miércoles, 10 de junio de 2015

El niño autodefensa de 13 años que juro venganza por la muerte de su padre a manos de los Templarios PAGINA 2

  • miércoles, 10 de junio de 2015
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    La edad no fue impedimento para sumarse a la guerra. En otros grupos de autodefensas de Tierra Caliente, Los Reyes y la Costa también hay niños. A todos los menores armados los mueve la venganza por la muerte de algún familiar directo. Se estima que entre los cerca de 3 mil elementos de las autodefensas que siguen activos en Michoacán, al menos unos 600 de ellos son menores de 18 años. Más de la mitad son niños con edades que oscilan entre los 9 y los 15 años. Todos los menores antes de sumarse formalmente a las filas reciben instrucción paramilitar básica. A todos los adiestran en el manejo del fusil AK-47. A Toño, la puntería se le da naturalmente.
    Apenas a dos días de haber entrado a las autodefensas, con un arma prestada, lo asignaron a las rondas de vigilancia por las inmediaciones del Cerro de Tancítaro. Para no tener que esperar la dotación de un arma incautada, Toño optó por comprar un fusil. Vendió una motocicleta que era de su padre, por la que le dieron 4 mil pesos y con ello pudo pagar el Cuerno de Chivo que no suelta en ningún momento.

    “Con este fusil ya he dado de baja a cinco templarios, pero todavía me faltan los que yo quiero”, presume el chico.

    La ebullición de la venganza

    Él sabe bien quiénes son y por dónde se mueven los asesinos de su padre.

    “Siguen activos, son los mañosos que luchan por sobrevivir, después de que cayó ‘La Tuta’”.

    Desde hace dos años les sigue la pista. Asegura que sus perseguidos no se han ido del estado porque los tiene cercados en la montaña de Tancítaro. Confía en que pronto los pueda “dar de baja”.

    La Policía Federal ha colaborado con el grupo de autodefensas al que pertenece Toño. Le entregaron fotografías y expedientes de Los Templarios que mataron a su padre, y por ello es que los tiene bien ubicados, a la espera de poder encararlos en cualquier momento.

    No lo piensa mucho para decir lo que hará cuando se encuentre con los que mataron a su padre. “Los voy a matar de rodillas”. Se le hacen más profundos los ojos. “Ojalá que tenga la posibilidad de agarrarlos vivos. Ese sería mi mayor gusto”. El niño se llena de coraje. Habla como olvidándose de la entrevista y comienza un soliloquio que acompasa frotando el fusil que cuelga como una extensión de su persona.

    “Más les vale que mueran en un enfrenamiento, porque si los agarro vivos, me los voy a tragar a pedacitos. Los voy a torturar para que paguen todo lo que hemos sufrido en la casa por la muerte de mi papá”.

    Él ya sabe lo que es matar. Dice que no se siente nada. Que al principio da un poco de miedo de estar pensando, pero luego se quita.

    “Se siente en las manos cuando con el cuerno (AK-47) bajas a alguien. Aunque no lo veas caer, hay algo que te dice que lo mataste, y a veces se siente bonito”.

    Toño ha estado como 10 ó 12 veces en combate, ya perdió la cuenta de las que ha disparado su arma. Tenía apenas como tres meses de estar en el grupo de autodefensa cuando bajó a dos sicarios de los templarios en un enfrentamiento. En otra ocasión mató a tres y eso le valió para que lo dejaran como encargado de grupo. Sus hombres lo llaman por su nombre porque no quiere que lo ubiquen como comandante.

    El grupo que comanda Toño está formado en su mayoría por adultos. Hay un hombre de 70 años que decidió tomar las armas para vengar a su hijo secuestrado y muerto por los Templarios. Don Pablo se ve extraño cuadrándose frente al niño de piel curtida por el sol.

    “Es uno de los hombres más leales que tengo”, explica sin motivo, luego de darle permiso para dejar la guardia y comer.

    Hoy en la barricada hubo puerco en sancocho y frijoles con tasajo de res. Las mujeres de la comunidad  de Pareo son las que llevan de comer a los hombres que mantienen la seguridad de esa localidad, donde los templarios violaron a decenas de mujeres y mataron al doble de los hombres.

    El Negro, su fiel compañero

    Vuelve a hablar de la sensación agradable que deja la muerte de sus enemigos. Dice que a los cinco templarios que lleva en su cuenta personal los mató a una distancia de más de 100 metros. “A todos me los bajé con el Negro”. Así le llama a su fusil. Casi todos los hombres de las autodefensas les tienen nombre a sus armas. Toño le puso “El Negro”, a veces le dice “Bonito”. Lo mira. Lo acaricia como a un niño. Hasta parece que le canta una canción de cuna. Los arrulla en sus manos. “Si viera que bonito cacarea cuando estamos en combate”. Dice que a veces siente que “El Bonito” le habla. “Me dice que me duerma cuando no puedo conciliar el sueño. Él es el que me recuerda que debo ir a ver a mi mamá cada domingo”.

    Al “Negro” no lo suelta para nada. No lo deja ni para visitar a su mamá al rancho de sus abuelos. Le duele ver cómo su hermano menor lleva dos años sin poder hablar.

    En las autodefensas no le pagan, pero es ley que se puede quedar con las posesiones que los templarios muertos tengan tras el momento del combate. Toño espera tener suerte con la próxima célula de sicarios que enfrenten para ver si de allí puede obtener unos centavos que le permitan llevar a su hermano al médico.

    “Me da mucha tristeza”, confiesa. “Me parte el alma ver a mi hermanito sin poder decir una palabra y siempre con la mirada fija en la pared”.

    Él sabe que es la consecuencia psicológica de haber visto cómo asesinaban a su padre y se le nota más el odio que tiene hacia el cártel.

    ‘Mi novia es la guerra’
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