camiones de volteo, unidades para el transporte de materiales para la construcción.

    A Rosalío no le gustaban las broncas y si se metía con ellas era para resolverlas, en calidad de negociador o intermediario. Así le entro al problema que traía su primo. El pariente ese era narco y se metía en embrollos porque era gandaya: sabia del día, la hora, trayectoria, todo, cuando alguien de sus contrincantes iba a entregar algún cargamento de droga. Los sorprendía encañonándolos, superándolos en número de pistoleros se quedaba con la mercancía. Así le hizo muchas veces, metiéndose en embrollos y metiendo también a su parentela. Y en esa ocasión le toco a Rosalío.

    Llegaron varios desconocidos a buscar a su primo. Rosalío estaba ahí, de visita, en ese poblado. Él salió a atenderlos con la intención de platicar con ellos, arreglar las cosas, tener un acuerdo. Ellos no escucharon. Era evidente que no querían negociar, sino ajustar cuentas a plomo y fuego, y como no encontraron al pariente narco, mataron a Rosalío. Tenía 42 años y su hija Carolina, solo siete, y también hermanos, cuatro de ellos hombres. Rosalío, que siempre daba la cara por amigos y parientes, ahora había dado la vida.

    A la muerte del padre, la familia de Carolina quedó a la deriva... solo uno de los tios, Lamberto Quintero Páez, fue solidario con ellos. Mientras que otros, como Octavio Páez, los abandonaron.

    Lamberto siempre andaba de blanco: esa guayabera de manga larga, para ocultar el lunar grande que asomaba en su antebrazo y que lo tenía acomplejado. Llegaba en su camioneta de lujo y le gritaba a Carolina y a sus hermanos que fueran a la caja de la unidad y bajaran todo lo que tenía ahí, que era para ellos: leche, huevos, carne, verduras etc.

    En apuros, cuando la despensa se acababa y el refrigerador enflaquecía, la madre de Carolina os mandaba a buscar a su tío Lamberto, en su casa de la colonia Hidalgo en Culiacán, para que les ayudara con algo de dinero. Lamberto en su patio, con sus cinco, seis guardaespaldas, custodiado. Y el sobre su caballo blanco, con su frasco transparente y el polvo para aspirar, se veía encumbrado, enorme, inalcanzable. Pero no para sus sobrinos. Sacaba rollos de billetes y se los entregaba.

    Carolina recuerda que "él siempre nos decía 'tengan m'ijos, denle a su madre, díganle que cuando se les ofrezca, que no hay problema que no dude en buscarme, yo siempre voy a ayudarles', y así fue, nunca nos abandonó ni dejo de echarnos las mano".

    Todavía recuerda aquella anécdota que contaba Lamberto, entre risas que siempre terminaban en carcajadas, sobre su tío Manuel, un narco que fue muy bravo con sus enemigos y con las federales.

    En un enfrentamiento a balazos, los agentes le reclamaron al capo por qué les disparaba con una pistola calibre .45 y él les contestó: "Porque no tengo calibre .46."

    Lamberto era así, divertido, generoso y familiar. Tenía casas para sus cuatro mujeres. Y a todos atendía, igual que a los hijos que tenía con cada una de ellas. Comida, billetes, regalos, automóviles, fiestas y caprichos para todos. Jugaba con los niños y los visitaba. Amaba a su esposa y a sus parejas. 

    Se esmeraba en nuevas conquistas, igual que en los negocios, las movidas de droga, el dinero como fruto de tanta transacción.

    Lamberto era amigo y socio de Pedro Avilés y Heliodoro Cázares Laija, "El Culichi", y enemigo de los Lafarga, una familia que le estaba haciendo la competencia en el negocio local del narcotráfico. 

    Fueron ellos, los Lafarga, quienes lo persiguieron y acribillaron en las inmediaciones de El Salado, por la carretera México 15, aquel 28 de enero de 1975, en Culiacán. Lamberto respondió la agresión pero resulto malherido y fue trasladado a una clínica privada, la Santa María, donde murió horas después, según reportes de la PGJ de Sinaloa.

    La respuesta de los socios de Quintero no fue menos violenta. En una de esas jornadas fueron abatidas a tiros 10 personas. Los bandos compartieron balas y ráfagas, pero también muertos.

    Carolina al ser todavía una niña, vio su vida lacerada, empequeñecida y triste, por la pérdida de su padre, y por los contrastes: su pobreza que los orillaba a pedir dinero para pagar la luz y el agua, y a comer lo que les mandaba su tío Lamberto, y la riqueza de sus parientes, algunos de ellos cercanos, cuyos hijos quemaban los billete de 20 pesos, recién salidos del mercado, para prender cuetes en navidad y año nuevo.

    Al iniciar los ochenta, Carolina llegó  a los 17 años y acudió con sus hermanos y madre a una boda a Caborca, en la parte norte del estado de Sonora. El novio era Miguel Caro Quintero, hermano de Rafael, el capo de capos, que tenía un poderío creciente en el noroeste del país.

    En las mesas, cubiertas de blancos manteles, con encajes, había refrescos, depósitos de aluminio para conservar los cubos de hielo, cervezas, botellas de whisky y tequila, y porciones generosas de cocaína. El polvo blanco estaba ahí, sobre la mesa, como si fuera botana o bebida, aperitivo, adorno, galletas o paté. Los invitados actuaron sin disimulo: en bolsas de plástico o sobres que ellos mismos hacían con pedazos de papel o cartón, se servían del plato, tomaban un poco con alguna cuchara, llenaban sus pequeños depósitos y se iban al baño o al patio a inhalar.

