viernes, 28 de agosto de 2015

Ser guía de migrantes en zona de zetas

  • viernes, 28 de agosto de 2015
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    Por Oziel Gómez/Barrio Antiguo
    NARCOVIOLENCIA.-De aquel año Said solo conserva un recuerdo y la seguridad de que jamás volvería a involucrarse en el negocio.

    A sus veintidós años Said ha viajado tantas veces sobre La Bestia que ni siquiera hace el intento de recordar cuántas. No vale la pena el esfuerzo, sabe que aunque lo haga no podría atinar un número aproximado. Como si las escenas de aquel año de horas y horas a bordo del tren hubiesen formado en su memoria una sola fusión ahora imposible de separar y cuantificar.
    Platica con soltura, con confianza, mientras vigila el puesto de dulces mexicanos ubicado en el centro de Monterrey en el que trabaja. En su semblante risueño y su actitud despreocupada no se adivinan los dos mil 500 kilómetros que lo separan de su casa y de su familia. De su Honduras natal. Su rostro de adolescente hace difícil imaginar que hasta hace seis meses todavía recorría algunos puntos de la Ruta del Golfo guiando a otros migrantes centroamericanos a través del territorio controlado por Los Zetas.

    Entró al negocio sin pretenderlo, por pura casualidad. Tenía entonces diecinueve años y recorrida la mitad del trayecto entre su país y su sueño: Estados Unidos. Se albergaba en la Casa del Migrante “La Sagrada Familia” en la ciudad de Apizaco y, aunque hacía poco tiempo que había salido de su casa, deseaba tomar un descanso antes de continuar con el viaje.

    Por aquellos días también estaba de paso por el sitio un mexicano. Uno que no soñaba con la vida al otro lado del río Bravo, que podía pagarse un cuarto de hotel más que decente, pero que había decidido hospedarse en el albergue como parte de un viaje de negocios.

    Coincidieron durante la estancia en el lugar y no fue necesario mucho tiempo para que Said se ganara la confianza de aquel hombre. De este modo se enteró de la rentable empresa familiar que operaban él y su esposa, la señora R, también mexicana. Que aquello dejaba dinero, mucho. Y mucho más fácil que en esa patria lejana en la que familiares y conocidos adornaban las paredes de sus casas con títulos universitarios estériles. Y mejor aún: que había un puesto para él.

    Quizás fue la seguridad con que habla lo que convenció al hombre de ofrecerle trabajo a un joven extranjero recién graduado de la preparatoria. Además del hecho de que siendo Said también un migrante, paisano de tantos otros viajeros, podría ganarse con mayor facilidad las confianzas en un camino donde la desconfianza es regla básica de supervivencia.

    La dinámica laboral parecía sencilla: viajaría al menos una vez por semana hasta algún paso obligatorio para los migrantes centroamericanos en el sur de México (un albergue, las vías del tren o La Bestia misma) y se mezclaría con ellos. Luego se dejaría llevar por el viaje como uno más. Fingiría el miedo, la preocupación, hasta encontrar el momento adecuado para ofrecer, con discreción, su servicio como guía y el de su jefe como coyote.

    Una vez cerrado el trato, apuntaría los nombres, los teléfonos, haría las llamadas correspondientes y esperaría el pago en tres partes. Hasta la ciudad de Houston, en Texas, serían tres mil 300 dólares. La frágil seguridad de cruzar indemne el territorio mexicano costaba en esos días alrededor de 40 mil pesos mexicanos por persona. Poco más de 37 mil para el bolsillo de la señora R y el resto para la otra “empresa”, la que controla realmente la ruta: Los Zetas. Si estos últimos aparecían en el camino, bastaría con telefonear a R o a su esposo para confirmar que las cuotas y convenios por llevar “pollos” se cumplían. Y listo, a continuar con el viaje.

    Said aceptó.

    Pasaron un año y cientos de kilómetros de vías, carreteras y migrantes de los que Said no volvió a saber nada. El dinero llegaba a sus manos como nunca antes. Hasta 50 mil pesos en una sola semana. Una cifra que él no habría ganado ni en un mes de trabajo duro y legal en su país. Pero llegó aquel diciembre y aquella noche en el centro del estado de Veracruz, zona de zetas.

