jueves, 22 de octubre de 2015

Testimonios de mujeres Zetas: La historia de Alma PAGINA 3

  • jueves, 22 de octubre de 2015
  • Comentarios
    <---Anterior PAGINA 2
    ...Me advirtieron de las prohibiciones que había dentro de la organización: no robar, no secuestrar, no matar, no arengar y no hacer maroma. "Las tres primeras me quedan claras", le dije, ¿pero arengar y no hacer maroma? Me explicaron que arengar es hablar mal de la organización Zeta; incitar a los demás para que se volteen (abandonar la organización o se cambiarse de cártel); y hacer maroma es, por ejemplo: hay una pareja de novios o esposos dentro de la organización, y yo, digamos, coqueteo o tengo una relación con la pareja de mi compañera; eso se paga con la muerte de los dos infieles. "Pero tú sí puedes andar conmigo porque mi esposa no trabaja en la organización", me dijo el cabrón contratista.
    En cuanto me dijeron que estaba dentro de la organización les expliqué que tenía una niña enferma que requería servicio médico. Se portaron muy amables, me dijeron que consiguiera dinero, que lo gastara en medicina y que me lo reembolsarían, y así fue. Tuve la suerte de que me pagaran a los tres días de iniciar en el trabajo, y no hasta una semana después como regularmente se hace. Me habló el contador para que recogiera mi sueldo: cuatro mil pesos. Me emocioné.

    La verdad es que me gustó el peligro. No hacía mucho, solamente estar en un punto determinado durante doce horas. Desde ahí tenía que estar reportando todos los movimientos de las autoridades; eso sí, nadie sabía qué estaba haciendo. Uno debe encontrar un lugar donde permanecer durante horas y al mismo tiempo pasar desapercibida: una gasolinera, un puesto de aguas frescas, un restaurante al aire libre, algo así. A los seis meses de estar en la organización llegué un día a la oficina y un comandante le dijo a uno de los encargados: "No seas menso, mira, ahí está la chava que es halcón, ella sabe manejar. Que venga alguien y que la enseñe a halconear, pero en carro".

    Me mandaron a uno de los más locos y desquiciados a que me enseñara a halconear en carro. Yo siempre andaba de zapatillas, vestidito y accesorios; me decían que parecía licenciada, pasaba totalmente desapercibida. Aprendí a halconear en carro, no es lo mismo manejar por la ciudad nomás de paseo que andar manejando mientras sigues a las unidades motorizadas del ejército. Obviamente no te puedes ir. Tienes que seguirlos a distancia, dos o tres carros o calles atrás. Otra forma de seguirlos es por las calles laterales: a las tres o a las nueve, te guías por las mancillas del reloj. Vas reportando por radio: "Los llevo a mis dos", es que los llevas adelante; "a las tres", es paralelo; "a las nueve", es que los llevas atrás de ti. Llegas a la esquina y te esperas tantito a que pasen los vehículos militares, pero tú los vas viendo a distancia y vas reportando: "Ya brincaron fulana o sutana calle". Algo que me dio ventaja es que conozco Veracruz como la palma de mi mano. Tengo la visión de saber a qué calle saldrán, cuál es su opción, por dónde me botarán.

    No sé si me gustaba la adrenalina o era el miedo de hacer mal mi trabajo. Aunque sea de sirvienta siempre me esfuerzo y con los Zetas no fue la excepción. Mientras los hombres decían: "Yo hasta aquí llego, no me meteré a la colonia a seguir a los verdes [Ejército] porque me van a enganchar [atrapar]". A mí me valía madres, y me metía a las colonias, y eso lo veían los mandos superiores y me usaban como ejemplo, lo escuchaba por la frecuencia: "Pinches jotos, ya ni la morra, ella sí tiene huevos".

    Sí me llegó a detener el Ejército. Imagínate, ocho horas diarias siguiéndolos, terminaba siendo sospechoso que siempre el mismo carro anduviera cerca. Llevan cámaras y después revisan los videos para ver lo que va sucediendo a su alrededor mientras patrullan la ciudad. Y es que no siempre te salen las cuentas de los tiempos. A veces dices: "Ya me pasaron", y le aceleras y en un semáforo te los topas, ¡puta madre! Yo y los soldados viéndonos durante unos minutos. Lo que me salvaba es que ellos buscan a hombres, no a mujeres halconas. En un retén o en una detención de rutina me tenía que comer el chip del teléfono, o en ocasiones hablabas a la central y decía: "Ya los traje mucho rato y ya me vieron, que alguien más los traiga ahora". Hasta me llegaron a corretear, se daban la vuelta y me seguían los hammers, y ahí vamos a toda velocidad en una persecución, subiéndome al camellón, chocando carros para que se quitaran de mi camino.

    CASTIGOS CORPORALES

    Chiricuasos. Son golpes muy fuertes dados con la mano abierta en la nuca, ves una línea blanca cuando te pegan, sientes que te vas a desmayar. Otro castigo es ponerte a hacer sentadillas, pero tienes que ponerte un chaleco que pesa como cincuenta kilos...
    CONTINUA clic aquí para leer la PAGINA 4
    Apóyanos con un me gusta a nuestra página de Facebook/NarcoviolenciaOficial
    Compartir:

    0 comentarios:

    Publicar un comentario