viernes, 4 de diciembre de 2015

Una Historia del Cártel del Golfo: de Juan García Ábrego a Osiel Cárdenas Guillén

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    Esta historia refleja varias ideas que aún deambulan en la discusión pública académica: el papel de las políticas prohibicionistas en la creación de atractivos mercados subterráneos, la organicidad de los vínculos con el gobierno autoritario, el surgimiento de la violencia como consecuencia lógica en el manejo de una organización fuera de la ley con grandes intereses en juego, la capacidad de su renovación ante los retos del Estado y el mercado”, considera el investigador Froylán Enciso, quien ha estudiado este caso en particular para un volumen recién publicado por El Colegio de México.
    El uso de la palabra “cártel” para referirse el grupo de traficantes de las orillas del mar del Golfo, fue dada en 1989 de acuerdo a un documento del FBI con el folio 92CHO-26853-21. En ese reporte aparece el nombre de Juan García Ábrego como el del principal jefe del grupo, que ese año ya había establecido relaciones importantes con El Cártel de Cali en Colombia y tenía a su disposición un equipo de pistoleros con considerable capacidad de fuego. Entre estos se encontraban Luis García Medrano y José Pérez de la Rosa apodado “El Amable”, aunque en realidad era el sicario de la fama más sanguinaria.
    Óscar López Olivares, socio de García Ábrego conocido como “El Profesor” y que después se convirtió en testigo protegido de la DEA, relata en sus memorias inéditas los inicios de García Ábrego en el narco. Cuenta: “En el año de 1980 quedó establecido el puente aéreo Matamoros- Oaxaca, con un promedio de 4 vuelos por semana de 400 kilogramos de cañamo indígena (mota, marihuana, grifa, hierba verde) en ese tiempo contaba con 40 años y jamás en mi vida había visto la hierba, pues apenas acababa de conocer la cocaína, que los mismos agentes federales me habían enseñado a utilizar, contra el cansancio del vuelo”.

    En Matamoros, la Policía Judicial Federal, estaba compuesta únicamente por tres elementos y todos eran amigos de Juan García Ábrego desde la infancia. Les conseguíamos oficinas, muebles, armas y les pagábamos la luz así como una gratificación por cada viaje”.

    “Durante los años siguientes se hizo una constante que a cada comandante nuevo que llegaba, había que comprarle nuevamente todo, pues el que se iba no dejaba nada”.

    Hasta enero de 1996, García Ábrego se mantuvo al frente de El Cártel del Golfo. Cuando finalmente fue detenido en una finca en las afueras de Monterrey, su tío, Juan N. Guerra, dio declaraciones a la prensa sobre este hecho: “Es mi sobrino, ¿qué le puedo decir?... contra el Gobierno no se puede”, dijo.

    Óscar Malherbe reemplazó a García Ábrego pero en mayo de 1997 también fue capturado también. Salvador Garza Herrera tomó el mando después. Sin embargo, tan solo duró unos meses al frente de la organización delictiva: Osiel Cárdenas Guillén, asociado con Gilberto García Mena, operador en el pueblo de Guardados de Abajo, se quedó con el control del Cártel del Golfo a partir de finales de 1998, tras asesinar a Garza Herrera.

    Cárdenas Guillén es un hombre de ojos cafés, 1.75 de estatura, con cicatrices de acné en el lado derecho de la cara y un tatuaje en el hombro izquierdo. Cuando asumió la jefatura del Cártel del Golfo estaba casado y era padre de 3 niños. García Ábrego lo había incorporado a su equipo, después de que éste había trabajado para la PGR como entrenador de perros.

    Una de las primeras cosas que hizo Cárdenas Guillén y que a la larga cambiarían el curso de la historia del narcotráfico en la región, fue la creación de una escolta personal conformada por militares élite del Ejército Mexicano que en los años siguientes, después de la detención de Cárdenas Guillén en 2004, iniciarían un camino propio en el mundo del narco, al grado de convertirse a finales de 2007 en un cártel más de la droga en el país, independiente del Cártel del Golfo, la organización delictiva dentro de la cual habían nacido.

