lunes, 9 de noviembre de 2015

Janet y el Carnicero, la historia de terror de una esclava de Los Zetas PAGINA 5

  • lunes, 9 de noviembre de 2015
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    ...–No vayas a creer que es fácil tener un puesto así…se tienen que pasar muchas pruebas para que el jefe te vaya viendo y te dé la oportunidad…las pruebas consisten en saber darle el tiro de gracia a tal número de personas; ah violar a tantas mujeres y tener como cierta capacidad para aguantar droga y poder trabajar drogado, sin perder la compostura.

    El hombre le dice que además todo esto hay que hacerlo delante del jefe para que vea que es cierto y lo tome en cuenta, porque lo importante es que se vea que hay sangre fría para hacer las cosas.

    Pero tú no te preocupes, a ti no te voy a hacer daño. A los otros sí, porque de eso se trata, de que sepan quién manda aquí, le dijo por último a Janet.

    De poco sirvieron su protección y sus promesas. Cuando no estaba, dos de los soldados que se quedaban a cuidar la casa, se turnaban para violarla cuantas veces les daba la gana. Por eso duraron poco en ese sitio.
    En la siguiente casa las cosas cambiaron de nuevo. Ahora los operativos eran más seguidos y para que Janet aguantara el paso y estuviera siempre lista y atenta para servirlos cuando se necesitara, la obligaban a consumir cocaína y mariguana.

    Ella les preparaba la comida y les subía las cervezas en las reuniones. Se fue enterando de cada paso y de la forma de trabajar del grupo. Conoció casi todas las casas de seguridad de Coatzacoalcos y de otros sitios cercanos porque se había ganado la confianza de ellos y unos la piden para que se quede unos días a cuidar y cocinar.

    En una de las casas conoce a Irma, la muchacha guatemalteca con la que se identifica y hace contacto a través de la religión y de la esperanza de que algún día dios o la virgen de Guadalupe o Jesucristo las escuche y les retire el castigo que las tiene en esa situación sin saber por qué.

    También se encuentra con “Pajarito”, un carnicero de otra casa que estaba esposado y muy golpeado en uno de los cuartos de arriba. ¿Qué te pasó pajarito? ¿Qué hiciste?, le pregunta Janet cuando lo reconoce al llevarle un plato de comida.

    “Hice algo mal, algo que salió mal y el jefe me castigó”, le dijo a la salvadoreña mientras trataba de acomodarse en el piso con las esposas en las muñecas y la cara golpeada.

    En los siguientes días uno de los migrantes es el que se muestra más inquieto y decidido a escaparse de allí. Ella lo conoce porque ha estado en otras casas y además la escuchó hablar y descubrió que ella no es mexicana, que ya lleva tiempo sirviéndole a los Zetas y que seguramente conoce la manera de huir de ahí.

    Janet se daba cuenta de la situación y se ponía muy nerviosa, porque el muchacho la buscaba, trataba de hablar con ella y le pedía que lo ayudara a escapar y ella se negaba y le decía que no podía hacer eso.

    Una tarde en que otra muchacha había sido llevada a la misma casa para ayudarle a Janet a lavar platos y hacer comida, el migrante esposado se decidió a escapar. Esperó a que la muchacha saliera al patio a lavar la ropa y entonces la atacó golpeándola con las esposas. La derribó y como pudo se brincó la barda del patio y cayó del otro lado de la calle.

    Los vecinos de la casa de seguridad vieron lo que pasaba, vieron a un hombre brincarse la barda, mal vestido, sucio, golpeado y con las manos esposadas y llamaron a la policía. En minutos los patrulleros llegaron al lugar y atraparon al migrante. Pero las cosas no quedaron ahí.

    El centroamericano les dijo que en tal casa había gente secuestrada, que eran migrantes pero que sus secuestradores eran Zetas. Un amplio operativo policiaco cayó sobre esa y otras casas de seguridad, pero para cuando la policía se estaba acercando a los domicilios, los carniceros, los soldados o sicarios y los migrantes ya habían huido hacia una bodega para evitar la captura.

    En ese sitio vuelve a encontrarse con Irma, de quien no se separaría ya más.

    Rosas y espinas.

    En diciembre de 2008 Janet e Irma seguían en la misma bodega a la que habían llegado tras el desmantelamiento de las casas de seguridad.

    El 12 de ese mes, el Día de la Virgen de Guadalupe, los jefes les avisaron que todas las mujeres debían estar arregladas porque iban a acompañarlos a una fiesta. Para Janet se trataba solamente de exhibirlas como sus trofeos, de sacarlas para lucirse con la gente del lugar.

    El lugar de la fiesta tiene un gran cuadro de a Virgen y hay que pasar enfrente de ella y a dejarle una rosa. Parte de la ceremonia cosiste en dejarle encendida una veladora, pidiéndole un milagro.

    Pero Janet, que es cristiana, se niega a pasar a dejar la veladora y recibe una cantidad de groserías por rehusarse a seguir el rito. “Yo no voy a pasar porque yo no creo en eso”, les repetía y ellos y ellas se enojaban más por el desaire.

    Le dicen que ella escoge que es lo que va a pasar, y que ellos saben que pueden hacerle a ella. Entonces, le dicen, tú eliges ir o negarte. Ya sabes lo que se te espera, le advierten.

