jueves, 22 de octubre de 2015

Testimonios de mujeres Zetas: La historia de Alma PAGINA 2

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    ...Cuando cumplí 25 años quedé embarazada por segunda vez, pero entre mi esposo y yo laS cosas estaban muy mal, se había roto el vínculo. Era alcohólico y a pesar de que en esos meses había dejado de embriagarse nunca traía dinero. Mi papá decía: "Ese cabrón no anda con otra vieja, ese cabrón se está drogando, por eso nunca trae dinero, el taxi siempre ha dejado". Después supe que se estaba metiendo cocaína. No fumaba, de otra forma también se hubiera enganchado de la piedra.

    Siempre me gustó el comercio. Tuve un puesto de comida, pero lo cerré por las constantes peleas que tenía con mi ex esposo. De plano cuando estaba muy jodida de dinero vendía ropa por catálogo, esas eran mis entradas extra. Ahora, aparte de jodida de dinero, estaba embarazada. Tuve que trabajar atendiendo un local de souvenirs y artesanías en la zona turística del malecón; me pagaban 900 pesos semanales. Verdad es que apenas me alcanzaba, estaba apuntada en dos tandas: una de 20 y una de 15 mil pesos. Solamente me quedó meterle "mano negra" a la caja registradora del negocio; vendía artículos y me quedaba con el dinero. El señor no se daba cuenta, porque la neta, tengo un don para vender. Cuando empecé a trabajar el negocio prosperó. Estaba casi en quiebra porque el señor se endeudaba con medio mundo. Lo que vendía lo pedía en abonos: tazas, camisetas, llaveros, gorras. Estafaba al señor con el pretexto de que yo había hecho que las ventas subieran.
    Quería que abortara, no quería que tuviéramos al bebé, eso me dolió mucho. Estaba enamoradísima. Me abandonó cuando tenía siete meses de embarazo. Tuve que trabajar para hacerme responsable del parto, ya me había advertido que no me daría ni para un galón de leche.

    La mala suerte es como un chicle sin sabor, tarde que temprano llega después de varias masticadas. El nacimiento de mi bebé coincidió con el fin de la temporada de vacas gordas en el negocio, ahora era temporada de vacas flacas. Me despidieron porque no tenían para pagarme el sueldo. Mi bebé nació enfermo de las vías respiratorias y antes de operarlo debía llevar un tratamiento médico.

    Era un lunes, me acuerdo perfectamente, no tenía qué darle de comer a mi hija la más grande, que en ese entonces tenía cinco años. Pinche tristeza, logré juntar unas monedas regadas en la casa y solamente me alcanzó para comprar diez blanquillos. Durante cinco días nomás comimos eso. Calentaba el aceite hasta que hervía para que el huevo se inflara y se hiciera más. Primero comía ella y lo que quedara era mi comida.

    Un vendedor de otro de los locales del malecón donde había laborado, alguna vez me comentó que conocía a unos halcones. Ganaban cuatro mil pesos semanales, más quinientos pesos diarios para comida y servicio médico particular, de caché, bien atendidos. En ese tiempo los Zetas eran el brazo armado del cártel del Golfo; todo era fabuloso. Yo quería conocer al hombre que los contrataba. Fui a buscar al vendedor le platiqué la miseria en la que estaba y una semana después me lo presentó. El contratista me explicó que me pondrían en un punto de la ciudad con un radio de frecuencia ancha; yo nomás tendría que reportar cuando pasaran "los verdes".

    En Veracruz hay unos autobuses color verde que pertenecen a la ruta, Saeta: "¿Por qué vigilan a los autobuses?", le pregunté ingenuamente. "No, chamaca, tienes que vigilar a los guachos, a los militares; a los grises, los marinos, pues. Si te agarran di que no sabes nada, y que no te saquen de ahí, porque si hablas te matan a ti y matan a tu familia. Cuando te decidas me llamas y yo te apadrino. Te voy a presentar con el jefe de plaza como mi recomendada. Voy a poner mi palabra por ti, así que si la riegas no solamente van a ir contigo sino también conmigo. Tú tienes que responder por mí, porque te estoy ayudando, aunque no te conozca sé que estás pasando por una situación difícil", me dijo el contratista. Quedé de hablarle cuando tomara una decisión.

    Me uní a los Zetas por hambre. Una noche se me acabaron los diez huevos que había comprado para mi hija y para mí. Le marqué por teléfono a mi pareja y le expliqué que se me había acabado la leche, el medicamento y la comida para las niñas. Ya estábamos separados, pero a veces me ayudaba, total, eran sus hijas. Llegó en el taxi como a la hora, sin dinero y con dos putos tamales para que comiéramos la niña grande y yo. Me encabroné mucho y se los aventé en la cara. Fui con mi mamá, que vivía a una calle de mi casa, para que me prestara cinco pesos para hablar por teléfono público. Estaba muy enojada. A aquel cabrón le valía que mis niñas se murieran de hambre. Y mi mamá, que siempre me había hecho esquina con el dinero, ahora estaba harta de siempre estarme resolviendo la vida, según sus palabras; ya era hora de que me las arreglara sola. Traté de chantajearla diciéndole que trabajaría con los Zetas y lo único que dijo fue: "Haz lo que quieras, no me importa".

    Triste y encabronada me fui caminando a un mercadito de abarrotes porque ahí hay un teléfono de monedas. Le hablé al contratista y le dije que había tomada una decisión: aceptaba el trabajo dentro de la organización.

    Me citó para verlo al otro día en un café. Acudió con dos personas encargadas de las contrataciones. Me esmeré en mi apariencia: iba muy arreglada y maquillada; llevaba una solicitud de empleo, copia de la credencial de elector y comprobante de domicilio. Todos estos documentos eran necesarios para investigarme y estar seguros de que no era una infiltrada del ejército, la Marina o de un cártel contrario que nomás andaba espiando...
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