martes, 21 de junio de 2016

Historia: Así es ser policía en Acapulco, una de las cinco ciudades más peligrosas del mundo

  • martes, 21 de junio de 2016
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    Por: Emmanuel Gallardo Cabiedes /Revolución Tres Punto Cero

    A los 15 años Jared recibió una propuesta para hacer un trío homosexual. La oferta la hizo un hombre que pasaba los 60 años a él y a su amigo Rey Hernández. El sexagenario era calvo, obeso, de tez blanca y barba rala. Los miró atento y sonriente por varios minutos mientras se bebía a sorbos un café junto a otro hombre igual de viejo. No era un gringo o canadiense pedófilo como los ancianos de bronceado naranja que acechan la zona en busca de niños, sino un acapulqueño del barrio del Teconche ubicado atrás del Zócalo; infame por la sórdida explotación sexual infantil que se arrastra impune dentro de su rectángulo copado de árboles y salpicado de puestos de artesanías que venden tarros de cerámica en forma de tetas descomunales y penes chorreando esperma.

    En 1996 Jared cursaba el primer año de preparatoria y era común entre los estudiantes irse a "las maquinitas" del Zócalo cuando las clases se suspendían. Los jóvenes se amontonaban en "El Espacial", un local de videojuegos repleto de adolescentes que no llegaban a la mayoría de edad. Era el Acapulco esplendoroso, el Acapulco del CICI; de las hordas de springbreakers y de los autobuses urbanos, los preferidos por Jared y Rey Hernández, con Molotov, La Ley y Jaguares a todo volumen volando sobre la Costera Miguel Alemán. Esa mañana los dos amigos se quedaron afuera del Espacial para ver muchachas y ver si tendrían suerte con algún ligue.
    Pero ambos notaron la forma insistente con que el viejillo gordo y sudado los miraba. Estaban sentados frente a uno de los árboles más frondosos del Zócalo, cuando el hombre se acercó a ellos. "¡Buenos días, chavos! ¿Ustedes vienen mucho al Espacial?" Su tono era amable y educado. Dijo llamarse René y tener un juego de video en su casa que puso enseguida a su disposición. Pero la plática fue tomando otro cariz: "Ustedes se ven muy guapos. Me gustaría invitarlos a tomar una copa, o un refresco en mi casa. Ahí pueden jugar un rato. Tengo un Nintendo. Les voy a hablar honestamente, me gustaría hacer un trío con ustedes. Me gustan mucho".


    Jared sintió que su sangre se detenía. Las palabras de su papá tronaron como alarmas en su mente: "No quiero que te vayas de pinta porque te puede pasar algo, y uno ni en cuenta". Ambos adolescentes se levantaron asustados y se fueron a refugiar al Espacial. Todavía el viejo les pidió que "no lo tomaran a mal", pero los chicos lo dejaron con las palabras en la boca. Ya dentro del Espacial platicaron a los demás amigos sobre lo sucedido y terminaron por ser víctimas de las bromas de ellos: "¡Ya andan de mayates, cabrones!" Desde ese momento Jared y Rey Hernández no regresaron al Zócalo, pero otros de sus amigos sí, y terminaron metiéndose con canadienses que llegaban en grupos de tres a cuatro hombres.

    Dos décadas después de ser acosado sexualmente, Jared recorre la Costera Miguel Alemán a bordo de su patrulla y metido en impecable uniforme de policía de tránsito. Es licenciado en derecho por la Universidad Autónoma de Guerrero y usa el pelo casi a rape de los costados; es moreno, fornido, de palabras claras y ojos amables. Con resignación reconoce que hay nuevas generaciones de niños -un promedio de 2 mil según la Coalición Regional contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina- los que son explotados sexualmente o se prostituyen a voluntad en Acapulco, donde sus autoridades siempre han visto el problema de forma permisiva.

    Cuenta el oficial que a donde llevan a lavar sus patrullas, un lugar llamado Río del Camarón, hay muchos hombres de 35 a 40 años que fueron víctimas de canadienses pedófilos; "Ellos sí caían", dice. "¿Por qué? Porque les ofrecían comida, un poco de dinero y pues ellos felices. No tenían otro ingreso y era su forma de hacer un poco de efectivo. El comercio sexual infantil en Acapulco ha cambiado poco y los niños del malecón son los más vulnerables", explica enfático.


    Ahora, con 35 años, Jared es responsable por nueve horas diarias de uno de los ocho sectores en los cuales está dividido Acapulco. Hace 15 años comenzó su carrera policial después de que rozara con la punta de los dedos su debut como futbolista profesional con el Atlas, equipo que lo llevó a su cantera en Guadalajara tras verlo jugar en los campos del crucero de Acayaco, allá por la carretera que va a Puerto Marqués. Jared recuerda con emoción y tristeza: "Me quedé un año allá en Guadalajara, pero no debuté por la lana. Lo que (me) da más coraje es que llegaron otros con padrinos; juniors con dinero y esos sí se quedaron. Eran los tiempos de Erubey Cabuto, mi ídolo como portero".