    Una de las muchachas le dice que tiene que pasar y dejarle la rosa a la Virgen, pero Janet insiste en defender sus creencias y negarse porque ella es cristiana. La presión la hace llorar y entonces uno de los jefes la agarra de la cintura y abrazándola le dice “vente”, y pasa con ella delante de la Virgen de Guadalupe.

    Toma una rosa del florero grande que estaba ahí y se la pone en la mano a ella al tiempo en que le aprieta la mano para que las espinas se le claven. “¿Ves?, eso te pasa por rebelde”, la dice el jefe. Luego le pide que cierre los ojos y pida un deseo, y ella le dice que no va a hacerlo, pero él insiste y le dice que él va a pedir el deseo por ella: “ojalá que la güerita sea mi esposa”, suelta en voz alta.

    La noche de la mañanitas a la Virgen de Guadalupe terminó mal para todos. El jefe les había ordenado a los “carniceros” que no se retiraran antes de las seis de la mañana. Cosas de él, ideas que luego le entraban. Pero solo unos obedecieron la orden y la cosa acabó en pleito porque se empezaron a ir con las mujeres.

    Días después, el jefe y otros del grupo llegaron a la bodega y le ordenaron a Janet que se arreglara porque iban a salir a un sitio. No le dijeron a dónde ni por qué. Todas las imágenes de los migrantes golpeados, humillados, disminuidos a nada y subidos a las camionetas de los de negro se le vinieron a la mente de inmediato, porque lo que seguía eran las madrigadas de operativos en rancherías, en carreteras, en las montañas cercanas a las vías del tren.

    Lo que seguía eran los cuerpos descuartizados, “cortados en pedacitos”, y luego apretujados en tambos de metal a los que llenaban de gasolina y les prendían fuego para que no quedara rastro de nada. ¿Para qué se le llevaban los jefes? ¿A dónde iban que no le querían decir nada?, pero lo más curioso, ¿por qué tenía que ir arreglada?

    No tenía opción. Se arregló como pudo y subió a la camioneta, llena de miedo, tensa, sin prestar atención a la música de banda de la radio o a los chistes de los de negro. Unos minutos después, la camioneta se detuvo en una zona habitacional y el jefe volteó a verla para preguntarle ¿a ver güerita, ¿Qué te parece?, mientras le señalaba con la mano una casa grande con letrero de Se Vende.

    “Pues, ¿qué me puede parecer?”, le contestó. El jefe comenzó a reír y le dijo que el dueño de la casa estaba por llegar en unos días y que era muy importante, porque la iban alquilar y la casa quedaría a su nombre, a nombre de ella. Y así fue. En menos de una semana se hizo el trato.

    Janet dio apellidos falsos y uno de los de negro le dijo al dueño que ella era su esposa, que se acababan de casar y necesitaban la casa para empezar sus vidas con la familia de él. La verdad es que así se fueron haciendo de nuevas casas de seguridad, con nombres y datos falsos, rentándolas para familias que no existían.

    La casa se quedó como oficina y punto de reunión de los jefes Zetas. A ella la llevaban ahí de vez en cuando para que atendiera a los que manejaban las otras casas.

    Pero desde la captura del migrante aquel que estaba esposado, desde el desmantelamiento de las otras casas de seguridad, las cosas se descompusieron.

    Los jefes se juntaban en la casa nueva pero las reuniones eran cada vez más desordenadas, no hacían acuerdos o cosas como antes. Janet e Irma se daban cuenta de que los pleitos eran constantes y algo más: al final, ninguno de los carniceros, si acaso dos o tres, hacían lo que se les ordenaba.

    Cada quien jalaba por su lado y los policías ya no los protegían como antes, porque la autoridad estaba sobre ellos también, investigando quiénes eran los que tenían vínculos con los de negro, con los Zetas del sur.

    Por si fuera poco, al jefe de todos ellos lo sacaron de Coatzacoalcos luego luego, cuando cayeron algunos de los carniceros después de que el muchacho se brinco la barda. Entonces no había nadie que los coordinara a todos, que se impusiera y metiera el orden.

    ¡Agarren sus cosas!

    Los migrantes eran trasladados de casa en casa, sin mucho control, a cualquier hora, no como antes que todo se hacía en la noche, en la madrugada.

    La vida les dio un vuelco de nuevo una noche, la última, nublada y fría, en que ese grupo de carniceros salió de operativo llevándose a 25 centroamericanos quien sabe a dónde. Entre los migrantes solo había cuatro mujeres y un hombre que estaba amarrado y golpeado.

    Cerca de las 10 de la noche los de negro llegaron a la casa y subieron a una parte de los migrantes a las camionetas. El primero en perderse entre las sombras de la lona en la pick up fue el que estaba amarrado y golpeado. Entonces se fueron en las camionetas. La cosa iba para largo. Janet se dio cuenta de que era noche de carniceros.

    En la casa se quedaron varios carniceros y en el cuarto grande dejaron a un soldado para cuidarlos a todos, un vigilante que acaba de entrar a la organización como guardia. Pero resulta que éste venía de otras dos noches de operativo y estaba tronadísimo, muy cansado, y se quedó dormido tan pronto se fueron los de las camionetas.

    Esos eran los instantes en que Janet e Irma podían aprovechar para bañarse, para estar un poco más tranquilas. Ya habían acabado de arreglarse. Irma se recostó y se quedó dormida. Janet escuchó algo en una de las ventanas...
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