martes, 26 de enero de 2016

Crónica de un “encobijado”, La historia de una victima de una ejecución extrajudicial

  • martes, 26 de enero de 2016
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    Éste es uno los testimonios que hemos recopilado que forman parte de los NarcoRelatos un proyecto que recopila las historias que se cuentan a diario en México, son las huellas que a dejado la guerra contra el narcotráfico y que damos testimonio aquí. 
    NARCOVIOLENCIA.-Una muerte sin nombre. Una muerte que extingue lo que fuiste junto con lo que eres. Una muerte que te deja frente al mundo como testamento sólo de la propia muerte. Lo único que queda es tu cuerpo destruido en un terreno baldío, colgado de un puente o encerrado en la cajuela de un coche. Tu nombre es cercenado, desprendido y descartado. La única historia que permanece unida a tu cuerpo es la de tu muerte particular: agujeros de balas, quemaduras, cortaduras, contusiones, miembros mutilados.
    Los verdugos de este campo de muerte destruyen a cada persona dos veces. Primero aniquilan tu mundo; si tienes suerte, lo hacen con una ráfaga de balas. Pero después, cuando ya no estés, transformarán tu cuerpo: del de una persona al de un mensaje. Aparecerás como un destello en una pantalla de televisión. Saldrás impreso a todo color en las primeras planas de periódicos amarillistas y te exhibirán en las laterales de puestos de revistas en ciudades de todo el país, tu cuerpo desfigurado colgando al lado de jugadores de futbol y modelos en bikini. Perderás tu nombre. Perderás tu pasado, el registro de tus amores y miedos, triunfos y fracasos, incluso los pequeños detalles. Aquellos que te miren verán sólo a la muerte.

    Pero los nombres viajan demasiado lejos para ser completamente borrados o destruidos. Los nombres siempre dejan un rastro. Aun cuando te matan, descuartizan tu cuerpo o lo enrollan con cinta adhesiva y dejan tus restos al lado del camino, tu nombre espera.

    José Humberto Márquez Compeán. Fue encontrado como tantos otros: torturado, asesinado, envuelto en una cobija (“encobijado” es el nombre de ese arte) y desechado en un terreno baldío en las afueras de San Nicolás de los Garza, cerca de Monterrey, Nuevo León. A primera vista, parecía ser sólo una muerte más que se sumaba a las 22 mil ejecuciones del mundo del narco en México entre diciembre de 2006, cuando el presidente Felipe Calderón del Partido de Acción Nacional (PAN) lanzó su autoproclamada “guerra” contra el narcotráfico, y finales de marzo de 2010, cuando un reportero local fotografió el cuerpo de Márquez Compeán muerto y encobijado en un pedazo de tierra árida. Esos eran los hechos: muerte, un cuerpo golpeado, un campo desierto en San Nicolás de los Garza. Tras esos hechos, se vislumbran las intenciones de aquéllos que mataron a Márquez Compeán y desecharon su cuerpo en ese lugar: acabar con su vida y transformar su cuerpo en una masa de muerte sin nombre.

    Pero hubo una falla imprevista. El reportero asignado para cubrir el caso vio más allá del mensaje de muerte. Por pura coincidencia, Francisco Cantú, un reportero de 37 años de Multimedios en Monterrey, reconoció una camiseta café con una letra B bordada en el pecho. Cantú había visto la camiseta y al hombre que la usaba, José Humberto Márquez Compeán, unas horas antes. De hecho, había fotografiado a Márquez Compeán.

    Cantú acababa de empezar su turno a las 5:30 de la mañana ese lunes cuando su editor le avisó que había una balacera en San Nicolás de los Garza. Cantú se dirigió hacia allá pero recibió una llamada cuando ya estaba en camino. No había balacera, sólo un cuerpo encontrado en un terreno baldío, dijo su editor. De todos modos valía la pena tomarle unas fotos. Cantú siguió manejando y fue el primer periodista en llegar. “Tomé las primeras fotos de lejos”, me dijo Cantú, “y después me acerqué lentamente para ver si las autoridades decían algo.” Cuando vio que los policías no prestaban atención, se acercó hasta el cuerpo para tomarle más fotos. “Tomo la foto y cuando la miro veo la B en la camiseta y me digo: ¡Uta! Es el mismo tipo de ayer.”

    Para confirmar su observación regresó a su coche y abrió su laptop para comparar las imágenes con las del día anterior. “Pude ver que era la misma persona por la camiseta”, dijo Cantú, “tenía la misma camiseta café pero su rostro estaba todo golpeado. Su rostro estaba todo madreado.” El hombre muerto el lunes en la mañana en San Nicolás de los Garza era la misma persona, José Humberto Márquez Compeán, que Cantú había fotografiado el domingo en la tarde con perfecta salud. En las primeras imágenes, Márquez Compeán camina con las manos amarradas a la espalda, mirando el suelo, con una expresión que parece oscilar entre el estoicismo y el pavor. Marinos mexicanos lo rodean y después lo conducen a la parte trasera de una camioneta de la Marina Armada. Márquez Compeán está bajo custodia militar, esposado, ileso, rodeado de soldados fuertemente armados. Es domingo en la tarde. El lunes en la mañana aparecería frente al mundo como un cuerpo sin vida en un terreno baldío.

