miércoles, 12 de agosto de 2015

Así comencé a trabajar con Los Zetas, la historia de "La Peque" PAGINA 4

  • miércoles, 12 de agosto de 2015
  • Comentarios
    <---Anterior PAGINA 3
    ZETA

    Te estaba contando cómo fue mi inicio. Después de presentarnos con el comandante nos dirigimos a recoger los cargadores y los chips a la gasolinera; luego nos fuimos a la casa de mi amiga a cargar los celulares. Como a las dos horas nos marcan y nos pasan unos números de teléfono y nos dicen a quién y qué tipo de cosas debemos de reportar. A los cuatro días nos vuelven a hablar, pero ahora para recoger cuatro mil pesos para cada una, mientras nos llegaba nuestro pago: seis mil pesos a la quincena más 1,500 para gastos y fichas de saldo para celular.
    A cada una nos ubicaron en un punto de Pachuca. Yo elegí trabajar de noche. Con lo del asesinato de mi hermano había tenido problemas con un agente de la PGR, al que yo acusaba de encubrir al asesino. Me tenía amenazada de muerte y yo me andaba escondiendo. Me mandaba mensajes por celular constantemente; me decía que me iba a chingar. Subieron tanto de tono las amenazas que mis papás, mi hijo, mi hermana y mis sobrinos nos fuimos huyendo al DF. Estando allá en la capital me manda mensajes el cabrón ése y me dice que ya sabe que estoy escondida en la delegación Tláhuac; ¡puta madre!, nos tuvimos que ir a esconder a Tlaxcala. Duramos meses ahí hasta que me harté de huir y de estarle jodiendo la vida a mi familia por mi culpa; ellos andaban conmigo porque yo tenía miedo de que al no encontrarme a mí se vengaran con ellos. Cuando supimos que las cosas estaban más tranquilas en Hidalgo, nos devolvimos y conseguí un cuerno de chivo. Le marqué al tipo de la PGR y le dije: —Ya me regresé y ya sabes dónde estoy, cuando quieras nos partimos la madre en el topón. —Me sentía segura porque comencé una relación con un agente de Fuerza y Tarea, la que es la Policía Estatal de Hidalgo; aunque él nunca supo que era Zeta, lo supo hasta mi detención. Al final las amenazas se acabaron, al puto que me amenazaba lo terminaron rafagueando en Reynosa, Tamaulipas.

    Me detuvieron una tarde después de haber comido carne con chile; eran como las tres de la tarde. Ese día estuvo muy agitado. Toda la mañana hubo señales de que algo iba a pasar. En la mañana cuando iba a comprar para desayunar, me encuentro en la calle a un tipo de la organización masticando el chip de su celular. Le pregunté por qué lo hacía y me contestó que había mucho movimiento del ejército y la policía. Sospechaba algo malo; regularmente uno tiene que borrar los mensajes de entrada y salida del celular, pero a él no le bastaba eso, se quería tragar su chip.

    Mi RT siempre me decía que lo que yo debería guardármelo. Yo era halcón, pero hacía otras cosas que no puedo contar. El día que me arrestaron, me había hablado para pedirme que me fuera a la casa de seguridad. Cuando llegué supe que era una pendejada para lo que me quería. Todo el asunto era que le cocinara carne en salsa verde para unas gentes que estaban de visita por unas horas, antes de irse a un enfrentamiento a Tula de Allende. La comida no alcanzó y me dio mil pesos para que fuera al mercado a comprar bisteces y longaniza para otros sicarios que venían en camino y que también iban a tirar putazos. Voy al mercado, compro la comida y cuando ya iba de regreso recibo una llamada en donde me dicen que me esconda porque la casa de seguridad, donde había estado cocinando, está rodeada de camionetas de la SIEDO, del Ejército y de federales. De pronto estaba cargando tres bolsas con verdura y carne, pero ahora en calidad de fugitiva.

    Decido comenzar a caminar como pendeja; no sabía para dónde ir. Caminé muchas calles hasta que llegué a un campo de futbol. Lo atravesé, entré a una calle y de pronto escuché unos carros que venían a toda velocidad. De repente ya estaban junto a mí. Se frenan, se bajan dos agentes y me suben de las greñas a una Suburban. Lo primero que miro es a un tipo todo golpeado de la cara y con una venda en la cabeza. Uno de los agentes le pregunta: —¿Conoces a esta pinche vieja? —y contesta que sí me conoce; yo por instinto dije que ni madres, que yo no lo conocía, pero insiste: —Sí te conozco, hace rato me diste de comer en la casa de seguridad. —Lo miro y me acuerdo que fue quien me pidió un vaso de agua; como estaba muy golpeado no lo reconocía. De todos modos negué todo. No me sacaron de mi versión de que era sexoservidora. De todo modos los policías estaban aferrados a que señalara ubicaciones, gente, casas, pero no dije nada. Yo creo que se enfadaron porque me llevaron al Ministerio Público y ahí me dejaron tres días. Luego me llevaron al arraigo de la PGR en el DF, por 78 días. Ahora estoy en Baja California, encerrada. Tengo aquí tres años y hasta hace un par de meses había estado sin declarar y sin careos. Me he declarado inocente, pero creo que en un momento de desesperación me declararé culpable. Por ser halcón te dan cinco años y ese es mi delito, ser halcón.

    Cuando salga de la cárcel podría trabajar de nuevo con la organización, pero no quiero. Esto me sirvió de experiencia, y no tanto por el encierro, el encierro no te acaba. Te acaban las experiencias personales que vives estando en el encierro. Estando aquí en la cárcel mis papás fallecieron. Pero al salir de aquí saldré con una mano atrás y otra por delante; me veré en una necesidad económica muy grande. ¿Y quién me va a pagar ocho mil pesos a la quincena por irme a parar cuatro horas a la calle? Siempre es tentador volver.
    VOLVER al inicio de la historia PAGINA 1

    SI TE GUSTO Lee mas de nuestra sección de NarcoRelatos clic aquí
    Apóyanos con un me gusta a nuestra página de Facebook/NarcoviolenciaOficial
    Compartir:

    0 comentarios:

    Publicar un comentario