domingo, 3 de julio de 2016

Janet y el "Carnicero", la historia de terror de una esclava de Los Zetas

  • domingo, 3 de julio de 2016
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    Este es uno los testimonios que hemos recopilado entre gente metida contra el Narco que forman parte de los Narco Relatos un proyecto que recopila las historias que se cuentan a diario en México y que son las huellas de la Guerra contra el Narcotráfico y que damos cuenta aquí.
    Por: Jorge Alejandro Medellín
    NARCOVIOLENCIA.-Otra vez se les juntaron a Irma y a Janet tres días sin comer. El hambre y el encierro las hacen olvidar por momentos las otras fechas, las otras formas de llevar un calendario de pesadilla que acumula rezos y plegarias para escapar de los Zetas hasta formar un rosario interminable de esperanzas y tristezas que se suceden una tras otra.

    Sus días dejaron de ser números para convertirse en semanas sin bañarse, en meses de abuso sexual, en noches de infecciones y cocaína para mantenerlas despiertas y muchas madrugadas cocinando y lavando la ropa ensangrentada de los “carniceros” -sus captores y dueños- cuando regresan de ejecutar y deshacerse de los migrantes que no pagaban las extorsiones para seguir su viaje hacia el norte.

    Así miden el tiempo y así llevan sus vidas las dos centroamericanas (una salvadoreña y la otra guatemalteca) que se conocieron en un vagón del tren que iba a Tabasco. Luego se reencontraron en una de las casas de seguridad que los Zetas, o una versión al servicio de ellos, tienen en Coatzacoalcos, Veracruz, protegidas por policías locales y por redes de taxistas y gente comprada o amenazada en el negocio de la trata de personas.

    La segunda vez que se vieron, el día del reencuentro en una de las casas que también atendían, las dos se prometieron que nunca se volverían a separar, que pasara lo que pasara iban a estar juntas para lo que fuera.

    Ese día Irma intentaba a tranquilizar a Janet diciéndole que muy pronto la virgen las iba a sacar de ahí, muy pronto.
    “Que no… que va a ser Dios, va a ser Cristo el que nos saque”, le contestaba Janet y entonces comenzaba la pequeña guerra de fe entre las centroamericanas que habían salido de su tierra para venirse a trabajar a México o a los Estados Unidos, porque acá pagan mejor, les decían a los Zetas que las tuvieron cautivas durante meses en Tabasco y Veracruz, abusando de ellas, utilizándolas hasta hartarse de su presencia y perdonándoles la vida porque, de acuerdo con sus extraños códigos de conducta, con las mujeres no hay que meterse.

    Esa guerra de fe tuvo momentos de derrota en los que alguna de las dos se rendía y terminaba por reclamarle indignada a Dios o a Jesucristo o a la Virgen de Guadalupe el abandono, el triste destino que les habían puesto seguramente por haberse salido de su país para buscar dinero y algo mejor para sus hijos.

    Madres solteras, madres de adolescentes, madres e hijas de familias creyentes que en algún momento sintieron que las cosas andaban mal pero sin saber exactamente qué clase de infierno vivían, Irma y Janet sacaban fuerzas de la nada para aferrarse a una esperanza que iba y venía como los golpes y abusos contra ellas y decenas, cientos de migrantes secuestrados en las vías del sureste mexicano.

    La única diferencia entre ellas y el resto de los migrantes detenidos y retenidos por los Zetas del sureste, es que salieron con vida de la pesadilla, aunque no sin haber vivido las amenazas, los golpes, las vejaciones, groserías, el hambre, las noches sin dormir, la tensión de no saber qué ocurriría la mañana siguiente, el dolor de ver la desesperación de los otros, el dolor de saberlos heridos, hambrientos y disminuidos una noche y tener luego la certeza de que esa había sido la última para ellos.

    En esos instantes Irma le reprochaba a Cristo su abandono, el haberla olvidado y escuchar los rezos y súplicas de otros, no las de ella. La verdad es que no era necesario lanzar plegarias o llorar para ser escuchada.

    Casi desde el principio de la pesadilla, allá, en su tierra, su mamá tuvo una revelación y supo que algo andaba mal con Irma. En sueños, su madre la vio en situación de dolor, de mucha pena y sufrimiento y supo que el viaje tan ansiado y planeado por su hija se había convertido en otra cosa.

    Pero también en sueños Irma le hablaba y le decía para consolarla “no mami, acuérdate que dios habla en tiempo y en fuera de tiempo; a lo mejor te está hablando pero no es lo que estoy viviendo ahorita.”

    No importaba, porque su madre sentía que las cosas estaban mal y formó entonces un grupo de oración para pedir por su hija que se había comunicado con ella una sola vez, a toda prisa, con voz agitada y con miedo. Tenía menos de una semana de haber sido capturada por los Zetas del sureste y solo alcanzó a decir que estaba bien.

    En las siguientes semanas, los tratantes de personas, los secuestradores, siguieron con las amenazas y los abusos.

