lunes, 13 de junio de 2016

Testimonios de mujeres Zetas en Tamaulipas: la historia de Sandra

  • lunes, 13 de junio de 2016
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    Por Jorge Damián Méndez Lozano/Vice
    NARCOVIOLENCIA.-Sandra (no es su nombre real) en ocasiones piensa que está muerta y otras que está en el limbo. Trabajaba para el Cártel de los Zetas, aunque cuando la arrestaron dijo que pertenecía al Cártel del Golfo. La Letra tiene pésima fama y sabe que los militares madrean con más energía cuando se confiesa pertenecer a esa organización. Inició en las filas del narcotráfico por dinero, no para hacerse rica —de antemano sabía que eso no ocurriría— sino para mantener a su hijo y comprarse comida y sobrevivir.

    Atendiendo las palabras de Sandra, en Tamaulipas es difícil conseguir empleo. Las maquiladoras se fueron huyendo de la (narco) violencia, algunas escuelas y universidades privadas cerraron por amenazas de muerte y extorsión, y los que se dedicaban al comercio dejaron sus negocios porque no les alcanzaba para pagar derecho de piso. Otros tiraron la toalla porque los secuestraban y robaban con el pretexto de que trabajaban para la organización contraria. Me da un ejemplo concreto, su tío: "Mi tío se quedó en la miseria, era carrero, vendía autos usados que traía de Texas. A él lo extorsionaban con cinco mil pesos a la quincena y un automóvil al mes o de lo contrario lo decapitarían. Una semana después, los autos que le robaban se los encontraba balaceados o quemados a las afueras de Ciudad Victoria. Por eso lo que más conviene en esta región es irse a vivir a Estados Unidos, o a otro planeta".
    Sandra

    Dos años han pasado sin que pueda verme en un espejo. Afortunadamente en una revisión las custodias se lo llevaron. Digo afortunadamente porque si en este momento viera mi reflejo, sé que vería una vela sin maquillaje a punto de convertirse en una plasta. La verdad sí me da tentación ver cómo es ahora mi rostro —confiesa Sandra, dos días antes de que, con el afán de que pueda escudriñar su geografía facial, ingrese de contrabando al reclusorio un espejo de juguete que robaré a mi sobrina de seis años; mi sorpresa la deprimirá un poco.

    La seducción o repugnancia que provoca la propia apariencia hace que las internas recurran a improvisados espejos como el interior metálico de las bolsas de Doritos Nachos, la parte plana de los cortaúñas, y cuando llueve, los charcos de agua. Sandra me cuenta que entre compañeras son como un espejo. Apenas se les dibuja una ojera, irrumpe una espinilla o brotan puntitos negros en el rostro, luego luego se acercan y se comentan las propias novedades; lo mismo si engordan, adelgazan o se asoma una lonjita o estrías. "La soledad y el aburrimiento nos ha vuelto obsesivas", dispara Sandra. Recuerdo una postura opuesta a esta atracción por los espejos contenida dentro de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Dentro del relato, Bioy Casares y Borges expresan que los espejos tienen algo monstruoso. Bioy —por su parte— recuerdo haber leído que un heresiarca de un ficticio lugar llamado, Uqbar, declaró que "los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres". Se puede también agregar que los espejos —al igual que la prisión— funcionan como espacios de encierro en donde se disciplina y readapta el cuerpo para circular en la vida social.

    La vida es un baño fuera de servicio

    Empecé como sexoservidora. Antes había intentado ser edecán: mis senos y mi vientre son mi orgullo porque a pesar de mi embarazo no tengo cicatrices. Metí solicitud a una agencia de modelos que solicitaba muchachas para promover productos en los centros comerciales de Ciudad Victoria, pero nunca me llamaron. Me empecé a desesperar. Anteriormente había vendido zapatos en abonos, ropa usada en un tianguis y hasta de cuida niños a domicilio la había hecho. En aquellos días estaba saliendo con un muchacho. Me presentó a una chava que terminó siendo mi amiga. Esa amistad es clave para entender por qué estoy en prisión.

