jueves, 11 de agosto de 2016

Mis 7 años como esclava sexual de Los Zetas y el Cártel del Golfo en Tamaulipas

  • jueves, 11 de agosto de 2016
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    FOTO: Victimas de trata de personas al norte de México
    Daniela cuenta su escalofriante historia de como cayo en manos de Los Zetas y El Cártel del Golfo a la cual mantuvieron como esclava sexual durante 7 largos años en Tamaulipas al norte de México.

    Una mujer aterrada viaja en una camioneta que recorre Tamaulipas, México. No sabe a dónde va y para qué. Sólo sabe que si se quita la venda de los ojos, la ejecutarán. Que esos hombres armados que la custodian son tan sádicos que parecieran paridos en el infierno. Y que ese podría ser su último día con vida.

    Esa mujer desciende con miedo de la camioneta. Las piernas le tiritan mientras entra a una quinta grande, polvosa, aislada bajo el calor desértico de la frontera entre México y Estados Unidos. Le ordenan quitarse la venda y avanza detrás de los hombres armados. Atraviesa una habitación, otra, un pasadizo, un túnel. La mansión se va oscureciendo mientras desciende unas escaleras y sus ojos se fijan en una luz tenue y roja que cubre todo lo que hay en un sótano casi sin muebles: cuerpos desnudos y encadenados a las columnas que van de techo a piso.

    Ahí hay jóvenes que agonizan. Desvanecidas, sostenidas sólo por cadenas. Que balbucean a través de hilos densos de saliva y sangre. Que parecen estar en sus últimas horas de vida. Y alrededor de ellas merodean hombres que sonríen y las violan, ríen y las golpean, se tocan los genitales y las hieren con cuchillos.
    Esa mujer asustada cierra los ojos. Cree que hay cuatro, cinco, seis mujeres. Sus custodios la obligan a mirar y, para evitar llorar, pone la mente en blanco y enfoca un altar y unas velas. La sangre que se esparce en el piso desprende un intenso olor a hierro, como de ferretería vieja, como sabor a moneda bajo la lengua.

    'Yo calculaba que tenía varios años secuestrada, pensé en cuatro, cinco...'
    Se pregunta en silencio ¿de dónde sacaron a esas mujeres?, ¿en dónde quedarán sus cuerpos? Y cuando pregunta en voz alta por qué le hacen eso a las jóvenes, un hombre armado, con gesto "aburrido" responde con naturalidad "porque esos clientes son buenos y pagaron mucho dinero".

    Entonces esa mujer aterrorizada cae en la cuenta: está ahí para saber que ese es el destino "normal" para una esclava sexual que, como ella, está secuestrada por un cártel. Así es la vida en cautiverio cuando el cerrojo lo tiene el Cártel del Golfo.

    Esa mujer lleva tanto tiempo en un cautiverio sin calendario, televisión o periódicos, que no sabe que lleva unos cinco años secuestrada. Y después de esa tarde, pasará poco más de dos años más en las redes más violentas de explotación sexual. Acumulará siete años y medio como una esclava sometida, primero, por Los Zetas y luego por los rivales "de la última letra".

    Y cuando huya de ese cautiverio, contará a las autoridades mexicanas de la Unidad Especializada en Investigación de Tráfico de Menores, Personas y Órganos que son ciertos los rumores sobre lo que pasa en Tamaulipas, un estado que se ha ganado el apodo de "Mata-ulipas" porque 7.200 de los suyos han sido asesinados en los últimos cinco años, según datos oficiales.

    Esa mujer narrará lo que muchos aún creen que es un mito: que a las víctimas les colocan chips para impedir que huyan, que los narcos se deshacen de los cuerpos con "técnicas" de horror, y que hay clientes que pagan por torturar y casi nadie de las víctimas se salva.

    Casi nadie, excepto Daniela.

    El caso imposible

    Si existieran categorías, los largos secuestros por esclavitud sexual en redes del crimen organizado podrían dividirse en tres tipos: los típicos, de mujeres que un día son raptadas sin petición de rescate y permanecen desaparecidas mientras el paso del tiempo dificulta su regreso, como la mexicana Stephanie Sánchez, cuya última certeza es que hace casi 12 años fue sustraída para convertirla en la "novia" de un jefe del cártel de Los Zetas. Un segundo tipo son los casos que sólo se resuelven en ficción, como el del personaje de la telenovela argentina Vidas Robadas, "Juliana Miguez", quien después de pasar un año en una red de trata de personas logra recobrar su libertad y encontrar el amor verdadero, aunque la persona real en la que se basó su historia, la tucumana Marita Verón, siga siendo buscada en fosas clandestinas de bandas de explotación sexual por su madre, la activista Susana Trimarco. Una tercera categoría sería la de sobrevivientes — casos rarísimos — como la colombiana Marcela Loaiza, quien después de 18 meses de rapto por la Yakuza japonesa pudo escapar y su extraordinario testimonio la convirtió en una celebridad y escritora de libros sobre su experiencia como víctima.

