miércoles, 12 de agosto de 2015

Así comencé a trabajar con Los Zetas, la historia de "La Peque" PAGINA 3

  • miércoles, 12 de agosto de 2015
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    Un día me llamó mi RT para decirme que una de las halconas necesitaba ayuda; había desobedecido una orden y la habían tableado. Necesitaba que la curaran. Tablear es cuando, con una tabla como de metro y medio de largo y con tres hoyos, te pegan en las nalgas. Los hoyos se los hacen para que no agarre aire y se frene al momento en que te van a golpear. A esta mujer le habían dado 15 tablazos. Fui al departamento donde vivía y la curé. Nunca había mirado la carne humana tan, no sé cómo decirlo, tan podrida, tan negra, tan abierta. No te miento: le abrí las nalgas para curarla y casi vomito del color, de cómo se veía. Estuvo cuatro días bocabajo porque no podía sentarse. Por suerte nunca me tablearon; solamente una vez me dieron unos cachazos en la cabeza porque en lugar de irme a vigilar a la calle me había ido a dormir a mi casa; ya me estaba dando por costumbre vigilar cuatro horas de las ocho que debían ser. En otra ocasión me amarraron durante dos días porque no quise irme a vigilar desde un cementerio; me dan mucho miedo los panteones. Cuando te amarran te dejan tirada en un cuarto atada de pies y manos; puede ser hasta una semana. Si la persona que está cuidándote es buena onda te ayuda a ir al baño, sino, ahí tirada orinas y cagas. A veces te dan agua o un taco al día; a veces nomás una cobija.
    Inicio Zeta

    Empecé a conocer a la gente de la organización a finales de 2008 cuando trabajaba en un bar. Llegaba la gente (los Zetas) a cobrar piso, pero al principio no me daba cuenta de lo que hacían. En una ocasión la dueña del bar nos dice a mí y a una de mis compañeras: "Váyanse a sentar con esos tipos para reponer el dinero, porque me acaban de cobrar piso". Cobrar se hizo algo normal: llegaban, le cobraban piso a la señora y se ponían a pistear con nosotras, las muchachas del bar. Entonces nosotras teníamos que sentarnos con ellos a tomar cerveza, una tras otra para sacarles dinero de la venta de alcohol, de la rockola o bailando con ellos.

    En una de tantas ocasiones en que nos sentábamos con los que cobraban piso me pidieron mi número de teléfono. Un viernes me hablan al celular y me piden que les consiga ocho muchachas para una fiesta. El que me estaba hablando, dijo: "Mija, no te preocupes por cuánto nos vayan a cobrar, nosotros pagamos lo que sea". Por estar de diez de la noche a cinco de la mañana nos dieron 20 mil pesos a cada una, y aparte, nos dieron de beber a más no poder; se enojaban si no tomábamos a la par de ellos. Eso sí, se metían cocaína como animales. Otra noche los tipos me piden prestada la casa para hacer una fiesta. Como agradecimiento me regalaron un tabique de cocaína lavada de fresa. Ya lo iba a tirar el tabique a la basura, pero a los dos días me hablan para saber si todavía lo tenía o me lo había retacado en las narices. "Yo ni me drogo, mejor denme dinero", les dije. Se llevaron el tabique y me dieron dinero.

    En noviembre de 2010 fui de visita al pueblito de donde soy originaria. Fui porque me había quedado de ver con una amiga. Íbamos para una fiesta, cuando le hablan por teléfono. Contesta y al colgar está muy nerviosa: —Ya me atoraron —me dice. Ella estaba viviendo con un amigo en común que es gay y que andaba trabajando con los Zetas. A mi amiga ya le habían ofrecido trabajo, pero no se quería meter en broncas porque trabajaba de policía municipal. —¿Por qué dices que ya te atoraron? —le pregunté—. Es que me estaba hablando el encargado de aquí de los Zetas, quiere que vaya a verlo a una pollería en este momento.

    De pendeja voy yo también a acompañarla. Llegamos y se baja un tipo gordo de una camioneta. Lo primero que le dice a mi amiga es: —Mañana entregas tu uniforme a la municipal. No le preguntó si quería trabajar o si podía. Mi amiga le dice que no quiere trabajar, casi le suplica. El cabrón al que le dicen, "El Barrigón", le contesta: —No te estoy preguntando si quieres; necesito gente. Y súbete a la camioneta porque iremos a ver al comandante.

    Yo me quedé parada como mensa, sin moverme, viéndolos. De repente escucho: —Tú también súbete a la camioneta, ya escuchaste cómo me dicen y no te puedes ir así nomás, tú también te vienes.

    Fuimos a un pueblo como a 30 minutos. Nos presentaron con el comandante que me preguntó cómo me decían y le dije que "La Peque"; desde los trece años había trabajado en las cachimbas y así me decían los camioneros. Todo fue muy rápido. El comandante nomás dijo: —Está bueno, cabronas, mañana comienzan a trabajar, aquí están sus celulares; ahorita van a pasar a una gasolinera a recoger unos chips y unos cargadores.

    Me asusté mucho, le apreté la mano a mi amiga y le dije al oído: —Así de fácil ya me embarqué, ya valí verga, ya soy Zeta. A mi hermano lo habían matado ese mismo año, meses atrás. Era chofer y no andaba en la malandrinada. Cuando empecé a trabajar con la organización supe por qué lo habían matado: andaba con una mujer que estaba casada con un policía que trabajaba para la gente (Zetas). El policía hizo toda la movida (asesinato) por debajo del agua; porque no está permitido matar por cuestiones pasionales, para hacer eso se necesita permiso. Levantas a la gente de la que tienes instrucciones, pero no puedes hacerlo sin la autorización de los de arriba, de los jefes. Seré sincera: en su momento quise secuestrar al dueño de una gasolinera, pero tenía que reportarlo. No era nada más que yo me moviera con mi grupo y lo levantara con el pretexto de que aflojara dinero; si hubiéramos hecho eso nos matan. Levantar sin permiso de la organización es como robarle a la compañía, como se le dice; dentro de la plaza todo lo que está ahí es de ellos. La compañía te pide lealtad y respeto.

    Después me enteré que a la esposa y al policía asesino de mi hermano los habían descuartizado y quemado. Una tarde que nos reunimos me pregunta el comandante: —¿Sabes dónde está tu hermano?, ¿está completo?, ¿lo torturaron? ―contesté que sí a las dos primeras y que no a la última pregunta―. Qué bueno, quédate con ese consuelo. Tú y tu mamá saben a dónde irle a llorar, a dónde llevarle una flor; aparte saben que no lo torturaron. En cambio la familia de ese fulano y fulana andan huyendo, y no saben dónde quedaron tirados los restos.— ¡Qué a toda madre, pinche consuelo!, pensé, pero no dije nada...
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