lunes, 9 de noviembre de 2015

Janet y el Carnicero, la historia de terror de una esclava de Los Zetas PAGINA 3

  • lunes, 9 de noviembre de 2015
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    ...Pero esta vez iban armados con pistolas y rifles, golpeando y despertando a los que apenas acababan de cerrar los ojos o a los que tenían rato dormidos. Los únicos que no hacían ruido y a los que no golpeaban eran unos 15 o 20 que venían en el tren desde la frontera. Con esos nos se metían los señores armados. Eran de su grupo, porque cuando comenzaron a subir a la gente en las camionetas que traían, ellos los ayudaban y decían quienes iban en qué carro.

    A los que trataban de escapar los alcanzaban y en la hierba los golpeaban durísimo, con palos y con rifles y ahí les quitaba su dinero y los arrastraban y los subían de todos modos. A uno o dos les disparaban y Janet y los migrantes no sabían qué había sucedido con ellos, pero lo imaginaban porque no los volvían a ver.

    Entre el escándalo de la persecución a los migrantes, el grupo de Janet se dio cuenta de que había más camionetas con gente detenida, con migrantes levantados a la mala por los de la camiseta negra.
    Ellos se quedaron ahí, y los subieron a las camionetas. Era una camioneta cerrada, una negra, y la otra era abierta tipo pick up. Allí la subieron y los acostaron en la cama del carro y les decían que no fueran a levantar la cabeza porque les iba a ir mal.

    Cuando ya iban en un camino de terracería, los de las playeras negras les revisaron las bolsas, las mochilas, todo lo que traían mientras los seguían pateando y encañonado con las pistolas.

    A las mujeres las revisaron y también les metían mano en todas partes para encontrarles el dinero. Lo hallaron y se los quitaron de inmediato. Janet era una de las pocas migrantes que traía consigo su cédula de identificación de El Salvador, el Documento Único de Identificación (DUI)

    Pensaron que era dinero pero cuando vieron que era otra cosa se lo dejaron. Así estaban las cosas cuando vieron sobre la carretera, en dirección a ellos, las luces de dos patrullas. Entonces se sintieron seguros, al menos con esperanza.

    Uno de los jóvenes que había sido subido a la camioneta se armó de valor y alcanzó a levantarse para hacerle señas a los policías. “Ahí vienen, ahí vienen”, les decía a los que estaban acostados.

    Los de la playera negra se dieron cuenta de lo que ocurría y simplemente se inclinó para decirle “ni te alegres…estos están con nosotros”.

    Cuando les decía estas cosas, una de las patrullas se acercó a la pick up y sus ocupantes echaron un vistazo al cargamento. Saludaron a los de negro y siguieron por la carreta como iban. No pasó nada. La alegría de ver a luz de la torreta duró unos instantes. Las pick up siguieron su marcha con los migrantes encañonados y tirados en el piso de la camioneta.

    “Ay güerita, qué vamos a hacer contigo”

    Cerca de la medianoche, Janet y el grupo con el que la habían detenido los plagiarios llegaron a la primera de las casas de seguridad de Coatzacoalcos, controladas por células de criminales pagadas por los Zetas.

    Los llevaron a la casa en donde había dos mujeres más que ya tenían tiempo con los de las playeras negras. Las mujeres ya sabían lo que tenían que hacer. Les ordenaron a los migrantes que dejaran en el piso las maletas, las mochilas y las bolsas, todo lo que traían consigo y que se juntaran y se sentaran todos en uno de los cuartos de la casa.

    Mientras se acomodaban, las mujeres les vaciaron todo en una nueva búsqueda de dinero, de cosas de valor y referencias para comenzar a extorsionar a las familias de los ilegales.

    Ordenaron que las maletas las pusieran en un solo lugar, porque no podíamos tenerlas cerca. Entonces comenzaron a interrogarlos y a golpearlos de nuevo porque ya había llegado la hora de que dieran sus números de teléfono, de que soltaran alguna referencia en su país o en México en los Estados Unidos para comenzar a sacarle dinero a sus parientes.

    Janet estaba cerca de una de las paredes de lo que era la sala de la casa de seguridad. Desde ahí veía entrar y salir a los de negro con sus armas y con palos. Entraban para amenazar primero a los migrantes, y luego, conforme se negaban a dar sus números de teléfono o alguna referencia familiar para la extorsión, para golpearlos.

