jueves, 4 de febrero de 2016

Las generalas del Cártel del Golfo: La Historia de Angélica "La Abuelita"

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    ANGÉLICA, “LA ABUELITA”

    –¡Te va a cargar la chingada, pinche vieja chapulina! –la insultó Osiel Cárdenas Guillén [ex líder del Cártel del Golfo].

    A los pocos minutos, esa noche de 2000 –a mediados o fines, tal vez, de agosto de 2001, pues no hay coincidencias sobre esta fecha en el expediente– la casa de Angélica Lagunes Jaramillo estaba invadida por zetas.

    –¡No pagas cuota, cabrona! –siguió Osiel, enrojecido por la furia, en referencia al contrabando de alcohol, perfumes, coca y marihuana que hacía la mujer como empresaria independiente.
    El narcotraficante la tomó por el cabello y la arrastró por su propia casa, ocupada por 18 hombres, entre ellos el jefe de escoltas de Osiel, Arturo Guzmán Decena, el militar de las fuerzas especiales fundador de Los Zetas.

    Los ex militares se distribuyeron en busca de cocaína y marihuana, pero sólo encontraron joyas y dinero. La mujer se quejaría de que le estaban robando, pero los hombres respondieron que no la despojaron de nada, sino que convinieron con ella el pago de 20 mil pesos a cada sicario presente en su casa por concepto de “multas”, lo cual ella cumplió.

    Entre ellos también estaba Omar Lorméndez, “El Pitalúa”. Así fue, en ese momento, que se conocieron éste y Angélica.

    ***
    Angélica Lagunes Jaramillo nació en 1959 en un caserío arenoso, caliente y húmedo de Tlachapa, Guerrero. Tercera de siete hermanos e hija de un camionero, la menor parte de las veces; campesino, casi todo el tiempo, que vivía de cosechar mangos vendidos por su esposa.

    Creció en una casa con paredes de adobe y techo de tejas, en cuyo interior se acomodaban cuatro catres, una mesa y un fogón. La ranchería, en ese tiempo, carecía de agua y energía eléctrica. La familia se las arregló con la plata y logró dar a la niña educación primaria y secundaria, preparación continuada en una preparatoria del Distrito Federal gracias al hospedaje y apoyo de un tío paterno asentado en la capital del país.

    Angélica desertó de la escuela y consiguió algún trabajo de tipo secretarial en el periódico La Prensa. A los 20 años, se casó con el propietario de un hotel de Naucalpan, Estado de México, de quien pronto quedó embarazada.

    Por diversas circunstancias, la muerte la convirtió en la mayor de sus hermanos: el más grande murió en un accidente automovilístico y el segundo en un asalto ocurrido cuando portaba la nómina del sitio en que trabajaba.

    Éstos no serían los últimos sepelios en los siguientes años de Angélica. A los tres años de casada, embarazada de su hija Ana Bertha, una bala perdida topó con su marido.

    Ante el inminente regreso a la pobreza, Angélica vendió el hotelito de Naucalpan y decidió hacer vida en Estados Unidos. Antes regresó a Guerrero y dejó encargados a sus hijos con su madre. Tomó camino al norte, pero no logró cruzar la frontera y se asentó en Matamoros.

    Mujer de lucha y con algunos recursos, estableció un negocio de alimentos y vendió oro y perfumes. Tras nueve años, compró su casa y logró llevar a su hija menor. El varón no quiso cambiar el trópico guerrerense por el desierto tamaulipeco.

    Su hija concluyó la carrera técnica en trabajo social y ella, Angélica, a los 43 años de edad, todavía se enamoraría nuevamente de un hombre 15 años menor que ella.

    ***
    Pero, ¿cómo era Angélica Lagunes Jaramillo?

    La batería de pruebas psicométricas aplicadas en prisión ofrecen una descripción de la mujer que amó a Los Zetas. Las siguientes palabras son tomadas de su diagnóstico psicológico al momento de ingresar a la cárcel:

    “Presenta una emotividad generalizada y excesiva y comportamiento de búsqueda de atención en diversos contextos. Se siente incómoda cuando no es el centro de atención a lo que responde haciendo actos dramáticos (como llorar sin control)”.

    “Sus aspectos y su comportamiento es inapropiadamente provocadora y seductora (sic), su expresión emocional es superficial y rápidamente cambiante, lo que la lleva a hablar [de manera] subjetiva y carente de matices. Presenta dificultades para alcanzar intimidad emocional en sus relaciones por lo que juega el papel de víctima en las diferentes parcelas de su vida”, dice el perfil.
    “Refiere provenir de una familia donde la madre es idealizada y el padre lejano y ausente; su educación fue tradicionalista por lo que ella sobrevalora el valor real del dinero que es lo que utiliza como herramienta para esa búsqueda de atención y para demostrarle a su madre que ella también puede sobresalir siendo mujer”, agrega.

    ***
    El negocio de Osiel Cárdenas Guillén era puntual: en Matamoros, nadie más que él podía hacer negocios ilegales. Así que parte del trabajo era cobrar derecho de piso a las prostitutas paradas en la calle Diez, identificar sitios de venta de alcohol contrabandeado y allanar con violencia casas de venta de drogas sin su permiso ni abasto.

