lunes, 9 de noviembre de 2015

Janet y el Carnicero, la historia de terror de una esclava de Los Zetas PAGINA 6

  • lunes, 9 de noviembre de 2015
  • Comentarios
    <---Anterior PAGINA 5
    ...Una mujer, una señora que vivía cerca de allí estaba tirando piedritas al vidrio en donde se alcanzaba a ver un poquito de luz, ya que todas las ventanas estaban forradas con periódico o papel aluminio para que no se viera hacia adentro y nadie supiera si había alguien ahí.

    –Irma, despierta…despierta…algo está pasando.

    –¿Qué?

    –Una señora está tirando piedras a la ventana…mira…ven

    –¿Cómo?, ¿a poco?

    Las mujeres se asoman apenas por un huequito de la ventana forrada y alcanzan a ver a la señora lanzando piedritas y haciendo señas. Janet alza un poco más la mirada y ve las luces de la policía. Irma se acerca y le dice ¿ya oíste?..las sirenas. Sí, te digo que algo pasa, le repite Janet mientras la señora sigue con la piedritas y se mira como muy apurada.
    Será por el miedo, por la costumbre de estar con ellos día y noche, semanas y meses, pero la reacción de Janet fue a despertar a uno de los carniceros que estaba dormido en la casa para decirle que algo estaba pasando afuera.

    Pero él esta mas dormido que despierto, y amodorrado le dijo “tranquila no pasa nada”. Ella le volvió a decir que algo estaba sucediendo afuera…”afuera está la policía”, pero ni así hizo caso.

    El ruido aumentaba y las sirenas sonaban más cerca. Janet salió al patio y atravesó hasta llegar a la bodega donde estaban dormidos los migrantes. Tocó el portón y uno de los migrantes le abrió asustado.

    –¿Dónde están los que te cuidan?

    –Ahí está, nada más es uno y está dormido.

    Janet y el migrante se dieron cuenta de que las sirenas estaban ya a unas casas de ahí. La salvadoreña se armó de valor y se acercó a despertar al soldado para avisarle, pero pasó lo mismo que con los carniceros.

    Se regresó a la casa y cuando subía las escaleras para buscar de nuevo a los carniceros, estos bajaban a toda prisa juntando papeles y las listas con los números telefónicos de los migrantes, los pagos hechos, los pagos pendientes, la ubicación de las otras casas y el rol de pagos y los nombres de los Zetas del sur.

    El jefe de esa casa le dijo “güerita, agarra tus cosas porque nos vamos ya…apúrate.” Le dijo también que Irma tenía que ayudarle a echar en una maleta las libretas con la información, porque no podían dejar nada ahí, nada que los delatara.

    El alboroto era enorme en la casa. El ir y venir de los carniceros y de los migrantes hizo más confusión. Nadie se ponía de acuerdo sobre quiénes se iban con quién en las camionetas que estaban afuera.

    En esa discusión estaban cuando el jefe y los carniceros agarraron la primera camioneta en la que ya habían echado los papeles, y se fueron a toda velocidad. Sólo quedaba uno de los cocineros y éste discutía con Janet.

    –No te voy a llevar, no te puedo llevar porque tú sabes mucho, has visto muchas cosas y si hablas, tu lengua te va a matar y nos vas a meter en problemas…

    –No me puede dejar aquí…no me deje, -le dice Janet, que se quiebra del llanto y le insiste-.

    –Nos vas a meter en problemas si hablas…

    –No voy a decir nada, me voy a quedar callada, nunca he dicho nada…nunca voy a decir lo que vi ni lo que pasó…

    El hombre jaló del brazo a Janet y le ordenó a Irma quedarse en algún lugar de la casa. Salieron por el portón y caminaron hacia el pueblo, que estaba a unos cincuenta metros de ahí. Comenzó entonces una lluvia maciza, con rachas de viento frío que calaban la piel.

    Caminaron a toda prisa y hasta la tienda que estaba en un callejón. Se detuvieron y escucharon más ruido, vieron las luces de las patrullas y alcanzaron a oír golpes en la puerta grande. Él se metió a la tienda y pidió dos cervezas. Se tomó una como si fuera agua y fue a donde estaba Janet. Los dos vieron desde la entrada a los migrantes salirse de la casa brincando las bardas, corriendo hacia las sombras en medio de la lluvia.

    No había nada que el carnicero pueda hacer. Estaba solo. Vieron correr a los migrantes por todas partes y a la policía acercarse a la casa. Se metieron a la tienda y le ordenó de nuevo a Janet que se tomara la cerveza.

