jueves, 10 de diciembre de 2015

El Cártel de "Los Padrotes" mexicanos

  • jueves, 10 de diciembre de 2015
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    Esta es la historia del ascenso y derribo del cartel sexual internacional en una zona de 545 mil kilómetros cuadrados, así cayeron los capos del cártel sexual de Tenancingo. 
    Por Domingo El Universal
    NARCOVIOLENCIA-Los niños que jugaban en el 128 de Tibet Avenue creían que la casa E-18 estaba embrujada. Decían que cuando oscurecía y el vecindario quedaba en silencio, se podía escuchar el llanto de unos “fantasmas” que se movían dentro de esa residencia ubicada en Savannah, Georgia, en la zona conocida como “el cinturón bíblico” de Estados Unidos. En cambio, para la mayoría de los adultos, esa casa de ladrillos rojos con puertas y ventanas blancas era una extrañeza en el barrio: hombres desconocidos que nunca saludaban a los vecinos solían recibir numerosas visitas de mujeres que entraban y salían con la cabeza agachada.

    Esa casa fue motivo de bromas entre la comunidad, luego de historias fantásticas y, al final, de preocupación. Crecía el rumor de que esas paredes ocultaban un laboratorio de drogas o un almacén para armas. Muchos querían resolver el misterio de ese departamento y de su inquilino, un hombre sombrío, de gesto duro y voz ronca; un acento latino se colaba cuando daba, parcamente, los buenos días. Pero nadie se atrevía a preguntar. Nadie quería problemas con “él”. Nadie.
    Era entonces 2008, pero pasaron años silentes hasta que en el verano de 2012 un vecino pidió ayuda para resolver el acertijo. Cerca de las dos de la tarde de un día reservado en los expedientes oficiales, la línea anónima del Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos timbró y la operadora recogió una pista de medio minuto para las autoridades: en esa casa no lloran fantasmas sino personas personas que son obligadas a prostituirse.

    Era imposible que El Flaco saliera bien librado en esta historia. Cuando el gobierno de Estados Unidos te pone en la mira, no hay quien te salve. Lo saben bien Osama Bin Laden, Imad Mugniyah y un puñado de veteranos terroristas capturados o asesinados por el país más poderoso del mundo: si te conviertes en una amenaza para la vida interna de los Estados Unidos, huirás hasta la muerte. Pero eso no lo sabía El Flaco, un migrante mexicano que decía trabajar como limpiador de albercas en Georgia.

    No huyó de sus perseguidores, porque ni siquiera supo que entre julio de 2012 y enero de 2013 se convirtió en un blanco prioritario del Departamento de Seguridad Nacional, el brazo antiterrorista del presidente Barack Obama. La temida secretaría de Seguridad Interna lo acechó. Varias decenas de agentes especiales del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) lo espiaron con técnicas de película hollywoodense, como instalarle a su auto, de madrugada, un sistema de rastreo satelital para saber todos sus movimientos.

    El FBI, la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos y la Oficina de Protección Fronteriza le tendieron un cerco. Marines, special agents, police departments y sheriffs trabajaron en conjunto durante siete meses con un mismo objetivo: capturar en silencio a ese hombre que había nacido en Veracruz, aunque los agentes especiales decían que fue parido en el infierno, porque debajo de la facha de migrante indocumentado, El Flaco controlaba una mafia de padrotes que quemaban a sus víctimas, las azotaban, las dejaban sin comer por días y las forzaban a introducirse tampones con vinagre para supuestamente cortar el flujo menstrual.
    Documental Trata de Mujeres de Tenancingo a Nueva York: Documental. by Discovery en Español.

    Así quebraron el espíritu de decenas de jóvenes mexicanas y centroamericanas para que no rezongaran cuando dieran hasta 30 servicios sexuales cada noche en Georgia, Florida, Carolina del Norte y Carolina del Sur antes de volver a las casas donde las tenían secuestradas.

    En base a documentos oficiales se reconstruye la operación antitrata más grande en Estados Unidos contra padrotes hechos en México a partir de documentos oficiales de la Oficina del Procurador de Estados Unidos y de la Corte Federal de Distrito para la División de Savannah, Georgia, y tres testimonios directos de agentes especiales de ICE y del FBI.

    Esta es la historia del ascenso y derribo del cartel sexual internacional en una zona de 545 mil kilómetros cuadrados, casi el tamaño de Centroamérica, y que intentaron lo imposible: salir bien librados.

    La compra-venta del “negocio”

    La denuncia de aquel vecino que no veía fantasmas bastó para que se convirtiera en un caso para ICE, una de las cuatro agencias más poderosas que integran el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Y que el expediente llegara hasta Jason W., un agente especial en Georgia, quien recuerda haber sentido que la intuición le mordió las entrañas.

    —Todas las denuncias las investigamos con seriedad, pero esto… ¡esto era trata de personas! ¡tráfico humano! Mujeres, tal vez niñas, obligadas a tener sexo con clientes explotadores. Lo investigamos con esa indignación —gritoneó Jason cuando conversamos. Él es un agente especial con fama de ser un sabueso malhumorado que  enseña los colmillos.

    Con esa seriedad, Jason inició la investigación sobre la casa E-18. Como está asentado en el caso 4:13-004, abierto en 2012, en la Corte Federal de Distrito para la División de Savannah, Georgia, el agente ordenó a su equipo que se montara vigilancia afuera de la residencia. Cada tanto, policías vestidos de civil observaban a los hombres, las mujeres y los autos que metían y sacaban gente de la supuesta casa embrujada. Los infiltrados anotaban lo que veían y lo volvían informes consistentes: el movimiento es sospechoso y podría tratarse de crimen organizado.