    Gracias a su aventura futbolera conoció a una persona que le ayudó a entrar a la policía de tránsito. Jared estaba a un año de concluir la licenciatura en derecho cuando su novia le dio la noticia de que pronto sería padre. Tuvo que abandonar el despacho donde hacía prácticas profesionales, y se incorporó a la academia de policía. Por tres meses y medio el joven pasante de abogado recibió adiestramiento que combinó con la universidad: "yo entraba a sociales a las cinco de la tarde y pedía permiso las dos primeras horas, así que saliendo me iba para la escuela a terminar mis últimas tres clases. Cuando terminé la academia, en la universidad me dieron chance de reponer las materias que perdí. Me evaluaron con exámenes y los pasé. Terminé junto con mi esposa la licenciatura. Ella también es abogada. Juntos acabamos la carrera y nos hicimos padres". Juntos, Jared y toda su familia han vivido el declive de Acapulco.

    Acapulco de Juárez se ubica entre las cinco ciudades más peligrosas del mundo. De 2013 a 2014 el puerto se colocó en tercer lugar apenas debajo de San Pedro Sula, Honduras y Caracas, Venezuela. Tiene una escalofriante tasa de 54.5 homicidios por cada 100 mil habitantes, lo que se traduce en al menos tres asesinatos diarios de 2011 a 2015; periodo plagado de balaceras y ajustes de cuentas a plena luz del día.

    Jared recuerda el punto de quiebre en este municipio costero de 810,699 habitantes. El 27 de enero del 2006 cuatro sicarios del Cártel de Sinaloa fueron abatidos tras un enfrentamiento con policías municipales en la colonia La Garita. "Yo acababa de pasar por (la avenida) Farallón. Tenía 10 minutos de que había ido a entregar mi unidad. Llegando a la delegación, por radio empezaron a decir que no saliéramos de ahí porque había una balacera muy fuerte". El infierno estaba por venir para los acapulqueños.

    Tres meses después del enfrentamiento, el 20 de abril, las cabezas de dos policías que habían participado en la balacera fueron clavadas en la reja de la Secretaría de Administración y Finanzas, cuya oficina se encuentra precisamente en la colonia Garita. Una de esas cabezas pertenecía al comandante del Grupo Relámpago de la Secretaría de Protección y Vialidad, Mario Núñez Magaña.

    El 30 de junio de ese mismo año, otras dos cabezas fueron depositadas en la barda de la misma oficina de gobierno. Desde entonces las masacres no ha parado.

    Pese al peligro que representa portar un uniforme de policía -el que sea- en Acapulco, ni Jared ni sus 400 compañeros agentes de tránsito portan armas de fuego. Desde abril 2014 la administración del ex gobernador Ángel Aguirre Rivero ordenó al ejército retirar el armamento. Para al veterano policía esto le significa extremar precauciones: "Por alguna razón el gobierno cree que es mejor que no estemos armados. Así que pues, nada más cuidarnos. Si vemos gente armada pues nada más estar al pendiente porque, ¿qué podemos hacer? Les voy a aventar el radio nada más".

    La muerte en Acapulco es cosa común y Jared asegura que no hay familia en el puerto exenta de duelo. Que no hay amigos o conocidos que no hayan experimentado la muerte, la violencia, la falta de un ser querido. En el Acapulco bestial no hay edad y los niños son los más vulnerables. Cuenta Jared:

    "Un compañero de la escuela de mi hijo con quien se llevaba, un niñito todo sonriente de ocho año en ese entonces, lo mandó su mamá a las tortillas y ya no regresó. Al otro día le dejaron a la madre todo el cuerpo del niño despedazado afuera de la puerta de su departamento. Son muchas cosas que suceden y no salen a la luz pública. Yo creo que la gente que tiene problemas, ya toma como pretexto el narco. Por ejemplo, yo estoy molesto contigo, te mato y yo sé que las autoridades no hacen nada. ¿A quién le van a echar la culpa? Al narco".

    Jared también ha sentido ese profundo dolor en el cuerpo el día en que fue portador de malas noticias después de reconocer los rostros destrozados a palazos de un primo y un amigo suyos, ambos socios en un negocio de fletes y mudanzas. Los jóvenes habían desaparecido una noche antes y no los encontraban. Tras horas de búsqueda en hospitales, Jared terminó en el SEMEFO. El doctor encargado le dijo que le habían llegado dos cuerpos y le enseñó las fotografías de personas desfiguradas y reventadas a golpes. Jared no los reconoció enseguida, hasta que en una de las fotos pudo ver algo del rostro de su amigo Abel, compañero de la preparatoria. Pidió pasar a la morgue y no tuvo más dudas:

    "Los mataron con puros golpes en la cabeza, con unos palos. Los encontraron adelante del poblado del 30. Está como a 20 minutos de aquí. Los encontraron amarrados de pies y manos. Imagínate llevar la noticia a la familia. Cuando llegué a mi casa, yo hablé con mi tía y pues yo también llegué llorando. Ese fue pues... es, familia. Mi tía se quería matar, se quería aventar de las escaleras, desesperada por su hijo. Fue una experiencia muy cruel, solamente por robarles la camioneta".


