Una historia de amor: Zulema y ‘El Chapo’ Guzmán

Reportaje realizado por el periodista Humberto Padgett publicado en SinEmbargo, el 23 de julio de 2013, el caso de Zulema, con quien el capo tuvo una relación trágica que quedó documentada porque hubo un intenso intercambio por mensajes de celular.

Padgett obtuvo el Premio Nacional de Periodismo con la siguiente pieza. Se respeta íntegro el texto como fue publicado.

PRIMERA PARTE

Ciudad de México.– ¡Zu-le-ma! ¡Zu-le-ma! ¡Zu-le-ma!, el coro lo inunda todo al igual que un templo se llena de una plegaria.

Zulema viste pants ajustados y blusa beige, color obligatorio para quienes cursan un proceso penal en las cárceles del DF. Camina segura de lo que ocurriría metros adelante.

Deja atrás el módulo para mujeres del Reclusorio Norte y contiene la cadencia de las caderas. Esplendorosa a sus 19 años, se interna en la porción de la cárcel ocupada por los varones, tránsito indispensable antes de atravesar los túneles oscuros sin pintar que conecta el reclusorio con el área de juzgados.
¡Zu-le-ma! ¡Zu-le-ma! ¡Zu-le-ma! ¡Zu-le-ma!

Desde la víspera, el rumor de la audiencia judicial de Zulema Yulia Hernández Ramírez se impregnó como una dosis de cocaína vía intravenosa empujada en la vena de un golpe.

¡Zu-le-ma! ¡Zu-le-ma! ¡Zu-le-ma! ¡Zu-le-ma! ¡Zu-le-ma!, el Norte fue un sólo rugido. Las pupilas dilatadas. “¡Zu-le-ma! ¡Zu-le-ma! ¡Zu-le-ma! ¡Zu-le-ma! ¡Zu-le-ma!”. Las mandíbulas trabadas como las de un pit bull rabioso.

¡Zu-le-ma!

Zulema se detiene sobre el epicentro del alarido. Mira hacia abajo con suavidad, con el cálculo de la cámara lenta, y libera las caderas que sin duda poseen vida propia.

El giro de la pelvis inicia suave.

El balanceo acelera y el cuerpo entero lo hace enseguida para contener la órbita de las ancas.

¡Zu-le-ma!

El sudor helado.

Zulema lleva la mano derecha con el dorso marcado con la letra Z de su nombre al costado izquierdo y la mano izquierda al lado derecho.

Contrae los dedos en el borde de la playera.

Las venas del cuello al límite.

¡Zu-le-ma!

Tira de la blusa hacia arriba.

Silencio: quedan al descubierto dos lágrimas de leche rociadas con café y canela.

El infierno sale disparado al cielo.

Los presos y custodios de mediados de 1997 que atestiguan la rutina, ven a la mujer seguir hacia el túnel de cemento desnudo.

***
El 19 de abril de 1997, un hombre joven llamado Juan Gabriel Stubbe Torres, atiborró su Tsuru azul marino con camisas que vendería al dueño de un puesto de ropa en la Plaza Los arcos, en la calle de Circunvalación, muy cerca de Tepito. Pasadas las cinco de la tarde entregó las prendas, recibió el dinero y continuó hacia su auto, estacionado en doble fila. Abordó el vehículo, subió el vidrio del lado del conductor que había dejado algunos centímetros abajo y acercó la llave a la cerradura de la marcha.

Percibió alguien a su izquierda, giró la cabeza y, a través de sus lentes, observó a Zulema con un revólver cromado por delante apuntando a su cabeza.

–¡Pásate para allá, cabrón! –gritó Zulema. –¡Para allá! –guió a Juan Gabriel con la barbilla hacia el asiento del acompañante.

– ¡No la hagas de pedo! –escuchó Juan Gabriel gritar luego a un hombre, El Fonseca, cómplice en el asalto.

Juan Gabriel se recorrió a donde le ordenaban y el sujeto corrió para colocarse junto a la puerta derecha. La mujer entró al auto.

– ¿Dónde están las llaves, cabrón? –exigió Zulema.

–En el suelo… Se cayeron… –tartamudeó Juan Gabriel.

Ella recuperó el llavero y encendió el motor, maniobra que aprovechó Juan Gabriel para intentar escapar.

–Ya estuvo, llévate el carro –imploró al tipo que se sumó al robo y quien respondió con un cachazo que, tras romper el vidrio del lente izquierdo de Juan Gabriel, aterrizó sobre el ojo. – ¡Llévatelo, déjame ir! –gimió.

