lunes, 9 de noviembre de 2015

Janet y el Carnicero, la historia de terror de una esclava de Los Zetas PAGINA 4

  • lunes, 9 de noviembre de 2015
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    ...Les contestó que ese era el único número que tenía, que era el de su mamá y no había otra forma de comunicarse allá. El tipo la miró y tranquilo, hasta sonriente, le dijo que estuviera lista, que intentarían la llamada más tarde. Otros dos de negro entraron al cuarto para vigilar a la gente que todavía no daba sus números.

    Así pasó más de un día y medio, con los migrantes sin comer, sin bañarse, sin poder tocar sus maletas para cambiarse de ropa o buscar una comida. No los dejaban hacer nada pero las amenazas, los insultos y los golpes no paraban.

    Fueron horas de miedo y de llanto constante. Al otro día, el mismo tipo que le había dicho sonriendo que repetirían las llamadas fue a verla y le dijo lo mismo. “¿Qué vamos a hacer contigo?, nadie contesta ese teléfono.

    –Solo tengo ese, le volvió a decir ella.
    –Me dicen que tu ibas a trabajar a los Estados Unidos, pero ¿cómo, si no tienes a nadie allá?

    –Pues yo no tengo familia en Estados Unidos, por eso me iba a quedar primero acá, en México.

    El tipo se irguió, la miró un instante y con sus palabras le volvió a cambiar la suerte y la vida a la mujer…para bien y para mal.

    “Mira, se nos acaba de ir la cocinera, entonces te propongo que trabajes de 22 días a un mes con nosotros y te dejo libre o te dejo en la frontera”, le dijo el hombre.

    No había de otra. Era eso o… nada. Janet le dijo que sí, que estaba bien. Bueno, le dijo él, agarra tus cosas y te vas a otro lado donde ya te están esperando.

    ¿Tú sabes quiénes somos?

    Salió de ahí a la media noche en una de las camionetas, con varios de los de negro armados y muchos migrantes amontonados en la caja de las pick up, algunos ya conocidos porque se había venido con ellos en el tren.

    Cuando llegaron a la casa los bajaron luego luego de la camioneta y a ella la mandaron de inmediato a la cocina para que comenzara a atender a los secuestradores, que esa noche andaban muy atareados y trabajando mucho. Andan de “carniceros”.

    Ya en la cocina la llamaron y le dijeron, te vamos a decir cuáles son las reglas aquí; que tenía que preparar dos comidas al día, una a las 10 de la mañana y otra a las 8 de la noche; que estaba prohibido hablar con los demás migrantes; que no estaba permitido y prohibido llorar; que a gente secuestrada ahí no tenía que darse cuenta de su acento; que tenía que tratar de simularlo y parecer mexicana del sur.

    El que mandaba allí llamó al que estaba en la cocina y se lo presentó a Janet. Ella se va a hacer cargo de todo, le dijeron a él. Luego, el que era el jefe de esa casa le dijo que se subiera a la recámara y se acostara con cuidado en una cama para que descansara un rato.

    Subió y en la penumbra sintió la cama muy rica y se acomodó rápido pero entonces descubrió que había otra mujer dormida de espaldas a ella. Era la novia o la compañera del jefe de esa casa. El sueño la venció y durante tres horas el cuerpo se le fue mientras el movimiento de migrantes y secuestradores continuaba en el lugar.

    Cuando más profundo dormía, el jefe subió para despertarla y decirle que se bajara a la sala porque ya se había desocupado un sillón y la cama era de su mujer, la que estaba de espaldas a Janet. La salvadoreña no pudo dormirse otra vez. Al ratito amanecía y con la luz clara vio los rostros de los migrantes y los reconoció porque venían con ella en el último tren que habían alcanzado.

    Con uno de ellos platicó tantito y él le preguntó que qué hacía allí, que por qué la habían dejado dormir arriba y luego en el sillón. Janet le explicó rápido que así era como ella tenía que pagarles a los tipos esos, cocinando y lavando, porque no tenía dinero y porque ellos le exigían mil dólares para dejarla libre.

    Entraron por ella para decirle que se bañara y se arreglara porque iba a salir con ellos de compras para abastecer la cocina. Un taxi, de los muchos que trabajan para ellos, los llevó al súper mercado Chedraui. En el camino le recordaron a Janet las reglas del lugar y le agregaron más cosas; prohibido platicar con la gente en la tienda, prohibido separarse de ellos y sobre todo, que actuara lo más normal posible.