    Un día me pregunta mi nueva amiga si quiero ganar dinero; me miraba necesitada. "Consígueme cinco muchachas, el trabajo es en una fiesta, te pagaré dos mil pesos más propinas". No me dijo nada más, pero imaginé por dónde iba todo. No logré conseguir a nadie, pero le dije que estaba lista. "Arráncate para San Fernando [Tamaulipas] y dime cómo irás vestida, pasarán por ti a la central de autobuses en una camioneta". Me recogieron unos sicarios que me trasladaron por una brecha, hasta un rancho como a treinta minutos del pueblo. Estuve tres días sin hacer nada. La fiesta se había suspendido porque los militares perseguían a los otros sicarios, los que habían solicitado acompañantes; se estaban escondiendo en el monte. Lo único que hice fue hablar por radio con un señor que dijo que pronto iría a conocerme, pero nunca llegó. Me dieron tres mil pesos y me regresé a mi casa. La verdad es que me asusté y ya no quise saber de ese ambiente.

    Geografía Corporal

    El encierro me ha provocado ataques de ansiedad, taquicardias. Simultáneamente grito, lloro y siento como que me hago humo; hasta mi sombra se ha enfermado. He tenido gastritis, migraña, me quejo de los riñones y se me ha caído el cabello. En libertad solamente pensaba en mi rostro, pero nunca en el resto del armazón. Ha cambiado la relación con mi cuerpo. Hace dos meses me diagnosticaron problemas de circulación sanguínea: várices, calambres en los músculos, anquilosamiento de rodillas debido a la inactividad, eran los síntomas. Veintidós horas al día estoy en la celda; a veces sentada, a veces acostada. Solamente me queda hacer ejercicio en una dimensión de tres por tres metros que comparto con siete mujeres acusadas de secuestro y delincuencia organizada. Una hora a la semana se me permite salir al patio, quince minutos de llamada telefónica y cuarenta y cinco minutos para jugar volibol o caminar alrededor de la cancha de básquet. El resto de los días pienso que afuera ya estaría muerta y que por eso Dios me trajo aquí.

    Cuando llegué a prisión sentí pavor de ser recibida con golpes y amenazas. Tenía miedo de que alguien me esclavizara obligándome a lavarle la ropa, el sanitario o que me chantajeara con dinero para no putearte cotidianamente; afortunadamente no sucedió. Mi humilde familia me envía dinero cada que puede. En el Cereso me dan comida, pero para artículos de higiene personal y vestido, deben apoyarme desde el exterior. Las internas que reciben dinero me hacen esquina y me ayudan con una pastilla de jabón, algunas onzas de detergente o con medio litro de champú. Esporádicamente alguna agrupación cristiana gringa de California visita la institución para compartirnos la palabra del Señor, artículos de limpieza, ropa y alimentos.

    Ana

    En mi celda todas conocemos de memoria nuestras historias. Tengo una compañera que viene de San Fernando, Tamaulipas, es mi mejor amiga, se llama Ana (tampoco es su nombre real). Ella trabajaba en una taquería ubicada sobre la carretera. Ganaba mil 200 pesos a la semana. La culpan de participar en la muerte de 120 migrantes encontrados en 2010 en las narcofosas de ese pueblo. Batalla bastante para que sus papás le envíen dinero. En San Fernando no hay telégrafos porque los zetas quemaron las oficinas; decían que los empleados de ahí le pasaban información a los del Cártel del Golfo. Si su mamá le quiere depositar dinero tiene que trasladarse a Matamoros, a una hora de distancia, pero está cabrón porque esa ciudad es del Golfo. Y lo poco que le podría depositar se lo gastaría en el pasaje de autobús. Matamoros está lleno de halcones por todos lados: los que venden dulces en las calles, los taxistas, los vendedores de periódicos, todos informan cuando ven a una persona nueva o sospechosa. Inmediatamente reconocen y secuestran para interrogar a quien no es de la ciudad. Una señora amiga de sus papás les ayudó, una vez, a depositarle dinero, pero ya no lo quiso volver a hacer. Le da miedo que alguien la delate y diga que manda dinero a un penal de Baja California. ¡Imagínate que los golfos sepan que es para una mujer que vinculan con los zetas!