    Entonces, entraron los sabuesos de ligas mayores: llegó la asistencia de los expertos en investigación criminal del Departamento de Justicia, los especialistas en cruces fronterizos de Seguridad Nacional, los detectives de armas pesadas y bombas y hasta los investigadores federales que hurgan en los impuestos de los habitantes del país para hallar negocios ilegales. FBI, IRS, ATF, CPB, todas las siglas estaban ahí.

    Sin que El Flaco lo supiera, le montaron un cerco de película de acción: agentes especiales camuflaron cámaras de vigilancia a control remoto enfrente de su casa; consiguieron su número celular y lo intervinieron; hicieron lo mismo con sus contactos y grabaron cada conversación; los fotografiaron a distancia; y esperaron a que el mexicano durmiera para deslizarse de madrugada hasta los vehículos estacionados frente a su casa para instalarles a oscuras los GPS con los que armaron una lista de rutas, casas, bienes y cómplices.

    Al cabo de seis meses, en enero de 2013, los agentes supieron lo básico y lo más importante de ese tipo sombrío: lo básico fue que El Flaco se llama Joaquín Méndez-Hernández, nació el 5 de marzo de 1976, hijo de Eva y Timoteo, originario de Veracruz, México, estudiante hasta el tercer grado de primaria, casado con Patricia, padre de tres —Beatriz (13), Jesús (12) y Mariana (9)— y primo de Eugenio Hernández-Prieto, El Jarocho, uno de los tratantes de personas más violentos de México y cuya residencia y centro de operación está en Tenancingo, Tlaxcala, un pueblo limítrofe con Puebla conocido como “el semillero de los padrotes”. En ese pequeño municipio de 17 kilómetros cuadrados no hay un solo prostíbulo, casa de citas o tabledance, pero ahí se manejan los hilos del mercado ilegal del sexo. Dividido en siete pueblos, Tenancingo resguarda a familias completas dedicadas a la trata de personas, y en “el 3” crecieron El Flaco y El Jarocho, bajo la tutela del temido veterano El Santísima Verga.

    Lo más importante fue que El Flaco llegó sin documentos a Estados Unidos en 2004 y que trabajó limpiando albercas por cuatro años hasta que se encontró con El Jarocho, quien le ofreció ser chofer en su negocio de prostitución forzada. La red era tan importante que desde hacía varios años,El Jarocho salía de México y entraba a Estados Unidos con frecuencia —a pesar de no tener documentos legales— para supervisar personalmente su cártel binacional. Pero en 2008, la organización era tan amplia que el jefe había entrado a la lista de los traficantes humanos más buscados por Inmigración, así que sus viajes se volvieron más esporádicos y, por eso, ofreció “vender el negocio” a su primo para refugiarse en Tenancingo: por una cantidad desconocida, entonces El Flaco compró el celular de El Jarocho con los nombres y direcciones de tratantes apalabrados, esclavas sexuales, clientes y casas de seguridad. Esa fue la estafeta en el liderazgo de la organización.

    El Flaco aprendió sobre la marcha a usar ese teléfono. Al principio, era torpe y poco discreto, pero al final, era un jefe con contactos que movían una máquina de explotación bien aceitada: bajo sus órdenes, la organización secuestraba y engañaba mujeres en México, Guatemala y Honduras para trasladarlas a Georgia, Florida y las Carolinas, donde eran obligadas a dar servicios sexuales en las casas de seguridad de la mafia o en granjas. Si quedaban embarazadas, las hacían trabajar hasta el parto y los niños eran usados como rehenes en casas de Tlaxcala, donde los padrotes son los reales jefes de la policía, según un diagnóstico del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal. Cuando las conclusiones de la investigación llegaron al escritorio de Jhon Morton, jefe de Inmigración y Control de Aduanas, el mando tiró los dados para echar la suerte de El Flaco y sus cómplices:
    —¡Los quiero presos a todos! ¡A to-dos!
     El nombre describía el momento en el que los agentes acabarían con la pesadilla de las víctimas: Operación Noche Oscura, el momento más sombrío antes del amanecer
    De castigos y operaciones
    Joaquín Méndez-Hernández, El Flaco, y su mafia de padrotes mexicanos, tenían dos castigos preferidos para sus víctimas: uno, cuando las mujeres secuestradas no juntaban la cuota diaria que se les exigía, amarraban sus manos y las inmovilizaban sobre unos colchones mientras las golpeaban con las palmas en la cara hasta que se cansaban; otro, cuando quedaban embarazadas de un cliente o un victimario, las obligaban a acostarse bocabajo en el piso y el proxeneta brincaba sobre su espalda tantas veces como sus pulmones resistieran para forzar aborto.

    Lo sabían los agentes de Inmigración y Control de Aduanas por los informes que les envió la Procuraduría General de la República y la Policía Federal mexicana sobre cómo los padrotes de Tenancingo, Tlaxcala, castigaban a sus víctimas. Por eso, había quienes en Inmigración y Control de Aduanas se desesperaban. Querían ir ya al domicilio de El Flaco y detenerlo, pero la prisa era mala consejera en esta operación. La dificultad radicaba en una pregunta: ¿cómo desmantelar de un solo golpe a un cártel con presencia simultánea en cuatro estados? Bastaba una filtración o un error de cálculo de sólo unos segundos para que un tratante avisara por celular a sus cómplices, y así éstos huyeran de las casas de seguridad con las víctimas.

    En el mejor de los casos, se les perdería el rastro a los padrotes y las víctimas. En el peor, ellas serían asesinadas para asegurar su silencio.
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