    La fiesta fue en un local enorme, dentro de un hotel. El hotel, la gasolinera, media ciudad y otros negocios eran de uno de los tíos: Octavio Páez. Al otro día fue la posboda y los familiares aprovecharon para celebrar un bautizo. Estaban todos en un rancho cercano a la ciudad, también propiedad del capo. Los padrinos, que estaban en el negocio como la mayoría de los asistentes convocaron a todos los presentes al tradicional “bolo padrino”. Sacaron bolsas y valijas. Metieron manos y emergieron pacas de dólares. Desamarraron los paquetes y los aventaron al aire. Los billetes caían danzando al ritmo del viento. Algunos se conservaban junto a otros billetes y caían más rápido. Y los asistentes se tiraron al suelo, empujaron, rompieron medias y se rasparon para alcanzar billetes de 10 y 20 dólares.

    Carolina vio la escena. Quiso correr, aventarse también a la rapiña de billetes, rebatinga de su propia oqueosidad. Pero se detuvo. Le pareció indigno, humillante. Se sintió asqueada, trajo a su mente el dolor de haber perdido a su padre, las carencias, el trabajo de su madre con tal de seguir teniendo casa y comida, y las caras volteadas de sus tíos cuando acudieron a ellos para pedirles apoyo. “’Yo no voy a mantener a esos méndigos perros’, dijo uno, y yo lo escuche desde afuera de la casa a la que habíamos acudido para pedirles un poco de azúcar.”

    Y entonces quiso saltar. Revolcarse, pelear, empujar y morder si era necesario. Atrapar uno, dos, tres, cuatro billetes. Llevándoselos a sus hermanos, a su madre. Y mostrarlos triunfante, sacudirlos, sentirlos suyos, de ella y su familia, y tener para comer mañana y pasado y tal vez la semana entrante. Quiso y se detuvo. Se dijo por dentro que no. Y comparo la rebatinga con un pleito de perros. Perros sarnosos, hambrientos y miserables.

    En diciembre de ese año, como para machacarle la herida y abofetearle la carestía, vio a sus primos en el festejo previo a la cena de navidad. Los niños estrenaban ropa y algunos traían sombrero. Actuaban como capitos, como sus padres, dueños, reyes, semidioses  del poder y del dinero. Se paraban como ellos, hablaban, repetían sus ademanes, ordenaban y traían, igual que ellos, los billetes rebosándoles las bolsas delanteras. Y de nuevo la escena: uno de ellos, ufano, erguido y presuntuoso, sacó un paquete de billetes. Eran de 20 pesos. Los prendían con un encendedor. Y luego prendían con el fuego de los billetes las palomitas, buscapiés y chifladores.

    Carolina deseaba quitárselos, hacerse de los billetes. Evitar que incendiaran frente a ella sus esperanzas.

    Carolina tiene calcado en su memoria el día que su tío Octavio se le acerco. Muy cerca, a distancia de abeja. Aprovecho que la madre de Carolina estaba a varios metros y no lo escucharía.

    “Él me dijo que si yo quería todo eso podía ser mío. Mi tío Octavio extendía el brazo y apuntaba hacia el frente, a los lados, señalaba los territorios, los árboles frutales, la siembra de maíz, decenas, cientos de cabezas de ganado, tierras y más tierras.” Carolina pensó que era por su padre, quien había muerto a balazos por culpa de su tío, y que era una forma de querer retribuirle.

    El señor tenía alrededor de 50 años y el control que ejercía en la región era inobjetable. El viento tenía su nombre. Los políticos se le arrodillaban. Los empresarios se santiguaban a su paso.

     Y me dijo: “No andes con ese plebe.” A juicio de él, su sobrino Héctor no le iba a dar lo que ella merecía. Y en cambio, con su tío tendría todo a sus pies, lo que veían sus ojos y más allá, pero tenía que irse a vivir con él a Caborca, Sonora y ser su mujer. Una de ellas.

    Su madre siguió ausente. Ni cuenta se dio. Ella lo miro sin hacer gestos. Sintió nauseas, vergüenza, terror. Su tío. El tío de su novio. Aquel que robaba droga de otros, gandaya y tramposo. Era el mismo. Carolina no pudo contestar. No dijo nada. Enmudeció.

    La ciudad  empezaba a crecer en las orillas, las casas se multiplicaban y aparecían los nuevos fraccionamientos. El pavimento no llega ni alcanza, el asfalto apenas cubre algunas vías. El empedrado permanece, queda, trasciende: así está en Tierra Blanca, muy cerca de los ríos, recibiendo a las familias que bajaron de la sierra, que emigraron a Durango, de los pueblos cercanos como Mocorito y Badiraguato, huyendo de los operativos de destrucción de enervantes del ejército, saliendo de las montañas donde abundan los pinos y el aire fresco, pero no hay futuro.

    Eran los tiempos de Pedro Avilés, el “Culichi”, Lamberto Quintero, Rafael Caro Quintero, Miguel Ángel Félix Gallardo, Alfonso Cabada, Manuel Salcido, a quien apodaban el “Cochiloco”, y Ernesto Fonseca, entre otros capos. Tiempos oscuros. Tiempos violentos. 

    Los casos de homicidios dolosos sumaron alrededor de 6 mil durante el gobierno de Antonio Toledo Corro y de acuerdo con organismos defensores de derechos humanos, 3 mil 700 en el de Francisco Labastida Ochoa.

    En Tierra Blanca quedaron concentrados los capos y sus familias. Los narcos, los sicarios, operadores, vendedores, ahí, porque está cerca de la montaña, porque la carretera comunica rápido a una de las salidas de la ciudad. Todos ahí, en una colonia de calles con alfombra de piedra de rio: piedras redondas, geométricas, casi del mismo tamaño, estéticas y boludas....
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