    “¡Tamaulipas es mi plaza!”, proclamaba a cada oportunidad el hombre de 33 años de edad surgido de un taller mecánico.

    A mediados de 2000, la información recibida sobre una mujer restaurantera que, además, vendía licores, marihuana y cocaína sin su autorización era inequívoca.

    La dirección, en la calle Álvaro Obregón, conducía a la casa de Angélica. Y Osiel personalmente decidió hacer la visita con su estado mayor.

    Y así, el líder narcotraficante y su grupo más cercano allanaron la casa de la guerrerense. Esperaron la oscuridad y, a las ocho de la noche, tocaron la puerta. Angélica abrió y, pronto, la casa se llenó de hombres armados.

    A empujones, la mujer subió a una camioneta que arrancó hacia una casa de seguridad, donde Osiel y Eduardo Costilla El Coss– conversaron durante dos horas con Angélica.

    –Vas a rentar casas para mí –ordenó el jefe–. Te tengo investigada y te puedo matar a ti y a tu familia –advirtió, según el relato de la propia Angélica.

    “Le dije que sí le ayudaría y esto lo hice, por miedo, aproximadamente 10 veces –hay quienes dijeron frente al juez que fueron 40–. Ellos me decían qué casa rentar y a qué empresas de bienes raíces debía ir y lo hacía”, declaró alguna vez.

    ***
    Cuando salieron de la casa de seguridad, Angélica dio datos precisos de un vehículo, su ubicación y el hombre que lo conducía. Lo buscaron y, a los pocos minutos, regresaron con un tipo. Revisaron el auto y encontraron 30 kilos de droga propiedad de la mujer. Aceptó que se la incautaran y la relación prosperó.

    A los pocos meses, aparentemente sólo tres, Los Zetas tenían un nuevo restaurante favorito, el de Angélica, y ella más trabajo: pasaba la garita con droga del cártel y regresaba con dinero. Su hija Ana Bertha, de acuerdo con los testimonios, también.

    La nueva amistad se profundizó al grado de que Angélica participó en el movimiento de “la polla” de Los Zetas. “La polla” era una cooperación hecha entre ellos, autorizada por Osiel, para adquirir droga colombiana que entraba al país vía aérea por Guatemala y era depositada en Oaxaca.

    En cada vuelo de ese tipo se adquirían hasta 450 kilos y cada participante decidía qué hacer con su droga: tenía la opción de venderla en el territorio mexicano o hacerlo en Estados Unidos, con mayores ganancias, pero asumiendo mayores riesgos.

    Esa droga, la de los primeros embarques que convirtieron a Los Zetas de simples mercenarios en empresarios trasnacionales, era depositada en la confianza de Angélica.

    La relación fructificó aún más. Guzmán Decena se hizo de una nueva y joven novia, Ana Bertha, la hija de Angélica.

    Sobre el asunto declaró otro ex zeta: “Ana Bertha tuvo un hijo con Z-1. Él tenía bastantes atenciones con ella y con Angélica. Las dos conseguían uniformes consistentes en camisola, pantalón, botas, playeras, guantes, pasamontañas, gorras, fornituras, todas de color negro para uniformarnos cuando había que hacer un operativo.

    “Después de que murió Arturo Guzmán Decena –abatido por el Ejército en el restaurante de Angélica, donde bebía alcohol e inhalaba droga–, Osiel Cárdenas Guillén acordó que el pago de las quincenas de Arturo se lo repartieran a sus tres viejas, entre ellas Ana Bertha”.
    No sólo esto. En 2002, “El Pitalúa” buscó a su jefe. Ceremonioso, pidió permiso para ausentarse dos semanas del trabajo.

    –¿Para qué quiere 15 días? –preguntó Guzmán Decena, siempre marcial en esas situaciones.

    –Me voy a casar.

    –¿Con quién se va casar?

    –Con la señora Angélica Lagunes –respondió en referencia a la suegra del hombre con el que hablaba.

    ***
    Osiel Cárdenas fue detenido en marzo de 2003 y, sin protección, madre e hija se debilitaban. En mayo de ese año, Angélica volvió al Distrito Federal, según ella, para visitar a su madre enferma y hospitalizada.

    Fue detenida y la Procuraduría General de la República le ofreció convertirla en testigo protegido con la clave de “Roberta”. No aceptó.

    Entonces la internaron en la cárcel para mujeres de Santa Martha y recibió una condena de 20 años de prisión y una multa de 256 mil pesos.

    Ahí sigue. En el penal federal de Puente Grande se encuentra recluido “El Pitalúa”. Hay quien dice que nunca han dejado de cartearse.

    Hubo un último funeral en la vida de Angélica, pero a ese no pudo asistir. Sólo le quedó el dolor y suponer la escena de flores y lamentos.

    En 2007, en Matamoros, su ciudad adoptiva, alguien asesinó a su hija Ana
    Bertha.
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