    Durante dos años, aún estando en la prisión, Cárdenas Guillén siguió teniendo el control de Los Zetas. Fue hasta su extradición a Estados Unidos, cuando el núcleo paramilitar decidió operar por su cuenta, sin acatar las órdenes de los demás miembros de la cúpula del Cártel del Golfo, cercanos a Cárdenas Guillén.

    Una de las últimas y surreales acciones que ordenó hacer Cárdenas Guillén a Los Zetas desde su encierro ocurrió en la celebración del día del Niño en abril de 2006, y de la cual, incluso se publicó una reseña en un diario de Reynosa.

    La nota aparecida el Sábado 29 de abril de 2006, decía:
    OSIEL HACE FELICES A MILES DE NIÑOS

    Osiel Cárdenas Guillén festejó a los niños de Reynosa en su día, obsequiando más de 150 bicicletas y 18 mil juguetes a quienes abarrotaron las gradas y canchas del estadio Adolfo López Mateos.

    Veintidós mil personas se dieron cita en el parque Adolfo López Mateos desde las doce del mediodía, para presenciar el espectáculo de lucha libre y el show de los Payasónicos al que se sumó la presentación del conjunto musical “Los hijos D” quien marcó el inicio del festejo infantil.

    De los asistentes se contabilizaron 17 mil niños de diferentes edades, quienes eran acompañados en grupos por dos adultos, sus padres o hermanos mayores, recibiendo a su ingreso al parque en forma individual un refresco, una bolsa de papitas y agua completamente gratis.

    No hubo vendimia, todo fue gratis, los niños se fueron agasajados desde su llegada a la sede del evento y al salir del mismo, cuando dos camiones cargados con más de 18 mil juguetes de diferentes tamaños y marcas fueron regalados a quienes salían del lugar con sus rostros sonrientes”.

    En la nota se explicaba que el evento se llevaba a cabo “por cuarto año consecutivo”. Y se hacían algunas acotaciones como la siguiente:

    Johan Said Barra Soto de siete años, y Luis Daniel Pérez Vallejo de ocho años, con capacidades diferentes a los otros niños recibieron de parte de Osiel Cárdenas Guillén una bicicleta sin participar en la rifa, escuchándose sus risas y gritos de emoción al ser sentados en aquellas unidades para diversión infantil”.

    “En el evento los niños no sabían quién era Osiel Cárdenas Guillén, para estos niños no había historia, había un gesto de generosidad de un hombre que se encuentra en algún lugar de México consciente de que la pobreza no se puede erradicar, pero sabedor de que se puede dibujar una amplia sonrisa en el rostro de los niños con el firme apoyo de amigos leales”,

    En cien años de historia, el poder los traficantes de Tamaulipas había pasado del poseer lechuzas en las salas de la casa, a la celebración de actos masivos con un fuerte respaldo popular.
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    Para ello contaban con Los Zetas: Arturo Guzmán Decena, un militar de elite nacido en Puebla que desertó del Ejército Mexicano para cuidar la vida del capo Osiel Cárdenas Guillén, fue acribillado en un céntrico restaurante de Matamoros en septiembre de 2002.
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    Tres meses después, en las afueras del sitio donde murió, apareció una enorme corona fúnebre y otros cuatro arreglos florales acompañados de su nombre y de una dedicatoria: “Te llevaremos siempre en el corazón: de tu familia de Los Zetas”.

    Este suceso llamó la atención del investigador español Carlos Resa Nestares, quien descubrió a los pocos días que Guzmán Decena había sido un destacado miembro del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales del Ejército Mexicano (GAFE), el núcleo militar creado en 1994 al calor de la insurrección del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas. Al igual que Guzmán Decena, por lo menos una veintena más de Gafes dejaron las fuerzas armadas para convertirse en la escolta de Cárdenas Guillén, el sucesor de Juan García Ábrego en la dirección del cártel del Golfo.