    En la otra esquina de la callecita un taxista observaba todo lo que ocurría pero no se atrevía a acercarse. Era de los que trabajan haciéndole coberturas a los Zetas en Coatzacoalcos. El carnicero lo reconoció y lo llamó para que le hiciera un servicio largo. El tipo dudó un instante pero no tuvo salida. Se lo estaba ordenando un carnicero y sabía bien de lo que eran capaces.

    El carnicero y el taxista hablaban en cortito para que ellas no se enteraran. Luego hizo varias llamadas desde su celular y después le dijo a Janet que se subiera al taxi.

    El resto de la noche, se convirtió en otra pesadilla o en una extensión de la misma en la que Janet no imaginó que se podía caer más bajo y vivir minuto a minuto con el miedo en los huesos, en cada exhalación, mientras el cuerpo y la mente se hundían a cada minuto que pasaba.

    “Si quieres, aquí mismo te mato.”

    El taxi recorrió sin luces las calles del pueblito y llegó al otro extremo, para luego ir sobre un tramo de carretera y dejar al carnicero y a Janet en un bar que también era punto de venta de cocaína y mariguana, un prostíbulo de ficha en el que el hombre le dijo a la salvadoreña que como no traía mucho dinero y él tenía sed, ella tendría que ofrecérsele a alguno de los que iban a tomar para pagar la cuenta.

    Ya todo estaba arreglado. Le dijo que fuera a hablar con una de las muchachas que estaban ahí para que le explicara en qué consistía la ficha, para saber cuánto y cómo se cobraba. La explicación duró menos de cinco minutos. Janet le dijo que entendía todo y la muchacha la llevó con un cliente para que empezara a fichar, mientras el carnicero se sentaba y pedía la primera ronda de cervezas.

    Janet se quedó en la mesa con el señor, que ya estaba bastante borracho y algo le decía a ella con insistencia y hasta usando señas, pero nada, el tipo no quiere nada. Como no se veía que hubiera acción, el carnicero se acercó para ver qué pasaba. Nada, le dijo Janet, este señor no quiere nada, no llegamos a nada.

    Entonces el Zeta se enojó bastante y comenzó a insultarla y a amenazarla. Le dijo que si el dinero que llevaba no le alcanzaba para pagar la bebida, ella se tendría que quedar para pagar la cuenta. Al final, el carnicero pudo pagar las cervezas, pero ya estaba muy molesto y harto de andar jalando de allá para acá con Janet. Llamó al mismo taxista para que los recogiera y los llevara a una de las casas de seguridad.

    En el camino, encabronado, el carnicero comenzó a manosearla y a querer abusar de ella, pero Janet se negaba. La golpeó y la amenazó hasta que le dijo al taxista que se detuviera. “Mira, yo te dije que tu lengua te iba a matar, ¿quieres que sea hoy y aquí?”. Janet le contestó que no quería morir y ya no se resistió. La violó en el coche además de obligarla a inhalar cocaína y a beber.

    En la casa, en donde estaba la mujer del carnicero, Janet encontró a otra migrante a la que le platicó como pudo lo que había ocurrido. Recuerda que la otra chica le dio consejos y hasta le anotó en la mano y en un papelito el nombre y el teléfono de su tío.

    Búscalo y seguro que te va a ayudar a conseguir trabajo o si tienes problemas, le decía pero como estaba drogada, golpeada y con dos cervezas encima, no entendió nada. Para ayudarla más, la chica le dio 30 pesos que de algo le iban a servir. Como pudo se acomodó en uno de los sillones y se quedó dormida.

    Al otro día, el carnicero las llevó a la otra asa de seguridad en la que se había quedado Irma. El reencuentro fue emotivo. Janet le contó todo por lo que habían pasado en los tres días. Irma la abrazó y le juró que nunca volverían a separarse.

    Pero las cosas ahí fueron más difíciles, porque los dos Zetas que estaban en esa casa tenían sus mujeres, casi no salían y cuando lo hacían se las llevaban y a ellas las dejaban encerradas. No había cocina ni refrigerador. No tenían nada que comer sino hasta que los carniceros llegaran con la despensa.

    Vinieron entonces las reglas en esa casa; prohibido platicar entre ellas porque los vecinos podrían escuchar sus voces o los ruidos en la casa en la que se supone no había nadie más; prohibido ver la televisión, prohibido cantar o salir al patio de la casa; prohibido reírse o hacer ruidos que llamaran la atención.

    Así pasaron tres semanas, encerradas, casi sin comida, aisladas de todo y amenazadas de muerte si rompían algunas de las reglas.

    Pero había dos ventajas reales en toda esa situación: siempre estaban solas, sin nadie que las vigilara, y… cerca de ahí estaba Dios.

