jueves, 16 de junio de 2016

Testimonios de mujeres Zetas: La historia de Alma

  • jueves, 16 de junio de 2016
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    Alma (no es su nombre real) no duda que se comerá una condena de 45 años de cárcel. Se lo dijo su abogado. Está internada en un Centro de Reinserción Social de Baja California. Le achacan delincuencia organizada y el homicidio del hijo de un militar veracruzano, a quien tuvo que desenterrar con las manos el día que la detuvieron. En prisión terminó el segundo semestre de preparatoria y ha aprendido matemáticas de manera autodidacta. Enseña a sus compañeras álgebra, trigonometría y cálculo. Las clases se las pagan en especie con alimento y detergente para lavar ropa. A lo largo de este testimonio narrará sus experiencias de violencia antes, durante y después de pertenecer al Cártel de los Zetas.
    Por Jorge Damián Méndez/VICE
    NARCOVIOLENCIA.-En las nalgas tengo un chingo de cicatrices. Son como boquitas que mandan besitos. Las marcas me las hicieron a tablazos durante los dos años que trabajé con los Zetas. Ese es el castigo favorito dentro de la organización: la tableada. Un metro de largo, quince centímetros de ancho y una pulgada y media de gruesa de madera de roble, porque la de pino se rompe con los chingazos. El leño lo mandan cortar con un carpintero. Ese cabrón le forma una empuñadura para agarrarla. Con un taladro le hace perforaciones para que no agarre aire y se frene al momento del impacto contra el culo; los hoyitos los hacen formando diagonales o estrellas que funcionan como una ventosa que chupa la piel y te desgarra. Y para que duela sabroso, algunos de los jefes le piden al carpintero que le ponga remaches. Los mandos más locos le graban su nombre para que se marque en la piel de los que tablean; pinches piratones, ¿no?
    Debuté recibiendo un tablazo. En ese tiempo trabajaba con seis hombres y era la única mujer en esa área de halcones de la organización, porque ahí todo se divide en áreas, como si fuera una fábrica. Una noche nos llaman para que vayamos a una playa del puerto de Veracruz que de noche se queda totalmente desierta. Iba con siete miembros de la operativa (sicarios), como le dicen al grupo de hombres enchalecados, armados y encapuchados. Vamos llegando cuando por radio nos piden que apaguemos las luces. Temblaba de miedo. Los de la operativa me dieron la oportunidad de no bajarme de la camioneta. Estaba polarizada y confiábamos en que si se asomaba alguno de los jefes no me verían. En cuanto descendieron del auto escuché que los de mayor rango los comenzaron a regañar y a insultar diciéndoles que eran unos pendejos que no servían para nada.

    "¿Son todos o faltan?, porque vamos a revisar la camioneta", preguntó uno de los mandos, y en ese flashazo supe que todo había valido verga. "Falta una muchacha nueva, apenas tiene unos meses trabajando", contestó alguien.

    No había hecho nada para que me pegaran, pero cuando estás a cargo de un grupo de gente y ellos no informan o reportan lo que deben, a ti te culpan de no tener el carácter para someterlos y que cumplan con su función. Pero a veces es imposible tener monitoreados a todos los vehículos de los militares. Salen del cuartel en grupos de hasta 70 camionetas, ya sea de la Marina o del Ejército. Son tantas que es imposible cubrirlas a todas, y eso que en esas fechas había mucha gente trabajando en la calle. En cada taxi, carro particular, Oxxo y en cada Telcel, había un halcón.