    En los sesenta y tres días de arraigo que Ana tuvo en el Distrito Federal, sus padres no pudieron visitarla, tampoco la han visitado aquí. Mientras la torturaban en el cuartel militar, después de que la "arrestaron" mientras esperaba el camión, los soldados de la marina cateaban su casa. Se robaron las credenciales de elector de toda la familia. También se llevaron maletas con ropa y tenis de sus hermanos y dinero que tenía ahorrado su mamá de una tanda que estaba haciendo con las vecinas de la colonia; hasta una televisión de plasma se robaron. Como sus papás no tenían credenciales, no pudieron ingresar al centro de arraigo. En San Fernando no se puede tramitar ese documento, se tiene que ir a Matamoros, pero como ya dije, los habitantes de San Fernando no pueden ir porque es plaza del Cártel del Golfo; si se aparecen en la ciudad los levantan. Lo mismo al revés, si gente de Matamoros va a San Fernando también la matan, pero los zetas. Solamente la pudo visitar su hermana y un sobrino, y eso porque vive en otra casa y los marinos no le robaron su credencial.

    Debut en la cárcel

    Pasaron dos meses y no conseguía trabajo, ni para comer traía. Desesperada, le marqué a esta amiga. Me pidió que fuera a verla a un café en Tampico, ciudad donde estaba yo ese día, ya que a veces estaba en Ciudad Victoria. Estábamos desayunando chilaquiles cuando me dijo: "Toma quinientos pesos y este celular, ponte lista porque te van a marcar". Y sí, al otro día me marcó un tipo desconocido que me dijo que quería conocerme. Le dije que nos conociéramos y me contestó que me fuera otra vez para San Fernando, allá donde encontraron muchas fosas con cadáveres.

    "Si no tienes dinero, pide prestado y acá te lo repongo", me explicó. Me recogieron en la central de autobuses y me trasladaron a una casa de seguridad donde permanecí cinco días. Lo único que hacía era mirar la televisión, comer y platicar con los cuidadores de la casa que siempre estaban armados con metralletas R-15 y cuernos de chivo. Un día acompañé a la operativa (sicarios) a colgar unas mantas donde avisábamos de un toque de queda en San Fernando. Nadie podía entrar ni salir, y el que saliera nomás ya no regresaba. Cuando hay toque de queda la gente se levanta por la mañana y sabe que a las ocho de la noche se tiene que guarecer. Es una forma de controlar que no entren de otra organización. Si alguien se enferma y requiere ir al hospital puede que lo dejen seguir su camino, pero nomás a esos.

    San Fernando es como un tesoro. Está en medio de dos fronteras, la de Matamoros y la de Reynosa. De donde vayas a fuerza tienes que pasar por ahí para llegar al norte. Por eso es el pueblo que está en disputa al cien. Tiene el mar a una hora y tiene lugares donde te puedes esconder. No lo deja en paz ningún cártel. Para los migrantes también es estratégico porque es por donde pasan para cruzar a Estados Unidos, también es su muerte.

    "No se puede abandonar la organización Zeta. Primero se desquitan con tus parientes y luego contigo".