    Era de madrugada y Said llevaba varios “pollos” a bordo del tren. Al llegar a Medias Aguas, como siempre lo hacía, el maquinista disminuyó la marcha hasta detenerse. A continuación todo pasó rápido. Las luces de varias linternas rompen la oscuridad y golpean las pupilas. Hay gritos, voces que les ordenan bajar de inmediato. Insultos. Otra vez la luz contra el rostro. Están rodeados. Hay amenazas y un nudo en la garganta. La respiración se acelera.

    Debe ser un malentendido: la jefa cumple, R siempre paga. La noche parece más oscura cuando las pistolas miran a los ojos, al pecho. Y es una mirada que puede penetrar la piel y la vida en cualquier momento. Pero Said logra hablar con el jefe de la zona. Lo cierto es que nada cuesta deshacerse de aquel guía de migrantes en medio de esa nada, aunque, por otra parte, doña R sí ha cumplido los tratos. Entonces el líder dice algo como un “dejen que se marche”. Y aquellas palabras normalizan la respiración y deshacen el nudo en la garganta de Said. Las armas desvían la mirada.

    Aun así hace falta un cigarro. Y otro, y otro más. Una cajetilla entera para calmar los nervios crispados, las piernas trémulas. Sin embargo, no son suficientes para que a Said le vuelva el gusto por aquel trabajo que deja dinero. Y aquella fue la última vez que viajó en el tren y que guio migrantes indocumentados en zona de zetas. Varios días después llegó a la ciudad veracruzana de Tuxpan, en la costa norte del estado. Lejos de Medias Aguas, de La Bestia y de doña R. Durante un mes trabajó como lavacoches y disfrutó los atardeceres anaranjados desde la orilla del río. Luego decidió seguir su camino hacia el norte.

    Seis meses más tarde, sentado frente al puesto de dulces en pleno centro de Monterrey, mientras recuerda aquellos recorridos por la Ruta del Golfo, dice que al coyotaje nunca lo vio como tráfico de personas. Y aunque el gobierno de Estados Unidos proteste, para él no es otra cosa que “una ayuda” que les ofrecen a los viajeros centroamericanos sin papeles. Eso sí, una ayuda que le dejó ganancias de hasta 50 mil pesos semanales. Ni hablar de la señora R. Ni hablar de Los Zetas.

    De todos modos tampoco duda en afirmar que el suyo era el bando de los coyotes buenos –cuando era posible tal distinción–, cuyos empleados, a diferencia de otros, no inventaban o exageraban los riesgos del camino ni ordenaban el asesinato de algunos migrantes para espantar al resto y ganar clientes. Se limitaban, según cuenta, a recomendar al coyote y sus guías, entre los que figuraba él.

    Sin embargo, después de tres años en México y tantos viajes y migrantes guiados ni ha conseguido llegar a Estados Unidos ni le queda un peso en la bolsa. Solo un recuerdo todavía fresco de aquellos días y la seguridad de que jamás volvería a involucrarse en el negocio. Aunque haya dinero y un puesto para él.

    Porque aún sueña con llegar a Estados Unidos. Con un trabajo y un salario que le permitan construirse la vida por la que dejó su país. Con que la señora mexicana que le prometió pagar los servicios de un coyote que lo ayude a cruzar el río Bravo, cumpla su palabra y lo haga pronto. Porque le dice que falta poco, que será el otro mes y entonces Said cuenta las semanas, los días y finalmente las horas. Su rostro se ilumina cuando dice “ya me voy” y cada vez que se imagina al norte de la frontera. Pero algo sale mal –siempre es ese “algo”– y de vuelta a tachar los días que pasan al pie de un puesto de dulces tradicionales de un país que no es el suyo. De un lugar donde ya no quiere estar.

    Ojalá que esta vez sí se haga, piensa. Porque volver a Honduras no es una opción. No lo haría ni aunque estuviera loco. Y en la mirada de Said se asoma por fin un rastro de seriedad, de pesadumbre. “No, ni loco”.
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