    La esposa de Márquez Compeán, Hilda Rodríguez, le dijo a Cantú y a sus colegas de Milenio Televisión, una filial de Multimedios: “Lo vi en las noticias, cómo lo metieron a un camión de la policía y luego a un helicóptero, y luego aparece muerto. ¿Por qué lo mataron? ¿Quién lo mató? Quiero justicia. Tengo tres hijos”.

    El domingo 21 de marzo de 2010, un convoy de la policía municipal en Santa Catarina, Nuevo León, detuvo a Márquez Compeán y a José Adrián Lucio Barajas. El convoy se dirigía a la presidencia municipal cuando los policías supuestamente vieron a dos hombres vendiendo drogas. El jefe de seguridad de Santa Catarina, René Castillo, y el jefe de la policía, Luis Eduardo Murrieta, estaban a bordo y en comando del convoy policial. Pararon, detuvieron a ambos hombres pistola en mano, maltratando a Lucio Barajas en el proceso. Unos minutos después un convoy no identificado de presuntos sicarios al servicio del narco atacó a la policía, matando a dos oficiales y a un transeúnte e hiriendo al jefe de la policía. Los policías se replegaron a la delegación, donde esperaron a una escolta de la Marina que transportó a los heridos al hospital.

    Cuando Cantú llegó al lugar de la balacera alrededor de las 2 p.m. del domingo, oyó decir que un agente estaba herido y lo habían llevado a la delegación. Después de fotografiar el sitio, se dirigió hasta ahí. Cuando llegó, la Marina y la policía habían acordonado el área. La policía trató de impedir que tomara fotos pero logró filtrarse al área acordonada y siguió trabajando. La Marina empezó a sacar a los heridos de la estación. “Primero sacaron al herido [Lucio Barajas] y después al agente herido, pero con una capucha sobre la cabeza”, dijo Cantú. “Después sacaron a esta otra persona que llevaba una camiseta café con una letra B anaranjada. Eso me llamó la atención, esos colores, así que le tomé la foto.” Cantú registró las imágenes de los soldados llevándose a los heridos y a los detenidos primero a camionetas de la Marina y después a un helicóptero, también de la Marina. En la nota que envió esa tarde, Cantú mencionó al hombre con la camiseta café. Después de eso, nadie parece saber qué le sucedió a Márquez Compeán, cómo fue que pasó, en unas catorce horas, de estar esposado bajo custodia de la Marina a estar muerto y encobijado en San Nicolás de los Garza.

    El lunes en la mañana, después de darse cuenta de que había fotografiado a Márquez Compeán bajo custodia de la Marina pocas horas antes de fotografiarlo muerto, Cantú llamó a sus editores y les mandó un par de imágenes. En pocas horas, los medios nacionales mexicanos retomaron la historia. Oficiales de la Marina dijeron en una conferencia de prensa que sólo habían apoyado a las autoridades municipales llevando al jefe de la policía, a Lucio Barajas y a Márquez Compeán a un hospital cercano. Según el comunicado de prensa, después de eso entregaron a todos a las autoridades municipales y no saben qué sucedió. Testigos en el hospital dijeron al corresponsal de Nuevo León de La Jornada que vieron al jefe de la policía, Murrieta, bajar del helicóptero y entrar al hospital para ser tratado, pero que nunca vieron bajar a Márquez Compeán. Los agentes municipales de Santa Catarina dijeron que no fueron ellos quienes mantuvieron a Márquez Compeán en custodia, sino las autoridades federales. “Yo no sé. Yo no sé. Yo no sé. Ésa es mi posición”, declaró a Associated Press René Castillo, el jefe de seguridad que, junto con Murrieta, detuvo originalmente a Márquez Compeán y a Lucio Barajas. Murrieta y Castillo desaparecieron por algunas semanas y después regresaron sin ruido a sus puestos. Nadie ha sido acusado del asesinato de José Humberto Márquez Compeán. El terreno baldío donde Cantú fotografió su cadáver está a tres minutos en coche de la base naval regional.

    Las preguntas de Hilda Rodríguez —¿Por qué lo mataron? ¿Quién lo mató?— son justamente las que la práctica de la muerte anónima, el asesinato y desecho ritual del cuerpo mutilado, tratan de volver imposibles de responder. Si un cuerpo no es más que un cuerpo, ¿quién saldrá a la luz para preguntar por qué lo mataron y quién lo mató? Si un cuerpo no tiene nombre ni historia, ¿quién exigirá justicia? Cuando el cuerpo destrozado de una persona se transforma en mensaje, su significado está claro: esto te puede pasar a ti. Los muertos deben de haber hecho algo para acabar así —cruzar una línea, decir algo—, así que es mejor no hacer nada, mirar a otro lado.
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