    El tipo al que había ido a conocer me hablaba por teléfono todos los días y me juraba que en cualquier rato iría por mí; hasta flores me mandó, pero no aparecía porque estaba cuidando otra casa y no lo dejaban salir. Yo había entablado amistad con un cuidador, nos gustábamos. Una mañana le presté mi celular para que mandara un mensaje. En ese rato llegó uno de los jefes junto con el tipo que yo había ido a conocer. El mando me preguntó por mi equipo de comunicación y le dije que lo había prestado a uno de los cuidadores para que mandara un mensaje. Se encabronó, mandó llamar al chavo y lo regañó por andar pidiendo un equipo prestado cuando se supone que tiene asignado un celular con saldo. Después el mando pidió un rastrillo y le rasuró las cejas. Luego lo castigó poniéndolo a vigilar el patio de la casa donde estábamos. Durante tres días no lo dejó dormir. Un lunes en la mañana comenzó a vigilar y se le permitió dormir hasta el miércoles en la noche, sin droga, ni nada de truco.

    Nunca pude platicar con el tipo que había ido a conocer, pero eso fue lo de menos, porque el jefe me ofreció tres mil pesos de sueldo semanal. Mi tarea: regresarme a Tampico y servir de guía a los choferes de las estacas. Las estacas son grupos de cinco o más sicarios que se dedican a cuidar los puntos, o sea, las casas de seguridad repartidas en cada ciudad donde tienen a los secuestrados. Los puntos también pueden ser las casas donde se vende o maquila la droga. Me eligieron de guía porque conozco la ciudad de memoria y muchos de las estacas son de Saltillo o Monterrey, y no conocen Tamaulipas. Otra de mis actividades obligatorias era preparar la comida, tener listos los radios y celulares, y pues estar a la disposición del jefe de estaca, ser como su novia. Terminé aceptando el trabajo.

    Tortura

    Los ataques de ansiedad me comenzaron dos meses después de mi detención, cuando me sentenciaron. La Policía Federal me detuvo en una casa de seguridad de la organización y de ahí me llevó al estacionamiento de un hotel en donde estaban concentrados todos los elementos de la corporación. Me interrogaron durante seis horas y cuando no les gustaban mis respuestas me golpeaban en la cabeza con el casco, con el puño cerrado y con la cacha de la pistola. Con la culata de la metralleta me pegaban en la espalda, por eso me quedó desviada la columna vertebral y me duele cuando hace frío. Necesito terapia física. Las primeras semanas en la cárcel no sentía la espalda, aparte, por ser nueva me tocó dormir en el piso un mes. Cuando llegaba mi periodo los dolores eran insoportables, tenía que inyectarme Ibuprofeno. En los cateos a las celdas nos han llegado a sacar al patio y sentarnos con las piernas abiertas y extendidas, en fila y con la cabeza agachada, una detrás de otra como si fuéramos fichas de rompecabezas, lo que hace que me duelan las cervicales.

    Existen dos tipos de tortura: la física y la psicológica. La que más perdura es la psicológica. Pueden pasar dos o diez años y sigues teniendo secuelas. Desde mi detención me aterra ver a una persona encapuchada. Siempre había sentido una atracción morbosa por los uniformados. Decía: "¡Ay, los policías, los federales!" Luego suspiraba. Ahora le tengo pánico a los empecherados y vestidos de negro. Tuve varias parejas sentimentales: un policía ministerial, un custodio penitenciario, un federal de caminos y un militar de la Marina Armada de México, que había estado conmigo en la preparatoria; él se encargaba del mantenimiento de los barcos que atracaban en el Golfo de México. Yo creo que andaba con uniformados porque me sentía segura, y en algún momento me llamó la atención trabajar en eso. Nunca lo hice porque mi abuela, quien me crió, decía que era un trabajo para hombres, que era muy peligroso y que iban a cambiar mis preferencias sexuales. Yo le contestaba que nomás era algo que me gustaba.

    De alguna manera siempre conocí las armas, pero no las disparaba. En la preparatoria hice el servicio social en un cuartel militar. Participaba en los programas de alfabetización del INEA y en campañas para cortar el pelo o plantar árboles. Aquí en la cárcel he aprendido a ver la violencia en todo lo que estoy obligada a hacer, en el uniforme que usamos, en las palabras que puedo decir y cuáles no, en cómo caminar. Se nos vigila que no le faltemos el respeto a las oficiales y a las autoridades, ni física ni verbalmente.