    Lo sabían por los cantos y la música de un templo cristiano que estaba más o menos cerca de la casa. Eran los tiempos en que la madre de Janet presentía o sabía en El Salvador algo que se le revelaba en sueños y luego se le convertía en visiones y en angustia.

    Por eso juntó a la gente de la congregación y les pidió al apoyo para hacer oración por su hija, que la estaba pasando muy mal en donde estuviera. Esas eran las revelaciones de Dios y no podían ser falsas.

    Janet recuerda esos días como de esperanza y fe, pero también como los de la duda, la derrota y los reproches a Cristo por haberla abandonado y por haberla sometido a tan duras pruebas, cuando todo lo que ella quería era salir a conseguir un mejor trabajo y más dinero para sus hijos.

    “Como ya pasábamos solas yo cantaba mucho, yo alababa mucho a Dios y le enseñaba las alabanzas a Irma y le contaba las historias de la Biblia, como si fueran en un cuento, como que le estaba contando a un cuento a un niño porque Irma es muy católica.

    “Entonces sí era como una lucha muy grande, porque ella era de decir que la Virgen nos iba a sacar, y yo no…no es la Virgen…Nos va a sacar Dios, y era una lucha constante y era una situación muy dura porque yo escuchaba las alabanzas y era como estar alabando a Dios, pero realmente mi corazón no lo creía, porque sentía como que se había olvidado de mi.

    “Era todos los días estarle reprochando; ¿porque te olvidaste?, soy tu hija, y era bien irónica la situación porque era estar hablando con Irma y decirle mi Cristo es así,…No te preocupes, porque en los momentos más duros es cuando Dios está ahí, yo se lo decía pero no era lo que yo sentía en mi corazón porque yo sentía que realmente iba a morir.”

    “Si te vemos de nuevo por aquí…”

    El encierro les dio cierta fortaleza y comenzaron a pensar en cómo escaparse. Trazaron planes, platicaban muy bajito y acordaban qué día iban a escapar. El problema era que cuando una estaba decidida y segura que era el mejor momento, la otra amanecía con miedo y decía que no era el día. Luego ocurría al revés, así que la fuga se posponía a cada instante.

    Pero las cosas estaban escritas y el día que habían elegido por fin para escapar, porque los carniceros habían llegado borrachos y ya se iban a dormir, otro de ellos, completamente sobrio, llegó como a la medianoche. Se les apareció en la sala y les ordenó que se arreglaran, que juntaran sus cosas porque…”ya se van”.

    ¿A dónde a estas horas?, se preguntaron las dos.

    –¿Qué sigue, a dónde nos llevan?

    –Arréglate y no preguntes.

    Luego les ordenó, “traigan sus cosas y súbanse al taxi”. El coche las esperaba afuera. Janet subió primero y de inmediato le entró la desconfianza, porque conocía a todos los taxistas que trabajaban para los Zetas de Coatzacoalcos pero a ese nunca lo había visto y además venía acompañado de otra muchacha sentada junto a él.

    El quinto pasajero del coche fue el carnicero que acababa de darles órdenes. Enfilaron hacia Coatzacoalcos. En el camino pasaron por una tienda Oxxo y ahí se bajó el carnicero para ir por refrescos y algo más.

    En esos instantes, el taxista volteó a verlas y les dijo “Dios está con ustedes, porque este no era el propósito para con ustedes, y no tengan miedo, vivan la vida, como que esto no ha pasado; ustedes no nos conocen, nosotros no las conocemos, pero si ustedes vuelven a pasar por Coatzacoalcos, no lo vuelven a contar…”

    Janet e Irma no sabían aún si aquello era verdad o mentira, si era una trampa o una prueba que les estaban haciendo los Zetas para darles confianza y luego volverlas a secuestrar o acusarlas de algo. No confiaban en nada ni en nadie.

    El carnicero regresó al taxi y les dio refrescos a todos. También sacó un paquete de cigarros y les ofreció. Janet tomó uno y el carnicero le dijo “no te preocupes Janet, sin rencores.”

    El auto reinició la marcha. Minutos más tarde el taxista se detuvo en un lugar oscuro, lejano de la ciudad. Bájense, les dijo, “ya se pueden ir”. Obedecieron. Cuando ya estaban afuera se les acercó ya cada una le dio 25 pesos y nuevas instrucciones para caminar, tomar otro taxi y llegar a un sitio que ya les había indicado.

    El taxista encendió de nuevo el motor del coche…y se fue...
    CONTINUA clic aquí para leer la PAGINA 7
    Apóyanos con un me gusta a nuestra página de Facebook/NarcoviolenciaOficial
    Compartir:

    0 comentarios:

    Publicar un comentario