    A algunos de plano los sacaban al frente de la casa para seguir con los golpes, pero terminaban por llevárselos a otro lado porque luego ya no se les volvía a ver. Esa fue la parte de la pesadilla que Janet conoció después por boca de uno de los “carniceros” de los Zetas.

    A ella todavía no le tocaba el castigo, pero mientras veía lo que sucedía y trataba de entender a donde habían caído, vinieron a su mente los recuerdos y los planes que ella y su familia se habían trazado hace meses.

    El plan era que me quedara trabajando en la frontera un tiempo mientras se reunía el dinero para pasar al otro lado. Ella sabía que su familia no tendría cómo responder si esta gente les llamaba y les exigía dinero, sobre todo en dólares.

    Entonces le llegó su turno. Uno de ellos se le acercó. “A ver güerita, tú, ¿de dónde eres?, ¿a qué número le hablamos a tu familia?”

    Entre el miedo y la confusión, porque mientras les preguntaban a unos iban golpeando a otros, Janet hizo como que no entendía de qué se trataba y no les decía nada. Antes de recibir los primeros golpes fue insultada de todas las formas posibles. “O nos dan los números por las buenas o nos los van a dar por las malas”, les decían los secuestradores.

    Para meterles más miedo les gritaban en la cara y les mostraban sus armas: “¡Ustedes escojan cómo le van a hacer para darnos los chingados números, porque aquí nosotros somos los dueños, somos los que mandan en la tierra… Nosotros fuimos y venimos del infierno y sabemos cómo hacer las cosas… No le tenemos miedo a nada ni a nadie…Ustedes no saben quiénes somos, cabrones!”

    Poco a poco, los que tenían número a dónde comunicarse en sus países comenzaron a darlos y ellos a decirles cómo tenían que hablar y qué debían decirle a sus familiares.

    Para los que soltaban primero la información no había tanto golpe, pero los que se tardaban y luego acababan por reconocer que sí tenían quién respondiera por ellos, la pasaban muy mal. Con ellos se ensañaban porque se habían querido pasar de listos. ¿Creen que somos sus pendejos?, les gritaban mientras marcaban a sus casas y les daban golpes para que no se fueran a equivocar a la hora de hablar.

    Janet aguantó largo rato. Uno de los que venía en el grupo le dijo como hacerle, porque él ya había pasado por eso antes. Hazte la dormida y cuando se acerquen a ti, no te despiertes y se van a seguir con los otros. Aguántate así lo más que puedas y la vas a librar, le decía el muchacho y eso hizo ella.

    Aguantó lo más que pudo. Se hizo la dormida. Medio se despertaba cuando la sacudían pero con tanta suerte que cuando iba como abriendo los ojos, otro u otra daban señas de que finalmente sí soltarían sus números.

    Así se estuvo mucho tiempo hasta que la suerte se le acabó. Y otra vez, a ver tú, güerita, a ver, danos tu número de tu gente, de tu familia, ándale, párate. Ya no pudo aguantarse más porque sabía lo que le pasaba a los que no cooperaban. Los nervios le ganaron. Trataba de acordarse de algún número, sí se lo sabía pero nomas no le llegaba a la mente.

    “Órale güerita, no te hagas pendeja y ya danos el número… Alguno tienes que traer, de alguno te debes de acordar, ándale ya”, le decían. Luego de un rato regresaron con ella porque estaban con la otra gente, checando sus llamadas y amenazando a la familia y diciéndoles que si no pagaban su pariente iba a sufrir más.

    “A ver, ora sí güerita, ¿ya te acordaste? A ver…” Janet les dio el numero de un teléfono celular que tuvo hace tiempo pero que le habían robado en El Salvador. Les dio ese número porque sabía que nadie iba a contestar, porque no quería darle angustias a su familia y además estaba sola, no iban a poner el peligro a sus hijos o a su mamá.

    Los de negro se llevaron el número y llamaron varias veces. Como a la hora regresaron con ella para regañarla: “hay güerita, qué vamos a hacer contigo, porque nadie contesta, nadie responde”. Ella nada más se les quedaba viendo, como diciéndoles ¿qué quieren que haga?.. (no les voy a dar nada)...
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