lunes, 9 de noviembre de 2015

Janet y el Carnicero, la historia de terror de una esclava de Los Zetas PAGINA 2

  • lunes, 9 de noviembre de 2015
  • Comentarios
    <---Anterior PAGINA 1
    ...La aventura de los migrantes terminó en el kilómetro 35 de la vía hacia Coatzacoalcos, Veracruz, cuando la máquina se detuvo en otro pueblo que nadie conocía pero que los marcó para siempre.

    En ese sitio, como en otros que ya habían pasado, le gente del lugar, los mexicanos, no ayudan. Al contrario. Janet se daba cuenta de que mientras más tiempo estuvieran detenidos en los pueblos, la gente se molestaba y llamaba a la Migración para que fuera a la vía por ellos y los detuviera.

    Así que si alguien tenía hambre o sed o se le ofrecía cualquier cosa, pues mandaban a uno o dos de los migrantes, los menos jodidos, los que más parecieran mexicanos, a las tienditas a comprar comida y refrescos. Y aún así la gente los miraba con sospecha de que no eran mexicanos y los trataban mal o de plano no les vendían nada.

    La vía del tren pasa en medio del pueblo, pero no te puedes quedar ahí parado, porque la gente le habla a Migración, le habla por teléfono a Migración.
    Entonces empezaron a caminar. Llegaron ahí como a las 10 de la mañana y empezaron a caminar para Coatzacoalcos, porque el tramo era muy largo y porque el tren se va llenando de gente conforme sube hacia el norte.

    Viene mucha gente que ya ha pasado más veces. Entonces los maquinistas les dijeron que había llegado la hora de seguir a pie, que caminaran sobre la vía del tren. Se hizo entonces la caravana, una larga fila de gente que iba sobre la vía del tren y a los lados de ésta, en la maleza, entre las piedras.

    Eso fue a las 10 de la mañana. Para las ocho de la noche, casi doce horas después, llegaban por fin a Coatzacoalcos. Allí a muchos la vida les cambió por completo.

    Coatzacoalcos, la pesadilla

    Esta gente tiene todo como muy planeado, como muy estudiado. Te hacen viajar en el tren, te cobran por todo, no te ayudan, te vas quedando sin dinero y cuando ya estas cansado y con hambre, te dicen que ya no hay tren, que tienes que seguir tu camino pero caminando, sobre las vías, y acabas peor, todo agotado, rendido, le contaba a Janet uno de los hondureños que ya habían pasado por las mismas hace meses hasta que fue deportado.

    Los otros, le decía, los que te reciben en el último lugar donde llega el tren, te cobran 3 mil 500 dólares por llevarte directo a la frontera de los Estados Unidos, La verdad es que también es como una trampa. Te la juegas todo el tiempo porque igual y es cierto y sí te llevan por Matamoros o por Coahuila. Pero también te puede tocar la mala suerte de que no sean polleros y que en lugar de llevarte hasta el norte, te acaben dejando en alguna otra parte por ahí, al cabo que no conoces el país y no sabes ni en donde estás.

    Janet escuchaba estas cosas pero estaba más atenta a saber si había manera de seguir hacia el norte o saber qué podía hacer porque ya no tenía dinero. ¿Cómo se iba a comunicar con su familia para decirles en donde estaba?

    Los maquinistas y la gente de la vía en Coatzacoalcos se les acercaron. Les dijeron que ya estaban donde los habían mandado y que de allí habría gente para llevarlos a Matamoros o a Coahuila o a otro sitio para cruzar hacia los Estados Unidos. Claro, había que volver a pagar, y en dólares.

    De cualquier forma solo los que habían viajado dos o tres veces y conocían la ruta sabían si estaban o no en Tabasco. La inmensa mayoría de los migrantes jamás habían hecho el viaje. Entre ellos estaban Irma y Janet.