    Su tristeza se contagia cuando recuerda el momento en que prepararon los cuerpos en la agencia funeraria: "Le toqué la cabeza a mi primo aquí (arriba de la sien derecha), y se me sumió mi dedo hasta acá (ángulo de la mandíbula). Les dejaron el cráneo como huevo de tortuga. A mi primo lo dejaron hinchado, gordo; él era delgado y barbón, así como usted. Tenía 23 años".

    Jared y su mujer, por respeto a su familia, cancelaron los planes de boda religiosa que celebrarían en un par de meses. Han pasado siete años y el matrimonio no ha vuelto a tocar el tema. Y es que vivir en Acapulco significa tener recordatorios constantes de la fragilidad de una paz cada vez más ausente, socavada por una guerra que asesina a plena luz del día a metros de gendarmes y soldados que según tienen "blindado" el puerto.

    Hay miedo. Jared no lo oculta. Han matado a muchos de sus compañeros y dice que no puede meter las manos al fuego por nadie: "Yo no ando en nada. Yo de mi trabajo a mi casa y como le digo a mi hijo, aunque comamos frijoles, pero son frijoles honestos. Nunca voy andar en ninguna actitud, que tú vayas a pensar que hago algo malo. Siempre se lo repito, siempre se lo digo. Si me llega a pasar algo será por mala suerte, pero jamás porque ande en algo malo".

    Las propuestas del narco a los policías viales son muchas. Jared las ha recibido. Dice que le han llegado a decir "mira, yo trabajo para fulano. No te gustaría venirte para acá, nada más para informar...". Pero el abogado/policía tiene otras prioridades: "Yo les digo "mira brother ni me toques el tema. Yo soy rico comiendo mis frijolitos. No me interesa. Yo quiero salir a las seis, siete, jugar mi futbol, regresar con mi familia y estar en paz".

    Se cuida, incluso cuida sus amistades porque "uno nunca sabe en qué están metidas las personas". Jared afirma haber conocido a buenos compañeros que nunca estuvieron relacionados con el narco, y que fueron asesinados por estar con la gente y en el momento equivocados. "A ocho compañeros los levantaron en Puerto Marqués; aparecieron al otro día despedazados al lado del Sams Club. Los dejaron en dos camionetas. Eso te pega porque tú estás en una corporación y sientes feo porque son compañeros con los que has convivido, has cotorreado, has jugado futbol. De esos ocho, yo me llevaba con dos muy bien y te lo puedo decir, ellos no andaban en nada".

    En los acapulqueños como Jared se ha levantado otro tipo de conciencia, propia de las personas que han vivido por años dentro de un conflicto armado. No salen de noche, no hablan con cualquier persona, miden tiempos de traslado de un lugar a otro porque si de día es peligroso, de noche la muerte se empodera con los grupos de sicarios que salen de casas de seguridad con sus cuernos de chivo y rifles AR-15, a matarse unos con otros.

    De esto y de los otros infiernos que existen en Acapulco Jared protege a su familia. Es su centro, su fuerza para trabajar de lunes a domingo. Los fines de semana trabaja como camillero en un hospital a hora y media del puerto. No deja solo a su hijo y lo lleva a sus entrenamientos con la misma disciplina con la que lo lleva a la escuela. "Escuela y deporte, Gallardo, no hay de otra". Jared sabe que la paz que ha logrado mantener en su familia, incluso en la tercera ciudad más violenta del mundo, requiere disciplina:

    "Hay muchas personas que se dejan llevar por dinero, porque les dan un carro y un arma. ¿Qué gano yo? Poner en riesgo a mi familia por una estupidez? No vale la pena. Por ganar unos pesos más, no, no vale la pena. Yo quiero ver a mi familia y a mis hijos crecer y ayudarles hasta donde yo pueda en su crecimiento.

    Un día a la semana la familia completa se reúne y Jared recarga energías: "Somos más unidos. Los jueves por lo general llevo carne a casa de mi suegra, una comida para que todos nos juntemos, el juevecito familiar, o algo. Así estamos más unidos... de que puro estar pensando en problemáticas, leyendo el periódico, que ahora ¿cuántos muertos? Ahora 10, ahora 8, ahora 15. Digo, sí, esta canijo, pero tenemos que seguir viviendo".

    @ManuGallardo77

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