–Ya sabemos que tu papá tiene mucha lana y se la vamos a sacar –el asunto avanzó hacia la posibilidad de un secuestro.

– ¡Sin pedos, cabrón! –advirtió un asaltante más, El Negro, antes de golpearlo con el puño en la boca. Juan Gabriel sintió astillas de sus dientes sobre la lengua. Ambos asaltantes continuaron la golpiza sobre las costillas hasta meterlo apretado en el piso trasero del Tsuru.

Zulema arrancó el auto. Un ladrón hundió la mano en el bolsillo trasero derecho del pantalón de Juan Gabriel, extrajo su cartera y la arrojó hacia la mujer. El tercer sujeto abatió los asientos traseros y empujó a Juan Gabriel desde adentro del vehículo hacia la cajuela.

El auto frenó con brusquedad y, antes de quedar completamente detenido, los dos secuaces brincaron del vehículo y huyeron.

Juan Gabriel levantó la cabeza y observó una patrulla con las sirenas encendidas y dos policías uniformados corriendo a pie a pocos metros en dirección suya.

Zulema metió reversa y hundió el pie en el acelerador. El auto avanzó 150 metros hacia atrás. Juan Gabriel salió por completo del maletero y alcanzó el freno de mano. Tiró con todas sus fuerzas hacia arriba. El auto giró bruscamente y Zulema perdió el control. Juan Gabriel brincó sobre ella y la sujetó por el cuello. Ella clavó las uñas de una mano en el antebrazo de él y logró asestarle un codazo con el otro brazo. El forcejeo siguió en el intento de él por mantener el freno de mano atascado y de ella por liberarlo. Juan Gabriel seguía la pelea con un ojo ofuscado por la sangre y la vista de ambos reducida por la pérdida de los lentes.

Quiso buscar a los policías, pero, en vez de ellos, observó nuevamente a los dos hombres que segundos atrás lo golpearon junto a su auto. Juan Gabriel atenazó nuevamente el cuello de Zulema.. El Fonseca y El Negro continuaron la carrera.

–¡Apaguen el coche! –gritó Juan Gabriel cuando al fin, con los pulmones de fuera, llegaron los policías.

–Pareja, revísale –pidió un oficial al otro. El policía sacó a Zulema del auto. El revólver cromado relució de inmediato.

–¡Ya te teníamos fiscalizado, cabrón! –aulló Zulema. –A mí me tendrán, pero mis cuates están afuera; estás muerto, culero –amenazó. Repitió la advertencia una y otra vez.

Pero lo cierto es que Zulema, como casi durante toda su vida, estaba sola, abandonada por los hombres. En cosa de días, Juan Gabriel se paró frente a la cámara de Gessel. Encendieron la luz en el interior del cuarto de espejos traslúcidos.

“La reconozco, sin temor a equivocarme, como la mujer que me asaltó e intentó secuestrarme”, dijo Juan Gabriel sin detenerse una sola ocasión a pensarlo dos veces.

Zulema diría que nunca se pensó en un secuestro, que la idea era resolverlo todo en un asalto. Que El Fonseca y El Negro fueron los de la idea. Que estaba metida en el problema por ganarse 500 pesos. Que antes de interrogarla la desnudaron y los policías judiciales hacían fila para verla y fotografiarla. Que le cubrieron los ojos con una toalla sanitaria y le envolvieron la cabeza con cinta canela para golpearla y manosearla. Que exigió la presencia de personal de Derechos Humanos, pero la única respuesta, en medio de la oscuridad, fue una cachetada. Y otra. Y otra más.

El juez sólo atendió al contenido de la averiguación previa. Resolvió:

“Zulema Yulia Hernández Ramírez es penalmente culpable del delito de robo calificado [...] Se estima justo y procedente imponerle la pena de 10 años de prisión”.

A la vez, sin imaginarlo siquiera, El Chapo Guzmán, el mayor vendedor de drogas del mundo, estaba a meses de adquirir una dolorosa adicción por Zulema.

***

En privado, Zulema daría otra versión. Diría que Juan Gabriel es sobrino de un jefe corrupto de la Policía Judicial que hacía negocios de droga y que ella lo sabía bien porque ella misma era parte de la empresa. Que era “madrina”, rémora de la policía que por no tener acreditación oficial podía moverse más cómodamente en la ilegalidad a favor de quienes sí portaban charola. Y aseguraría que el robo sí ocurrió, pero como parte de una trampa del comandante con el que trabajaba para taparle la boca.