    La primera tenía planes para buscar trabajo en la ciudad de México y Janet pensaba llegar a los Estados Unidos para trabajar como afanadora, como mesera, en la siembra, en lo que fuera. La cosa era trabajar y mandar dólares a El Salvador para su gente. Ninguna tenía familia ni en México ni en Norteamérica.

    El día en que las agarraron iban en grupos y tras el viaje, apeados a los lados del tren o apretados como reses en unos cuantos furgones. Era finales de octubre.

    Los hondureños, que suelen ser mayoría en los grupos de migrantes ilegales que suben desde Centroamérica hacia México y luego, si la suerte y dios los acompañan, llegar a la frontera con los Estados Unidos, se separaron en grupos de 10 o 20 y hambrientos se acostaron a los lados de la vía para compartir algunas naranjas, algo de pan, lo que les iba quedando.

    De entre los matorrales salieron varios hombres, unos cinco o seis, que caminaron lento junto a la vía. Iban como checando lo que había allí; la gente, cuántos eran, cómo estaban, cuántas mujeres y hombres eran y sobre todo si alguno se veía como con recursos, si traía teléfono celular, si llevaba zapatos o ropa de mediana calidad y si había “güeritos” o “güeritas” entre los migrantes.

    Los hombres siguieron su camino recorriendo la vía. Se tomaron su tiempo porque sabían muy bien que el siguiente tren llegaría en unas tres o cuatro horas. Unos treinta minutos más tarde regresaron a donde estaban Janet y los hondureños.

    Al acercarse al grupo les preguntaron si viajaban para el norte. Querían saber para dónde iban y si ya tenían guía. Desconfiados, Janet y el grupo les contestaron que algunos ya tenían guía y que otros se moverían por su cuenta porque ya conocían la ruta.

    Los hombres sonrieron y les dijeron que estaba bien, pero que si les hacía falta allá adelante estaban los guías y que ya sabían que llevarlos a todos a la frontera les iba a costar un dinero más, pero que sin guía nomás no iban a llegar.

    Ahora que, si querían llegar más rápido al norte, les iba a costar otros 3 mil 500 dólares, pero con la pequeña gran diferencia de que ya no iban a viajar en tren, sino en camionetas. Más cómodos, más rápido, directitos hasta las garitas o hasta el otro lado.

    No, pues no tenemos ya más dinero, les dijeron Janet y los otros a los señores que andaban revisando el lugar. “Ya se nos acabó todo y no hemos comido. Además, por eso venimos en el tren, porque nada más nos queda para pagar el tren.”

    Uno de los tipos, con playera negra, se les acercó como medio amistoso y les preguntó si ya conocían la casa del migrante que esta por ahí cerca, que en ese lugar la madre podía atenderlos bien ya que venían en malas condiciones, con hambre y sin dinero.

    Le dijeron que no, que no conocían la casa esa. Se ofreció a llevarlos pero nadie se fue con él, en parte por temor, pero sobre todo porque los de la vía les acababan de decir que el siguiente tren que iba hacia el norte llegaría en un rato más.

    Está bueno, les contestó el de la playera negra y se fue con los otros por la vía y luego hacia unos matorrales.

    Cansados, vencidos por el hambre y el sueño, los migrantes se dividieron en grupos para dormir unas horas, esperar el tren o subirse a las camionetas de los señores como ya lo habían hecho unos cincuenta hondureños.

    Y así, divididos, tirados al lado de la vía, le venció el cansancio y después, el miedo. Eran como las once de la noche cuando sintieron las patadas en las piernas y los culatazos en el cuerpo.

    ¡Órale cabrones, párense… órale, muévanse ya hijos de la chingada…arriba ya! Les gritaban los mismos tipos que minutos antes caminaban tranquilos sobre la vía revisando a la gente, contando a los migrantes, checando cuántos podrían caer.
    CONTINUA clic aquí para leer la PAGINA 3
    Apóyanos con un me gusta a nuestra página de Facebook/NarcoviolenciaOficial
    Compartir:

    0 comentarios:

    Publicar un comentario