    El miedo comenzó a apoderarse de ella porque se dio cuenta de que no conocía las cosas que le pedían en la lista. No sabía qué cosa era un chayote (en El Salvador les laman huisquil) y otras verduras y frutas. Le entró más miedo porque no le habían dejado dinero y además, por unos instantes, los había perdido de vista.

    Me van a dejar aquí sin dinero o me van a acusar con la policía de que me ando robando las cosas, pensó, pero cuando estaba cerca de las cajas, se le aparecieron al momento de avanzar y quedar sola ante la despachadora.

    Poco a poco Janet se les fue haciendo indispensable a los de esa casa de seguridad. Preparaba los alimentos, les arreglaba la ropa y le daba de comer a los migrantes que le ordenaban atender. También, cuando había reuniones de los jefes de las otras casas, ella les preparaba la comida y la bebida y se las llevaba a donde estaban.

    Anduvo en varias casas apoyando a los jefes cuando era necesario. Así fue como conoció a Irma en una de las casa, y así también descendió más a la pesadilla cuando uno de los jefes la quiso para él en una de las casas.

    Dos lazos fuertes pero muy distintos surgieron de su paso por esa casa; la amistad a prueba de todo con Irma, y el inicio de la degradación, el horror y la paranoia a manos del “carnicero”, el Zeta que disponía de la vida y la muerte cuando le daba la gana.

    Al “carnicero” se le fue la mujer al poco tiempo de que Janet había llegado a la casa de seguridad. Sin compañera en la cocina y en la cama, tomó de inmediato a la salvadoreña y en los primeros días la violó mientras la amenazaba y golpeaba para que no se le ocurriera escapar.

    Poco a poco fue sometida a toda clase de vejaciones sexuales mientras los hombres de las otras casas de seguridad usaban esa para reunirse y preparar los “operativos” nocturnos en busca de migrantes o deshaciéndose de ellos.

    Una noche de mucho movimiento, de ir y venir de los de negro con sus armas y camionetas, Janet supo exactamente en qué consistían los operativos.

    La gente de la casa se iba ya organizada en grupos, en las camionetas, hacia sitios lejanos, porque regresaban hasta la madrugada del otro día cansados, con mucha hambre pero sobre todo con la ropa toda manchada de sangre y oliendo a gasolina.

    A ella le tocaba lavar esa ropa y en varias ocasiones descubrió partes de la tela que estaban quemadas y otras con lo que parecían ser pedazos de carne quemada.

    Al jefe se le había ido la mujer y como veía que Janet era callada y no hablaba ni se metía con nadie, comenzó a tenerle confianza y a acercarse para decirle cosas.

    Una tarde, cuando ella acababa de limpiarle el cuarto, él la llamó. “Güerita, ven, acércate, quiero hablar contigo”, le dijo mientras ponía una canción en un aparato de sonido. Era un corrido sobre los Zetas. El tipo tomaba todo el día, todos los días. Era raro verlo sobrio. Además, se metía cocaína cuando salía de operativo.

    Le pidió a Janet que escuchara con atención el corrido que hablaba de los Zetas. Cuando la canción estaba terminando, él la miró y le dijo, ahora sabes quienes somos, ¿no?

    “Ya es hora de que vayas sabiendo quiénes somos y qué hacemos, por qué la ropa que lavas está manchada de sangre…”

    –No, yo no sé.

    –Yo soy un carnicero…

    –¿Si?, ¿y a qué horas trabajas?

    –Ay güerita, en serio que eres bien inocente.

    –En mi país un carnicero es la persona que trabaja para la carnicería, la que corta la carne de res, la que te vende carne de puerco…

    –Mira güerita, te explico…

    Y el hombre le dice que ella ya vio a la gente que tienen esposada en las casas de seguridad, a la gente que está más golpeada y amarrada.

    Mi trabajo, le dijo, “es hacerlos pedacitos, meterlos en un barril metálico y echarles gasolina para desaparecerlos. Eso hago, eso hace acá un carnicero.

    Janet lo escuchaba y le venían a la mente las caras y las voces de los migrantes que ella había conocido en el tren y que luego vio en las dos primeras casas de seguridad en Coatzacoalcos y comenzó a llorar al oír lo que los jefes hacían en los operativos esas noches...
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