    Familia

    Mi familia es humilde, tienen una carnicería. Siempre hemos vivido con lo indispensable. Nadie tiene un título universitario, ni ha estado en la cárcel. Con mi mamá casi no estuve, siempre trabajó en otra ciudad, en el Departamento de Tránsito de Matamoros. A mi papá lo he mirado dos veces en toda mi vida, cuando tenía diez años y cuando cumplí 17; tiene otra familia y sé que sabe que estoy en prisión, pero no le importa. Cuando murió mi abuela yo tenía 21 años, prácticamente me quedé sola. Ella no me dejaba tener novio, no me dejaban salir a fiestas, ni a los bailes de la escuela. Me obligaba a vestirme muy conservadora, como señora. Nada de ropa muy ajustada, ni a la cadera, ni descubierta del ombligo, menos maquillaje; si hubiera sabido que fui sexoservidora, se vuelve a morir.

    Casi no me gusta leer, solamente los libros de la universidad, cuando estudiaba. Eso sí, a diario leía el periódico; si encontraba un reportaje que me gustara lo terminaba, pero por lo regular leía la nota roja y los horóscopos. Las películas me gustan de comedia y de acción. La última vez que fui al cine miré Rápido y furioso III. De la televisión me gustan los documentales de tigres y jirafas. Ahora veo telenovelas, pero porque no hay otra cosa; no me agradan porque siempre es la misma trama. El rock pesado no me gusta, la música grupera sí: Intocable, Duelo, La Firma, Pesado, Poder Norteño. Todo lo que se oye del lado de Monterrey, música texana y de banda.

    Detención

    Tenía cuatro meses trabajando con la organización. Ya me estaban pagando cuatro mil pesos semanales más comida, transporte y saldo para el celular. Aún así estaba enfadada de lo que venía haciendo, me sentía mal y con mucho miedo. Ya me habían puesto una pistola en la cabeza, pero no me dispararon bala, nomás escuché: click. En otra ocasión uno de los jefes me cacheteó por desobedecer una orden. También me tocó ver cómo torturaban y mataban a palazos a uno de los contras. Una noche llegó mi amiga con los oídos reventados. Había estado en una balacera y las explosiones de las granadas le habían tronado los oídos. Los pies los traía hinchados y con llagas porque para escapar del ejército, toda la estaca había tenido que huir al monte y caminar muchas horas. Eran bastante las cosas que me espantaban. Lo peor fue cuando visité con mi estaca un rancho a las afueras de Ciudad Victoria. No me bajé de la Suburban, pero un olor como a pollo asado me llegó a la nariz y pensé que estaban asando. Uno de los sicarios me gritó que me bajara. Fui a donde estaba toda la operativa, y a punto estuve de perder el conocimiento. Tenían dos señores partidos en pedazos y trozo por trozo los estaban aventando a unos tambos con diesel.

    La tarde de mi detención había salido a caminar al malecón de Tampico. Pensé en largarme lejos, donde nadie me encontrara, pero bien sabía que quien iba a pagarla sería mi familia; primero se desquitan con tus parientes y luego contigo. No se puede abandonar la organización Zeta. Siempre recuerdo a uno de los sicarios de una estaca con la que anduve trabajando. Una mañana despertamos y había huido, ya no estaba en la casa. A las semanas supimos qué le había pasado. Estaba enfermo de sida, era gay y uno de los jefes había iniciado una relación con él. Los dos huyeron a La Habana, Cuba, en busca de ayuda médica. Algunos dicen que sí logró curarse, no me consta, pero eso dicen.

