lunes, 4 de julio de 2016

Así comencé a trabajar con Los Zetas, la historia de "La Peque" testimonio de mujeres Zetas

  • lunes, 4 de julio de 2016
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    Al año muchas mujeres deciden formar parte de las filas del narcotráfico, algunas son obligadas, otras tantas por falta de oportunidades, por descuido de sus padres y algunas otras por mero gusto deciden convertirse en delincuentes realizando tareas para el narco desde el halconeo, sicariato y narcomenudeo en un mundo donde la vida no la tienen comprada y dos cosas tienen seguro la cárcel o la muerte, esta es la historia de una mujer que desde temprana edad formo parte del Cártel de Los Zetas.
    Por Jorge Damián Méndez Lozano/VICE
    NARCOVIOLENCIA.-Juana alias "La Peque" está recluida en uno de los Centros de Reinserción Social de Baja California. En libertad perteneció al brutal cártel de los Zetas. Decapitaciones y desmembramiento corporal como sello de la casa. En este relato, Juana nos narra las distintas estaciones por las que ha transitado y que la han conducido de la libertad al encierro carcelario; del sexo servicio al halconeo, como le llaman en el argot del crimen organizado a las tareas de contraespionaje de militares y policías.

    Si hay algo a lo que Juana le tiene miedo es a que le corten las orejas pedacito por pedacito. Como si fueran páginas de periódico a que solamente se les quiere recortar las erres. Su niñez no se asoma por ningún lado. Parecería haber abandonado el encierro del vientre materno siendo un adulto. Y una vez fuera del útero trabajó de cocinera, mesera, sexoservidora y halcona del Cártel de los Zetas.
    Nuevamente está encerrada; ahora en una cárcel fronteriza; en un estómago de piedra. Mientras pone en forma su narración, recuerdo una tétrica narración periodística. Se trata de la esposa de un empresario mexicano a la que en su secuestro, y con la frialdad de una serpiente, su verdugo le pregunta: "¿Prefiere que le corte la oreja izquierda o la derecha?, dígame para saber en cuál ponerle anestesia". Aunque se pagó el rescate, tres meses después volvería a su hogar sin ambas.

    De la espesa neblina que es su memoria, Juana, recupera la mañana en que abrió la puerta de una casa de seguridad de la organización y vio a un hombre tirado boca abajo sobre el piso de la sala. Rodeó al bulto como si se tratara de una fogata y caminó hasta el patio trasero donde cuatro de sus cómplices consumían cigarros de mariguana y tabaco. Cuando estuvo frente a ellos la miraron como si se tratara de una bola de humo, como la sombra que no es de nadie. Luego todos fueron hasta donde estaba el hombre que para su sorpresa se encontraba consciente. Lo interrogan, y lo que responde lo condena. Juana finge que vomita al relatarme que le trituraron el cráneo con un mazo de acero para romper concreto. Yo no voy a limpiar su puto cochinero; a ustedes les toca ―les diría serenamente, sintiendo latir en las sienes una mezcla de espanto y tristeza—. Media hora después permanecería en una cantina, ebria de cerveza, escuchando salir de la rockola música tex mex y canciones de Los Cadetes de Linares. Que le desintegren la cabeza con un mazo también le da un chingo de miedo, y tristeza.

    Juana nació en el estado de Hidalgo. Por su seguridad debo olvidar la ciudad donde creció. Tiene 28 años, pero por su apariencia podría ser la madre de alguien de esa misma edad. Ochenta y cinco kilos repartidos en un metro con setenta centímetros que se comunican por medio de una atronadora voz. En sus palabras: "Desde niña fui rebelde, drogadicta y alcohólica". Luego tuvo 15 años y quedó embarazada de su primer esposo, dos décadas mayor que ella. Le gusta jugar futbol y los hombres con los brazos tatuados. Le molesta la hipocresía, el encierro y el sabor de los limones. Piensa que el dolor siempre está ahí y que solamente es cuestión de que algo lo despierte. La etapa más feliz de su vida fue la educación secundaria y el nacimiento de su hijo. En la cárcel está terminando la preparatoria y aprendiendo contabilidad de manera autodidacta.

    JUANA
    Sonará feo, pero me convertí en perro fiel del jefe, en algo más que un simple halcón que vigilaba y reportaba los operativos policiales y militares. Ese trabajo lo hacen taxistas, paleteros, despachadores de gasolina, agentes de tránsito, boleros, vendedores de piratería o cualquiera que trabaje o deambule en la vía pública. Cuando andas en este tipo de actividad tienes que relacionarte con mucha gente para no levantar sospechas. Tienes que hacer relaciones para tener siempre un lugar donde perder el tiempo mientras vigilas.
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