sábado, 2 de julio de 2016

¿Buscan a mi abuela? No está, pero si quieren material yo se los vendo": Niños narcotraficantes en la Ciudad de México

  • sábado, 2 de julio de 2016
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    Ciudad de México.-"¿Buscan a mi abuela? No está, pero si quieren material yo se los vendo", dijo el niño que abrió la puerta del departamento. Desapareció un momento y luego trajo consigo una caja de madera que nos presumió como si fuera un juguete nuevo. Sus movimientos tímidos exponían una conciencia joven de saber que lo que hacía estaba mal. La caja contenía unas bolsitas marcadas con la palabra "Cristal".
    Uno de los niños nos ofrece metanfetaminas durante la ausencia de algún tutor. Foto por Emilio Espejel.
    Habíamos llegado al cuarto piso de un edificio de la zona centro de la Ciudad de México, a unas cuadras del barrio de Tepito, donde Doña Norma (no es su nombre real), de 60 años, vive con tres de sus nietos (de seis, cuatro y un año de edad respectivamente). Se dedica al narcomenudeo y cuando los adultos no están, los pequeños se hacen cargo del negocio.
    Cruzamos el zaguán y caminamos por un pasillo largo y angosto que se une con unas escaleras carcomidas de cemento. Cada piso del edificio es distinto. Algunos tienen rejas de metal y otros sólo cortinas de tela simulando puertas. Huele a cochambre combinado con humedad y orines.

    En el cuarto piso del edificio el sonido de la calle apenas llega como un murmullo que se mezcla con música proveniente de distintos departamentos. Tocamos la puerta de lámina y enseguida la abrió un niño de seis años, quien traía la cabeza rapada y una playera de Angry Birds.

    "Mi papá fue a la tienda, pero si quieren material, yo se los vendo", insistió con la mirada fija sobre nosotros mientras sostenía un carrito de juguete entre sus manos. Otro niño se asomó. Adentro del departamento, una televisión transmitía una caricatura del Canal 5 y un montón de ropa en el piso, junto a un sillón derruido, soltaba un fuerte olor a humedad, como si no la hubieran sacado al sol.

    Los niños no tienen muy claro qué es el material que nos estaban ofreciendo, pero estaban seguros del precio: 220 pesos el medio gramo de cristal. También venden cocaína, mariguana y tachas.

    Les dijimos que esperaríamos. Nos sentamos en las escaleras y 20 minutos después, llegó el padrastro de los niños, de 22 años, es el tercer esposo de la hija de Doña Norma. El joven matrimonio vive en un pequeño cuarto del departamento. Él se dedica a cuidar a los niños, aunque casi nunca está presente. Saludó a cada uno de nosotros y nos invitó a pasar.

    El departamento es pequeño y las paredes están embadurnadas con pintura de color azul. El techo, carcomido por la humedad, denota las goteras. En la primera estancia del lado izquierdo, en una cama rechinante, reposaba el bebé de un año que miraba atento todo lo que pasaba a su alrededor.

    Tomamos un par de fotos y las cámaras se volvieron el centro de atención para los niños que insistían en que los dejáramos tomar algunas fotografías. Se turnaban la cámara y disparaban ráfagas en cualquier dirección. Luego, para mostrarnos algo nuevo, nos jalonearon un piso arriba y llegamos a una azotea desierta.

    Los vimos correr, trepar y balancearse como si estuvieran en un parque. Todo es un juego cuando eres niño, e incluso la desgracia la viven como una aventura. Más tarde, Doña Norma nos recibió indiferente recostada sobre su cama. Nos contó un poco del negoció sin dar datos muy específicos.

    Doña Norma trabaja como intendente en un hospital de la Ciudad de México, pero lleva 15 años dedicándose al narcomenudeo.

    "La necesidad económica siempre hace que las personas se metan en pendejadas y, viviendo en esta ciudad, las drogas están muy a la mano".

    Sabe que haciendo esto, "alimenta a personas enfermas", como ella les dice y asegura que los adictos le dan mucha lástima. "Son personas que no se quieren y por lo tanto son malos. No puedes querer a nadie si no te quieres primero a ti mismo y a Dios", dice.

    Los niños seguían jugando, mientras Doña Norma nos dijo que cada vez es más complicado seguir en el negocio y que la competencia ha aumentado. "Los morros de ahora presumen y se sienten muy chingones moneando desde los diez años y faroleando sus tubos [pistolas]. Por chamacos así de pendejos es que este negocio ya no deja tanto. Le crece la tienda a un culero por bien poquito y mientras, una tiene que ir y arriesgarse un chingo cargando la porquería o con esos chamacos culeros. Es bien peligrosa la chamba porque si me agarran en el camino, nadie va a saltar por mí", nos dijo con la mirada clavada en la televisión.
    Doña Norma descansa y ve la televisión después de su jornada laboral como intendente de limpieza en un hospital del DF. Foto por Ernesto Álvarez.

    Uno de los nietos de Doña Norma camina por un pasillo del edificio. Foto por Ernesto Álvarez.

    En la entrada del cuarto donde la familia habita, los niños juegan con carritos de metal. Foto por Emilio Espejel.

                                                        Foto por Ernesto Álvarez.
    En la azotea del edificio, uno de los niños juega a ser un superhéroe. Foto por Ernesto Álvarez.


    En la azotea, uno de los niños juega con un bote metálico diciendo que es su casa. Foto por Emilio Espejel.


    Los hermanos ven hacia la calle mientras señalan los puestos callejeros. Foto por Emilio Espejel.


    En la azotea del edificio, uno de los niños juega a ser un superhéroe mientras salta sobre los tinacos de agua. Foto por Emilio Espejel.

    Por Miguel Aguilar, Fotos por Emilio Espejel y Ernesto Álvarez/VICE

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