    Kilómetro 35

    Irma recuerda cómo los agarraron a ella y a otros 15 centroamericanos. El grupo era de unos 300, entre hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, todos desperdigados entre las vías cerca de un pueblo al que acaba de llegar el tren.

    Janet se unió al grupo grande cuando cruzó la frontera de México con Guatemala. Con sus ahorros compró un boleto de camión. Así fue como salió de San Salvador hacia la frontera con México el 25 de octubre.

    Fue en busca de dinero para mandarles a su familia, a sus hijos adolescentes y a su mamá, a quienes mantenía con muy poca fortuna trabajando como estilista en la capital de El Salvador.

    El 26 de octubre cruzó por una de las fronteras técnicas para iniciar una caminata de al menos seis horas hasta alcanzar a los grupos de migrantes que se iban juntando en el camino. El tren apareció sobre la vía y los centroamericanos fueron emergiendo de la maleza para subirse como mejor pudieran por los costados del tren.

    Antes habían soltado los primeros 100 dólares de cuota para los polleros que iban surgiendo en el camino y les aseguraban así un lugar en el tren. Luego, conforme avanzaran en su viaje, los maquinistas y hasta los garroteros les exigían más dinero. Otros 150 pesos por cabeza para seguir arriba del tren o si no los amenazaban asegurandoles que no llegarían a su destino.

    El resto del dinero se les iba en comida, agua, refrescos, cigarros. Como eran centroamericanos ilegales, los mexicanos les cargaban la mano dejándoles todo más caro y atendiéndolos de mal modo. Total, ¿ante quién se podían quejar estos ilegales?, ¿ante quién los iban a acusar?

    El dinero se les iba como el agua comprando alimentos a la orilla de la vía, en su ruta hacia Coatzacoalcos, hacia Tamaulipas, hacia la frontera con los Estados Unidos, hacia donde la suerte los dejara llegar.

    Y a la mexicana, como siempre hablan los señores por acá, los maquinistas y polleros arreaban a los migrantes entre mentadas de madre, pendejeándolos, amenazándolos y pincheándolos todo el tiempo para que pagaran, para que se apuraran a subir y dejaran de hacerse güeyes, como si no supieran de qué se trataba la cosa por acá, como si no supieran que si querían llegar al norte, al otro lado, pos había que chingarle y aguantar o de lo contrario se lo cargaba la rrechingada.

    Así les hablaban desde el principio para ablandarlos y hacerles saber quién mandaba en este lado de la frontera. Cuidado se pasaran de listos o listas porque se quedaban en el camino, en tierra extraña y a la espera de lo que fuera, menos de su objetivo que era llegar a la tierra prometida.

    Con menos dinero y medio asustados, los 300 subieron al tren que iba a Coatzacoalcos. Se repartieron en muchos vagones, como unos 30 o más, pero no adentro. Todos iban como viajan siempre los migrantes ilegales que vienen del sur, sobre los techos de los vagones o encima de las góndolas.

    Cuando están allí, solo hay dos cosas importantes en sus vidas: no dormirse y tener cuidado de las ramas de los árboles, porque si se distraen seguramente una de ellas los tira y allá abajo los esperan las piedras, en el mejor de los caos, o los rieles y las ruedas filosas de las góndolas.

    Piernas y brazos amputados o incluso cuerpos destrozados han sido durante años el precio que pagan los que se duermen allá arriba, los que acaban perdiendo la batalla contra el sueño mientras sueñan que llegan al otro lado.

    Los que sí tienen dinero para pagar toda la ruta se ganan el privilegio de viajar adentro de algunos vagones. Allí es donde la gente se va conociendo a querer o no, y van soltando parte de lo que traen adentro y escuchan lo que otros les cuentan.

    Que de dónde vengo, que de dónde eres, que si es la primera o la tercera o quien sabe cuántas veces se han ido, los han agarrado, los ha deportado y regresan a lo de los gringos, porque no hay de otra, acá la vida es dura, no hay dinero ni trabajo y de cualquier forma en todos lados la gente abusa de uno, aquí o allá, tu gente, mi gente los policías, los militares, los polleros, los patrones, los gringos, el que sea.

    Donde quiera es igual. Si eres hombre, te madrean, te agarran a patadas, te buscan el dinero por todos, te amenazan, le llaman a tu familia, te extorsionan, te vuelven a madrear y si de plano no tienes para pagarles, se aburren, se cansan de golpearte y te dejan ir…o te matan. Así de fácil.

    Si eres mujer, lo peor, porque no solo hay violencia física, no se conforman con madrearte o humillarte todo el tiempo y amenazarte y dejarte sin comer y obligarte con sustos y golpes a que le llames a tu familia en donde sea que esté, sino que además abusan de ti. Eso, solo al principio.

    Te agarran de su pareja. Te violan. Te pegan. Todos te meten mano. No te dejan dormir. Si traes hijo, te lo quitan. Si vienes con novio o esposo, te lo quitan, lo golpean. Lo matan. Si vienes sola…
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