miércoles, 10 de junio de 2015

El niño autodefensa de 13 años que juro venganza por la muerte de su padre a manos de los Templarios PAGINA 3

  • miércoles, 10 de junio de 2015
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    No piensa en el amor. Hay una muchachita en Apo que le gusta, pero él se sabe destinado a otras cosas. “En la guerra no puede uno tener novia. Te descuidas y en un rato la dejas viuda”. No quiere que nadie le llore si lo llegan a matar, porque se sabe expuesto a todo. Por eso, como todos, Toño ha renunciado al amor. Muchos dejaron esposas, otros no quieren tener novia. Todos en el grupo de Toño son autodefensas solos. “Mi novia es la guerra”, dice. Entre ellos se ven como hermanos. Son la única familia que se tienen. Ser autodefensa es como un ministerio de fe, donde se comulga con balas.
    El único amor que lo mueve es el de su madre. Le preocupa la salud de su mamá. A ella se le ha agudizado la diabetes en los últimos meses, a grado tal que a sus 43 años parece ya una anciana de 70. Cada domingo la visita y procura llevarle frutas del mercado. La gente ve con buenos ojos a los guardias y para ellos todo lo que quieran o necesiten comer es gratis. A Toño no le gusta abusar de esa condición, pero cuando se trata de llevar una fruta a su mamá sí acepta los regalos que le dan en el mercado a su paso. El domingo pasado le llevó higos, duraznos y mangos. Su madre se lo comió a besos y lo bañó de bendiciones.

    “Lo más duro es cuando regreso de la casa para volver a la guardia. Se me queda un pedazo de vida al lado de mi mamá”.

    No sabe cuándo se va a termina la guerra. “Esto va para largo. Los templarios son como cucarachas: se multiplican por todos lados. No podemos acabarlos, aunque ya hemos bajado a muchos”. Reflexiona. Una sombra de duda pasa por su rostro. “Esta guerra a lo mejor nos lleva toda la vida, pero ojalá que no”. Él tiene –muy en lo profundo- sus propios sueños. No quiere morirse en la barricada. Le gustaría seguir estudiando para llegar a ser médico. Quisiera despertar un día en su cama y saber que todo lo que ha vivido desde la muerte de su padre ha sido una pesadilla. Ese es el pensamiento con el que se duerme todos los días. Es el pensamiento que lo acompaña mientras se tiende sobre los cartones improvisados como cama, cuando clava sus ojos negros en la noche negra de Michoacán.

    Cuenta que tarda en conciliar el sueño y por eso comienza a contar las estrellas que cintilan. Imagina que son de lumbre y que las puede ir apagando con solo soplarles desde acá. Antes de dormir, con el “Bonito” velándole el sueño, el niño sueña. Imagina que regresa con su mamá, que la abraza y que le dice que por fin vengó la muerte de su padre. Entonces su padre, desde la tumba, ya no clama venganza, entra también en un sueño de descanso. Sonríe. Le gusta imaginar el rostro de su padre que se sonríe sabiéndose vengado. Entonces “El Negro” deja de ser fusil. “El Negro” ya no dispara muerte. El negro es un perro con el que se anda silbando en el camino.
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