    “Los Zetas pueden ser una anécdota fugaz, pero también podrían ser los pioneros de una industria en expansión, con amplias oportunidades de negocio y que, en última instancia, constituiría una institucionalización de la mafia en México bajo nuevos mecanismos”, escribió en sus anotaciones de aquellos años Resa Nestares, colaborador de la ONU en asuntos de narcotráfico. En esa época Los Zetas eran más leyenda que realidad. Se hablaba poco de ellos, pero en sus notas el investigador español ya esbozaba un análisis puntual sobre la banda, el cual, leído casi una década después, parece una profecía: “Los Zetas han dado un salto nunca antes visto y se han convertido en verdaderos mafiosos, ejerciendo su actividad desde la esfera exclusivamente privada, en confrontación con el monopolio de la violencia estatal. Esta circunstancia añade varios grados de peligrosidad al asunto de las drogas en México”.

    LA EMPRESA

    En estas notas, Resa Nestares evitaba clasificar a Los Zetas como narcotraficantes. “Su desconocimiento de grandes clientes y proveedores, de la infraestructura en general, les impidió convertirse en una empresa autónoma de drogas, en unos narcos en toda regla. Entre 1999 y 2000, en diversas tandas, cambiaron de cliente y pasaron a vender sus servicios a un empresario privado de drogas, Osiel Cárdenas Guillén. Privatizaron su clientela. No había muchas diferencias entre el tipo de servicios que prestaron primero al estado y más tarde a Cárdenas Guillén”.

    El profesor de la Universidad Autónoma de Madrid ponía énfasis en la característica mercenaria de Los Zetas: “Primero fueron los militares quienes les ordenaban realizar discrecionalmente los operativos de captura de empresarios de drogas. El estado les pagaba por esta actividad según las tarifas oficiales, sin posibilidad de negociar sus emolumentos. Una vez en el ámbito de la empresa privada, Cárdenas Guillén contrataba a los desertores según sus necesidades para ejecutar tareas relativas a la violencia que eran colaterales para su actividad de compra venta de drogas”.

    Luego de la detención de Osiel Cárdenas Guillén, ocurrida el 14 de marzo de 2003, mientras se daba la reorganización interna del cártel del Golfo, Los Zetas comenzaron a explorar por su cuenta nuevas actividades criminales. “De esta forma aceleraron el ritmo de recaudación de impuestos entre pequeños delincuentes de Nuevo Laredo. Una nueva remesa de requerimientos fiscales fue recibida por un grupo cada vez más extenso de individuos y grupos que se movían en el terreno de la ilegalidad: desde transportistas y pequeños vendedores de drogas hasta apostadores ilegales, (dueños de) prostíbulos y contrabandistas de todo pelaje”.

    Después de tomar el control de Nuevo Laredo, la banda decidió exportar la misma lógica de recaudación mafiosa en otras ciudades del país, en primera instancia las del noreste, de Nuevo Laredo hasta Torreón. Así dio inicio la nueva era de Los Zetas.

    LA RUTA

    En cinco años Los Zetas pasaron de ser una banda regional a un grupo con presencia nacional. La alianza que establecieron con Arturo Beltrán Leyva, el capo que se separó del cártel de Sinaloa dirigido por Joaquín El Chapo Guzmán, les permitió acceder al mercado internacional del trasiego de la droga, en especial al de la cocaína. Beltrán Leyva sí tenía contactos en Colombia dispuestos a proveer cargamentos de droga que Los Zetas se encargarían de transportar a Estados Unidos a través de las rutas mafiosas establecidas en estados de la República por lo regular colindantes con el Golfo de México.

    Nabor Vargas García, a quien apodaban El Débora, un cabo militar que formó parte del Cuerpo de Guardias Presidenciales del Ejército Mexicano hasta 1999, fue quien organizó para Los Zetas estas rutas, un proceso al cual se le llamaba internamente “la expansión”. Gracias a El Débora, las carreteras que van desde Cancún hasta Matamoros fueron controladas por Los Zetas. Los miembros de la organización delictiva conocieron perfectamente todas las brechas de ese trayecto e hicieron algunas ellos mismos, para operar en donde no podían cooptar a la policía o tenían riesgo de ser atacados por grupos antagónicos. Antenas de radio de largo alcance y varias repetidoras fueron instaladas a lo largo de la ruta Zeta para agilizar la comunicación interna de la banda....
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