jueves, 22 de octubre de 2015

Testimonios de mujeres Zetas: La historia de Alma PAGINA 4

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    ...Cuando te preguntan cuántas sentadillas llevas, debes contestar que ninguna porque de otra forma te ponen a que inicies de nuevo. También te ponen a caminar en cuclillas durante mucho tiempo, o te ponen a rodar por el piso hasta que vomitas. Antes eran muy disciplinados y estrictos los altos mandos, ahorita ya no, en sus inicios eran GAFEs (Grupo Aeromóvil de la Fuerzas Especiales), GANFEs (Grupo Anfibio de las Fuerzas Especiales), Chutas (Brigada de Fusileros Paracaidistas) o Kaibiles (militares de élite del Ejército de Guatemala). Por eso la disciplina militar con que nos trataban.

    VIDA FAMILIAR

    Yo me salí de mi casa a los trece años. Tuve una infancia muy violenta. Mi papá trabajaba de albañil y siempre estaba borracho. Llegaba en la madrugada, agarraba a golpes a mi mamá y la sacaba de la casa; decía que había un hombre escondido adentro, pero era una mentira, era su alucinación por el alcohol. Como yo soy la más grande, me tocaba despertar a mis hermanos y sacarlos por la ventana de un cuarto para reunirnos con mi mamá en el patio. Acampábamos o esperábamos que se hicieran las cinco de la mañana para podernos irnos a dormir a la casa de alguna de sus amigas.
    Mi papá me pegaba y mi mamá me regañaba, pero ella me tenía consideración porque le ayudaba en la limpieza. Éramos muy pobres. Cuando tenía nueve años no teníamos para comer y mi mamá se puso a trabajar de sirvienta en una casa. Pasaba ahí de las siete de la mañana a las siete de la tarde. Me convertí en la mamá de mis hermanos: los bañaba, les deba de desayunar, los llevaba a la escuela, los ayudaba con la tarea; pero si algo salía mal, me pegaban a mí. Entrábamos a las doce del día a la escuela y siempre llegábamos medio hora tarde y los maestros de mis hermanos me regañaban. Era muy difícil para mí ser una mamá a los nueve años, no me podía organizar.

    Cuando salíamos de la escuela mis hermanos y yo agarrábamos el camión y en ocasiones nos encontrábamos de pasajera a mi mamá. Mi jornada laboral terminaba a las nueve de la noche, porque cuando llegábamos a la casa mi mamá se ponía a hacer la comida y tenía que ayudarle a servir los platos, a calentar tortillas. Luego a recoger la mesa, lavar los platos, acostar a mis hermanos. Me harté de tanta chinga. Me harté de siempre vestir con ropa regalada, de usar zapatos usados de los niños de la casa donde mi mamá trabajaba. Ya para ese entonces tenía 12 años. Me pelaba a cada rato porque me tiraban carrilla de que me vestían con ropa de hombre.

    Era muy agresiva porque así me educaron. Estábamos chamaquitos y nos sentábamos a la mesa con platos y vasos de vidrio y cubiertos; a pesar de que mi papá es albañil y mi familia es de pueblo y con poca educación, siempre trataron de ser formales a la hora de sentarnos a la mesa. Mi papá detestaba que habláramos con la boca llena, que nos embarráramos la camiseta de salsa o mole, por decir algo. Uno de chamaco juega en la mesa y de repente tira algo, creo que hasta cierto punto eso es normal. Pero en mi casa nos pegaban cintarazos si tirábamos un pan al piso o derramábamos el café; aparte de que nos insultaba y de pendejos no nos bajaba. A mi mamá la llamaban muy seguido de la secundaria los prefectos porque si me decían algo le pegaba a los hombres o a las mujeres, o les rompía sus trabajos. Mi mamá lloraba por mi conducta. Un día me pregunté: ¿Por qué tengo que soportar esto si ya sé hacer de todo? Sé cuidarme, sé cuidar una casa, sé trabajar. Ya me sentía una mujer y me salí de mi casa. Tenía trece años.