    Uno de los mandos fue por mí a la camioneta, me bajo ye me pregunta: "¿Crees que por ser vieja no te vamos a pegar? Aquí todos somos iguales, todos somos soldados, así que empínate". A los hombres les piden que se bajen el pantalón hasta las rodillas y que se jalen con las manos los testículos hacia enfrente para que al momento del tablazo no se les revienten del putazo. Las mujeres tenemos que inclinarnos hacia enfrente y agarrarnos de las rodillas, porque con el impacto del tablazo nos podemos ir de boca y lastimarnos, o sea, dentro de todo cuidan para que no te lastimes más de lo que ellos te lastiman. El tablazo lo sentí horrible: los oídos me zumbaron y al mismo tiempo dejé de sentir la piel, como si me hubiera convertido en una barra de hielo. Y todavía me gritan: "Y ojalá que llores para darte otro".
    No lloré, pero tenía la lágrima a punto de salir. Me subí a la camioneta de ladito porque me dolía mucho el trasero. A uno de los de la operativa que iba con nosotros le reventaron las nalgas de dos tablazos, o sea, se le abrió la carne. A mí siempre me pegaban los tablazos sin que tuviera que bajarme el pantalón, por eso todos estaban rotos y remachados; entonces pensé que no iba a estar gastando en pantalones: hoy lo compraba, hoy me pegaban; hoy lo compraba, hoy me pegaban. Me hice mi ropa de trabajo con ropa vieja. Una vez hasta con un palo de hockey me pegaron, y por nada. Lo único bonito de tanto putazo en el culo es que te lo pone firme y paradito, porque es puro músculo. Ya sabías que te iba a cargar el payaso cuando el comandante te gritaba: "Arrímate para acá, hoy amanecí de malas y tengo ganas de romper fundillos". Muy temprano y sin haber desayunado me daban el primer putazo. Al final del día me andaba comiendo de quince a veinticinco tablazos.

    Pero tanto putazo tiene sus consecuencias: la piel se abre, supura pus y se te pega la ropa interior a la piel. Cuando te bajas el calzón duele horrible, sientes como si te arrancaras veinte costras de un sólo jalón. A los nuevos en la organización siempre les andaba recomendando una crema muy buena para desinflamar que se llama Baycuten; "Anótenlo", les decía.

    Mi primera cicatriz es de cuando tenía 17 años. Estaba borracha junto a mi pareja, en la sala de la casa de su mejor amigo y su novia. Tomábamos cerveza. De la nada mi novio me da un puñetazo en la boca, así nomás, yo creo que fue por celos. Sentí salir la sangre caliente de la boca. El amigo intentó defenderme. Nos terminamos yendo de la reunión, en la Cruz Roja me dieron cuatro puntadas.

    La segunda cicatriz es de un navajazo en el hombro izquierdo. Tenía 26 años, trabajaba con la delincuencia y andaba con un noviecillo, un amigo con derecho, como se dice. Una noche fuimos de rumba a echar la copa. Cuando salimos del bar íbamos por la camioneta, pero unas motocicletas estaban estacionadas enfrente y atrás. Mi noviecillo le pidió a los dueños que le dieran chansa, pero le contestaron que le hiciera como pudiera. Entonces les dijo que si no las movían las iba a chocar; lo mandaron a la verga de nuevo. Mi noviecillo se encabronó, les mentó la madre y sacó una navaja que siempre traía en su pantalón y trató de agredir a uno, al más mamón de los cuatro motociclistas. Corrí y me puse en medio de los dos para separarlos, pero el hijo de puta me rayó el hombro con la navaja y me dijo: "Quítate o también a ti te pico". Salió mucha sangre, me cortó como si fuera un tomate. Me subí al carro y pensé: "Si los mata o lo matan, allá ellos".

    No pasó nada al final. Los cadeneros y los valet parking del lugar empezaron a decirles a los motociclistas que no se metieran con nosotros porque éramos de los Zetas. Se fueron. Yo terminé con un navajazo y el brazo lleno de sangre.

    INICIO EN LOS ZETAS

    Veintidós años, una hija, un esposo: una vida normal. Mi pareja trabajaba de taxista. Una noche llegó a la casa y me comentó que un pasajero le había ofrecido vender droga para el cártel de La Familia Michoacana. En ese tiempo yo estaba muy mensa e interpreté que una familia de Michoacán había venido a Veracruz a vender droga. Por cosas que escuchaba y leía sabía que el trasiego de droga era de los Zetas y que mataban de voladita a los que vendían en su territorio; les tenía pavor, fobia, terror. Le pregunté: "¿Qué quieres, que los Zetas vengan a acribillarnos, a rafaguear la casa?" No me volvió a comentar nada.

    Pasaron dos años. Una mañana llegó a la casa después de una jornada en el taxi durante toda la noche. Me platicó que dos pasajeros le habían ofrecido ser halcón, vigía, para los Zetas: el trabajo consistía en campanear personas. No supe de qué me hablaba. Ahora ya lo sé: campanear es seguir a una persona durante todo el día; ponerle cola, vigilarlo, conocer sus rutas, sus horarios. Le volví a decir que si aceptaba, estaba pendejo. Nuevamente terminó haciéndome caso...
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