A fines de abril de 1997, la noticia de la llegada de Zulema al Reclusorio Oriente se esparció con velocidad. Aún no existía el centro de reclusión para mujeres de Santa Martha, así que las procesadas y sentenciadas vivían en módulos femeniles de las cárceles que ahora sólo aprisionan varones.

El nombre de Zulema no significaba nada, pero la descripción de su cuerpo, siempre abundante de grafismos, lo decía todo. Medía 1.69 metros y pasaba los 60 kilos de peso. Llevaba una abundante melena castaña oscura. Su piel era morena clara, casi blanca en realidad. El mentón oval, los ojos grandes y café oscuro y una sonrisa permanente sobre su boca generosa. En algunos documentos aparece como nacida el 3 de diciembre y en otros el 10 de diciembre –éste resultaría el definitivo–, ambas fechas de 1977.

Los médicos detallaron más: dos cicatrices en la frente, otras dos en la muñeca derecha, varias más en la izquierda de distintos tamaños y direcciones, en el hombro izquierdo, codo y brazo derecho. Una mordida antigua en el antebrazo derecho y otra marca en forma de cruz en el cuello, y en el muslo derecho el tatuaje de un unicornio. Un dibujo permanente más estaba grabado en su espalda, un murciélago, y el último en su mano derecha, la letra Z.

Zulema mostraba además una marca redonda y abultada en el centro pecho. “Me pusieron un plomazo”, susurraba lo improbable mientras mantenía abajo el escote de su blusa. Cuando la mirada de quien observara regresaba al rostro de la mujer, ella sonreía para dejar en claro que estaba al tanto de la fascinación o turbación causada.

La joven también capturó la atención de psicólogos y criminólogos. “Crea impresión de capacidad intelectual superior a la media”, “es narcisista y manipuladora”. Y tenían razón. Zulema se hizo del control del mercado de drogas en el interior del Reclusorio Oriente, enamoraba y descorazonaba guardias de seguridad a voluntad. Gobernaba el sector de las mujeres y poco hacía por acordar con las autoridades formales.

La dirección del Reclusorio Oriente no quiso lidiar más con ella y solicitó su cambio. Movieron a Zulema al Reclusorio Norte, a pocas cuadras de la casa en que vivió y sufrió su infancia, según ella misma dijo a los psicólogos que la trataron. Vivió casi toda su vida en libertad en el norte de la capital, en la Unidad Habitacional El Arbolito, en la delegación Gustavo A. Madero, justo en la punta del DF que está rodeada por Tlalnepantla, Estado de México. Estaba de regreso en el vecindario, al que hacía hervir a cada audiencia que desahogaba en el juzgado.

Parte de la biografía de Zulema quedó redactada en el conjunto de pruebas y análisis que le aplicaron en las cárceles por las que pasó.

Si Zulema conoció a su padre o no de él sólo queda clara la ausencia. Cuando preguntaron a la procesada los nombres de sus padres respondió a regañadientes el de ella: Salomé Hernández Ramírez y se limitó a decir que ignoraba el de él. Para el trámite legal, el hombre quedó designado con la letra “N”, así, entrecomillada, código de un nombre desconocido. Y ella con mismos apellidos de su madre: código para explicitar la bastardía.

Con retraso de edad, concluyó la secundaria e inició el bachillerato que dejó trunco en el primer año por quedar encarcelada. Dijo tener por ocupaciones un trabajo como secretaria y sus estudios. No hay más en materia académica ni laboral formal o legal.

Redactó una funcionaria penitenciaria respecto de Salomé, la madre de Zulema:

“Alcoholismo habitual y consumo de marihuana y prostitución [...]”

Y sobre Zulema:

“Proveniente de un núcleo familiar primario incompleto, desintegrado y desorganizado, en donde percibe a la figura materna como inestable, punitiva, hostil, ambivalente, rechazante [sic] y agresiva tanto física como verbalmente con la cual nunca establece una comunicación funcional. La figura paterna ausente”.

En esa versión de su vida, Zulema es mostrada como la mayor de dos hermanos, cada uno de padre diferente. A la niña tocaba proteger al muchachito de las explosivas rabietas de la vieja a quien se le pudría más rápido el alma que el hígado. Parecía que la madre odiaba a su hija por ser mujer, como ella. Zulema huyó a los ocho años de edad. Se refugió en casa de una tía y, a los 16, se enamoró de un hombre varios años mayor que ella...
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Una historia de amor: Zulema y ‘El Chapo’ Guzmán Una historia de amor: Zulema y ‘El Chapo’ Guzmán Reviewed by Redacción on enero 14, 2016 Rating: 5

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