lunes, 9 de noviembre de 2015

Janet y el Carnicero, la historia de terror de una esclava de Los Zetas PAGINA 7

  • lunes, 9 de noviembre de 2015
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    ...Entre el frio, el hambre y el asombro, Janet e Irma sólo atinaron a caminar y caminar por el lugar porque ningún taxista de los que pararon quiso llevarlas al lugar que les habían dicho. Entonces decidieron que era más el miedo y la duda de que las estuvieran vigilando desde algún punto y ya no se movieron de ahí.

    Se quedaron debajo de un puente a esperar que amaneciera. Con la luz de la mañana se animaron a caminar siguiendo la vía del tren, hasta que llegaron a una casa a pedir agua porque no traían suficiente para comprar algo.

    La mujer que las recibió les dijo que por el momento sólo tenía tortillas con sal para ofrecerles. Aceptaron y aquellas tortillas fueron las más deliciosas que hubieran probado en sus vidas. Con los pocos pesos que les quedaban consiguieron en donde hablar por teléfono a larga distancia a sus familias en El Salvador y en Guatemala.
    –“Mami… ¡Estoy libre!… ¡Sí mami!.. Estaba secuestrada y estoy libre! La madre de Janet llora mucho. Le dice “yo sabía que algo pasaba, mi Cristo a mi no me engaña.”

    Regrésate, le decía su mamá a Janet, pero hacerlo implicaba pasar de nuevo por Coatzacoalcos, la única ruta que las dos conocían y en donde ya le habían advertido al dejarla libre que si la veían de nuevo por allá, las iban a matar.

    “No mamá, ahorita no me puedo regresar porque es peligroso para mí. Voy a juntar dinero y luego le hablo para decirle cuándo me regreso, voy a estar por acá un tiempo más pero esté tranquila, yo ya estoy bien”, le dijo Janet para tranquilizarla.

    La buena fortuna siguió acompañando a Irma y a Janet. La mujer que les había dado de comer tortillas tenía a su esposo trabajando en una obra en construcción en la que estaban instalando malla ciclónica para un futuro centro comercial.

    El jefe de la obra estaba buscando a alguien que se hiciera cargo del conteo y control de los materiales que entraban al patio de obras. Las dos fueron a verlo, pero mientras Irma lo esperaba en su oficina, Janet se daba vueltas por la obra y al momento de la contratación, la única que estaba y la única para la que había trabajo era Irma.

    Cuando Janet se apareció, el jefe de la obra se dio cuenta de que no eran mexicanas y les dijo que eso iba a ser un problema para él, que no se podía. Irma y Janet le dijeron que ellas nunca se separaban y que si le daba trabajo a las dos, aceptarían el sueldo de una, la cosa era trabajar, tener un dinero y comer y un lugar donde estar. El ingeniero aceptó pero les dijo que tuvieran mucho cuidado y no hablar con mucha gente.

    Duraron menos de dos meses en ese lugar. Con el dinero que juntaron volvieron a subirse al tren pero se habían prometido no volver a pisar ninguna casa del migrante en el camino, porque ya conocían como estaba la cosa, sabían que gente como los Zetas tenían espías allí, tenían a otros dizque migrantes sin bañarse, mal vestidos, sucios como perdidos, pero en realidad eran gente que iba a ver a quien enganchaba, por las buenas o por las malas.

    Las vías las llevaron a San Luis Potosí, en donde Janet escuchó que había una casa de atención a migrantes, que era manejada y administrada por la fundación cristiana Caritas. No dudó en ir a ese sitio con Irma, porque cuando era niña su familia recibía ayuda de ese organismo y eran gente confiable.

    Se quedaron en la casa de Caritas, cuyos directivos ya tenían bien armados los expedientes de Janet e Irma y sabían de dónde venían, en dónde habían estado y lo que habían vivido.

    Los casos fueron boletinados a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), así como a otras organizaciones y también a la Procuraduría General de la República (PGR), que acababa de poner en marcha una nueva instancia, la Fiscalía Especializada en Delitos de Violencia contra las Mujeres y Trata de Personas (FEVIMTRA).

    Sin embargo, Janet e Irma durarían menos de un mes en la casa de Caritas. Un día, una migrante se presentó en el lugar para pedir refugio. Su ropa, su manera de hablar y comportarse y la forma en que se relacionaba con las mujeres y trataba de saber cosas, las pusieron en alerta.

    Algo está mal otra vez, le dijo Janet a Irma. Algo no anda bien con esa muchacha que acaba de llegar, le insistía para luego decirle: esa es Zeta, es de ellos, estoy segura, esa es Zeta y nos anda buscando.

    Irma no lo podía creer. O era cierto o era ya demasiada imaginación y miedo y nervios que les habían quedado de todo lo vivido en Coatzacoalcos. No aguantaron mucho tiempo allí, sobre todo cuando ella comenzaba a hacerles la plática y a querer saber de dónde venían y para dónde iban.