    Me fui a vivir a un cuarto de madera y cartón que estaba en un terreno baldío a dos calles de la casa de mi mamá. En ese terreno había tres cuartos a punto de caerse: en uno vivían unos chamacos del barrio que vendían periódico y limpiaban parabrisas, en otro vivían los tíos de uno de ellos y en el otro cuarto dormía yo. Esos chavos eran mariguanos, malandritos. Me alimentaba de lo que me regalaban de comer. Un señor que vivía en esa misma calle me contrató para que fuera su sirvienta. El señor tenía sesenta años, vivía solo, no tenía familia. Cuando mi mamá se enteró que trabajaba intentó denunciarlo por andar contratando a menores de edad. Defendí al señor diciendo que estaba ahí por mi voluntad. Mi mamá terminó dándome permiso de trabajar.

    El señor era dueño de un table dance. Un día me dijo que ya no sería su sirvienta, ahora le ayudaría en su congal y viviría en un cuartito-oficina. Ahí fue cuando me hice alcohólica; tenía catorce años. El señor llegaba a las siete de la mañana, revisaba sus ganancias y se iba del negocio a las tres de la tarde. Mi trabajo consistía en barrer, trapear, lavar vasos y preparar comida; aparte medio me hacía cargo de su sobrino de dieciocho que estaba algo loco, un poco enfermo de sus facultades mentales. El chiste: siempre estaba rodeada de botellas de vodka, whisky, ron, brandy; y un sobrino loco. Nos emborrachábamos a diario. Un año después de vivir en el table estaba de nuevo en la calle. El señor traficaba drogas y armas; yo no lo sabía. Nunca lo volví a ver. Se fue huyendo de la policía y clausuraron el table. En esos días estudiaba tercero de secundaria, no pude terminar.

    Meses antes de que me arrestaran mi ex marido se fue a la diestra, que es como un entrenamiento donde les enseñan a usar armas. El curso se lo dio un militar que había pertenecido a las fuerzas especiales de Israel. Cuarenta días en un rancho en el monte, en Veracruz. Era un infierno: dormían en la tierra, comían sopas de vaso, cagaban donde podían y hacían mucho ejercicio. El día que llegaron al rancho los bajaron del autobús en el que iban y los formaron. Uno por uno se presentó con el mando. Y lo que nadie esperaba, uno del grupo se presentó y dijo, muy quitado de la pena, que era reportero y que estaba ahí para escribir sobre la diestra. El mando sacó la pistola que traía fajada y le disparó en la frente, sin decirle absolutamente nada. Me juró que el mando era el mismísimo, Z-40.

    Una tarde el Ejército les cayó al rancho y se enfrentaron. Mataron casi a todos los que estaban en la diestra: eran 30 y quedaron vivos seis, y eso porque huyeron. Cuando te están disparando desde la vegetación nomás ves lucecitas. Entonces lo único que te queda es disparar a donde se ven las chispas; eso lo aprendió mi ex en la diestra. Lo último que supe de él es que lo destazaron y desaparecieron en un tambo: lo pozolearon. Donde quiera hay infiltrados. A él lo detuvo la Marina. Lo torturaron y soltó nombres y ubicaciones. Lo dejaron libre, pero nomás para que lo mataran sus mismos compañeros.

    Me detuvo el ejército en un departamento donde estaba escondida. Dos noches antes mi estaca (grupo de diez elementos armados que funcionan como guardaespaldas de los comandantes y sicarios de cada célula) había levantado y golpeado a un joven que pensaban era un infiltrado. Fue una confusión. Se estaba cogiendo a una halcona de nosotros, y alguien dijo que era para sacarle información. Nos hablaron a la central para decirnos que los tenían ubicados. Fuimos por la parejita a un cuarto de hotel. No estuve de acuerdo, se veía que el chavo, como de 20 años, no sabía nada de lo que le preguntaban; me daba mucha lástima. Le lavé la cara para que no se desmayara, pero apenas se recuperaba, lo seguían golpeando. Falleció de tantas patadas que le dieron. El supuesto infiltrado resultó ser hijo de un militar. Los soldados me llevaron a donde lo habíamos enterrado y con las manos me hicieron que lo sacara de la tierra. Después de eso, estuve tres días quién sabe dónde, recibiendo golpizas y toques eléctricos de los militares.

    Hace unos meses, aquí en prisión, vinieron a verme de la PGR y me aplicaron el protocolo de Estambul. Me desnudaron y me revisaron todo el cuerpo buscando cicatrices, aparte, me hicieron muchas preguntas para saber si tengo daño psicológico. Los resultados dicen que tengo secuelas mentales y físicas, por eso me quiero hacer cristiana, para superarlo todo.
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