    Me terminé arrepintiendo y me regresé a la casa de seguridad. El que piloteaba la estaca me pidió que fuera a comprar comida porque llegarían tres sicarios más, aparte de los cinco que ya estaban ahí con nosotros. Voy al mercado, compro unas chuletas y me regreso a cocinarles. La casa en la que estábamos era grande, como de seis recámaras, y la verdad, trataba de enterarme lo menos posible de lo que ahí pasaba. Acabábamos de terminar de comer cuando se escuchan ruidos de carro afuera. Me asomo discretamente entre las cortinas y veo que es la Policía Federal. Se hizo un desmadre. Todos empezaron a escapar brincándose la barda del patio de atrás. Mi jefe, dos sicarios más y yo, no alcanzamos a escapar. En mi caso no pude treparme por la barda. Pensé qué hacer y se me ocurrió esconderme en el baño y vendarme las manos y los ojos, pero no pude hacerlo bien. ¿Para qué quería vendarme? Había tres hombres secuestrados en la casa. Me habían dicho que si en algún momento llegaban a acorralarnos me hiciera pasar por una secuestrada colocándome unas vendas o poniéndome las esposas. Todo salió mal. Ahora estoy encarcelada.

    Hace tres años que no veo el cielo de noche, porque después de la cinco de la tarde nadie puede estar afuera de su celda. Soy poco afectiva, no se me da mucho eso de abrazar a las personas. Hay compañeras que aquí en prisión se han vuelto muy cariñosas; pero es complicado porque aquí no puedes tener demostraciones de afecto, se malinterpretan y te castigan. A pesar de eso, he visto surgir relaciones de noviazgo entre algunas, que no son lesbianas, pero me imagino que lo hacen por la soledad, siempre se necesita que alguien te levante el ánimo y te diga bonitas palabras.

    En los tres años que tengo aquí nadie me ha visitado, ni creo que lo hagan. Alguna vez ha venido el hijo de alguna compañera de visita y eso me pone sentimental. Hablo con mis tíos dos veces por semana porque ellos adoptaron a mi hijo de seis años, con él hablo cada que se puede ya que cuando tengo oportunidad de usar el teléfono es en la mañana y él está en la escuela. Cuando logro comunicarme con mi hijo le platico que trabajo en el extranjero y que por eso no puedo verlo.

    Cuando salga de aquí tendré cincuenta y dos años. De no haber sido Zeta me hubiera gustado ser una atleta que compitiera en las olimpiadas o una patinadora sobre hielo de esas que salen en la televisión.

    Nunca estuve en las instalaciones de la SEIDO, ni en el Centro de Arraigo. Solamente pisé las instalaciones de la Policía Metropolitana, que es una policía municipal. Tres días después me llevaron al aeropuerto y me subieron a un avión, con los ojos vendados. En el aire pensaba que nos íbamos a estrellar contra el suelo o contra otro avión. De pronto estaba en Baja California. Durante el trayecto nos decían que íbamos para Veracruz, pero por supuesto que al llegar a esta ciudad, sabíamos que era otro lugar. Nunca había salido de mi ciudad, lo más lejos había sido a Monterrey. Un agente se apiadó de mí y me dijo en qué parte de México me encontraba. "Estás a tres días, en carro, de tu ciudad", me dijo. De Tamaulipas hacia acá hicimos escala en Hermosillo. Miré puro desierto y me pregunté sí estaba en el Sahara. Nos dejaron solos unos minutos en la pista. Pensé en escapar, pero miraba puro desierto y me preguntaba: ¿A dónde corro?, ¿y si me disparan por la espalda? Llegué a la cárcel y dos meses después estaba condenada a veinticinco años de prisión y una multa de 117 mil pesos. Al saber que era zeta me hicieron sentir como una prisionera realmente peligrosa, como la peor delincuente.

    Antes de marcharse a su celda, Sandra me obsequió una pulsera que tejió a mano con hilo de color negro y rojo. Tiene bordada la imagen de un puma de la marca del mismo nombre. El oscuro felino salta un obstáculo invisible. Manualidades como ésta forman parte del catálogo que la madre de una de las internas vende en Puebla, como una manera de apoyar económicamente a las reclusas. Tres días después de nuestra entrevista, Sandra, sufrió un ataque de pánico que le paralizó las piernas y los brazos, y la llevó a pensar que está muerta o en el limbo.
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