    Asustadas, se pusieron de acuerdo para contarle cada una por su lado cosas distintas y decirle juntas que se dirigían a sus países de origen. No le dijeron cuándo pensaban irse, pero dos días después, cuando ella no estaba, se salieron de Caritas y agarraron de nuevo la vía para ir a parar a Saltillo, Coahuila, para quedarse en otro centro de atención a migrantes que les habían platicado en Caritas de San Luis Potosí.

    Iban con esa confianza de que de donde venían era un lugar seguro, pero no podían olvidar que la muchacha Zeta había logrado llegar allí y hacerse pasar por migrante. En estos pensamientos estaba cuando les dijeron que un grupo de funcionarios de la CNDH estaba de visita documentando casos de abusos sufridos por migrantes centroamericanos a manos de policías, de polleros y de bandas criminales y que querían entrevistarlas.

    “Nosotros no somos conejitos de indias para que anden averiguando”, les respondieron a los de la casa del migrante que las habían recibido. Estaban nerviosas, sumamente desconfiadas y no querían decirle nada a nadie.

    Janet sudaba de nervios cuando recordaba las palabras del carnicero aquel que le perdonó la vida una madrugada diciéndole que su lengua la iba a meter en problemas, que había visto demasiadas cosas y que sabía demasiado.

    “Hay güerita, ¿qué vamos a hacer contigo?” eran las palabras que se le agolpaban en la cabeza cuando le insistían en que tenía que hablar con la gente de los derechos humanos. Tanta insistencia y la seguridad de que se trataba de documentar ciertos hechos y no de investigarlas a ellas, las animó a hablar.

    Además, cuando llegaron a Saltillo las infecciones vaginales y otros padecimientos adquiridos durante los días de cautiverio y explotación sexual habían disminuido su salud. También les dijeron que ahí mismo, en Saltillo, las podían ayudar para que regresaran a sus países arreglándoles lo de la Forma Migratoria FM3.

    Pero para estar segura una vez más de que las cosas son reales, de que pueden confiar en la gente de Saltillo, Janet llamó por teléfono a los de Caritas en San Luis Potosí para decirles que estaba bien, que ella e Irma estaban en Saltillo pero que había gente que quería entrevistarla y hacerle preguntas de cosas que ella no quería recordar.

    Les dijo a los de Caritas que si conocían a las tres personas que estaban en Saltillo. Les dio sus nombres y las descripciones y le dijeron que no había problema, que sí los conocían, que eran gente honesta y estaban haciendo esa investigación. Además, el caso de ustedes ya se difundió en varias partes, no sólo en México, les dijeron.

    Entonces aceptaron hablar con la gente de los derechos humanos y con la gente de la FEVIMTRA, que iba a abrirles un expediente para investigar el caso. Después de la primera entrevista en Saltillo, Janet e Irma fueron trasladadas a la ciudad de México para firmar los papeles y declaraciones en las oficinas de la fiscalía.

    La tarde en que dejaron la fiscalía era luminosa. El pegaba de lleno, pero cálido y suave sobre los cristales de decenas de edificios de oficinas en la colonia Cuauhtémoc. Leves rachas de viento movían los árboles sobre la avenida Reforma cuando la camioneta de la PGR en que había llegado a la FEVIMTRA abandonada el estacionamiento del edificio.

    Janet e Irma iban bien resguardadas, tomadas de la mano y mirando por las ventanas hacia la calle. La salvadoreña pensaba en sus hijos, en su madre y en dios. Miraba de reojo a Irma mientras la camioneta avanzaba hacia el Circuito Interior y enfilaba hacia el norte.

    Irma no supo por qué le apretaba la mano, pero dentro de sí, Janet recordaba las tardes sin esperanza, las madrugadas de pesadillas, rezos y lamentos de los migrantes y la guerra de fe que alguna vez tuvo con su amiga acerca de quién y cómo las salvaría.

    Janet miraba la luz de la tarde y el trafico de la ciudad y recordaba aquellos días de batalla entre su fe y el horror del cautiverio en Coatzacoalcos, y le venían a la mente sus propios rezos: “Señor, si tú me mandaste a este lugar tan horrible solamente porque yo le hablara a una persona de ti, pues me duele mucho y ni modo, así va hacer… pero demuéstrame que estás ahí”.

    Varias horas después iniciaba en otro sitio una nueva vida que comenzó con tratamientos médicos y psicológicos para sanarle en parte las heridas del abuso y el miedo hacia la gente , el miedo a la vida más allá de las bardas de una casa clandestina en la que nadie vale nada.

    “De las otras heridas, de las del alma, las que me hacen sentir sucia y con miedo de todo, se va a encargar mi dios”, dijo Janet mientras miraba la libreta sobre la mesa en su nueva casa y la grabadora registraba su última frase: “esa es mi historia”.
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