    Pero el caso de Daniela no cuadra aún en ninguna categoría. Habría que crear para ella un cuarto tipo, el de los imposibles: volver de unos 90 meses secuestrada por dos cárteles en la región más violenta de México. Su caso es histórico, más si se toma en cuenta que el llamado "secuestro más largo de México", por la asociación civil Alto al Secuestro, fue el de Priscila Lorea, quien estuvo retenida por dos años, dos meses y ocho días.
    Luego de unos 7 años de cautiverio como víctima de explotación sexual, Daniela habla sobre lo que pasa en la frontera norte de México. (Imagen por Daniele Giacometti/VICE News)

    — Yo calculaba que tenía varios años secuestrada, pensé en cuatro, cinco... —recuerda Daniela, sentada en un restaurante al poniente de la Ciudad de México, en una entrevista exclusiva con VICE News. — Cuando me rescataron y las autoridades me dijeron el tiempo, sentí como si el mundo me cayera encima.

    — ¿Por qué no tenías idea del tiempo? —le pregunto, mientras da pequeños sorbos de agua frente a una pizza que mira con inapetencia.

    — Yo no estuve en una casa de seguridad, como se guardan a los secuestrados. Cuando es trata de personas, es diferente porque no hay rescate, ellos quieren que tu familia piense que estás muerta para que no te busquen. No te guardan, te ponen a trabajar, te sacan a la calle, a los bares, a los tabledance. Parece que eres una mujer libre, pero no lo eres.

    — ¿Podías saber, al menos, el mes en el que vivías?

    — No. A veces, cuando estaba con un cliente, me enteraba del mes o del año porque salía en la conversación. Pero si la gente que me tenía [secuestrada] me escuchaba preguntar algo así, me golpeaba muy feo, así que no lo hacía. No podía escuchar radio, ni televisión, ni leer periódicos, ni nada. Dormía en una casa de ellos, me llevaban con los clientes, a hacer cosas muy feas, me quitaban el dinero y me regresaban a dormir.

    — Lo entregabas a los narcos que te raptaron...

    — Primero, a Los Zetas. Luego, estuve con los del Golfo... y [luego] ya, me ayudaron a escapar...

    — ¿Cuánta gente no tuvo tu suerte, Daniela?

    — Vi a mucha gente morir, morir de formas espantosas. Nadie se imagina lo que tuve que ver. Quiero hablar porque la gente tiene que saber lo que está pasando en la frontera con las jovencitas desaparecidas y con muchas de las que están dando sexoservicio en las zonas del narco...

    'Estás con Los Zetas'

    A Daniela la engañaron los narcos mexicanos, porque sabían su punto débil: la pobreza. Como costurera de una maquila en Nicaragua, ganaba apenas lo mínimo para proveer a sus hijos y a su madre. Las deudas la consumían y un préstamo era una oportunidad que no podía rechazar, así que cuando le ofrecieron dinero, ella aceptó que una desconocida la llevara a una supuesta reunión informativa en la frontera de su país y Honduras, donde determinarían si era elegible para la ayuda financiera.

    Era abril de 2008. Daniela llegaba a los veintitantos años con una figura esbelta, pequeña y con una piel morena tensa, incompatible con las arrugas. Sus rasgos angulosos y respingados eran los de una típica joven centroamericana. Pero hoy, esa imagen resiente las secuelas del secuestro: ha ganado peso, tiene cicatrices que le salpican la cara, un ojo desviado y medio rostro paralizado por las golpizas que recibió y que fueron paliadas por una cirugía plástica de seis horas. Lo que sigue como siempre es su largo cabello negro.

    Daniela tiene ahora medio rostro paralizado por las golpizas que sufrió. (Imagen por Daniele Giacometti/VICE News)

    A diferencia de Honduras y El Salvador, Nicaragua era un país relativamente tranquilo. Acaso por la pobreza extrema que se vive ahí, los cárteles y las pandillas tardaron en contemplar a la patria del poeta Rubén Darío en sus planes de expansión. Por eso, Daniela no sospechó cuando la camioneta que la llevaba a la reunión informativa, junto a dos mujeres más, supuestamente se averió en un tramo desolado en la carretera. De la maleza, salieron varios hombres armados que las obligaron a subir a otros vehículos, mientras los organizadores del préstamo salían ilesos del asalto.

    Daniela se sumó a un grupo de 15 mujeres que ya iban retenidas. A todas les quitaron sus identificaciones y les exigieron las direcciones de los domicilios familiares; si mentían o si trataban de huir, torturarían a sus hijos o padres hasta matarlos. Les dieron jeans limpios, playeras tipo polo, gorras blancas, y la instrucción de decir, en cada estación migratoria de Honduras, Guatemala, Belice y México, que viajaban a Chiapas como parte de una excursión turística. El grupo llegó legalmente y por tierra hasta Comitán, México, después de dos días de un viaje silencioso y angustiante.

    '¿Ya te diste cuenta? Estás con Los Zetas'.

    La primera parada fue el tabledance El Babilonia, un local sucio, oscuro, maloliente principalmente para migrantes que se inflaban la hombría con cerveza. Daniela tuvo ahí su primer contacto con la prostitución forzada: durante 15 días, fue obligada a dar servicios sexuales y, si el cliente se quejaba de su inexperiencia, era golpeada.

    — Nos hacían hacer cosas muy humillantes. Una les decía '¿pero por qué quieres hacer eso?' y decían que ya habían pagado por nosotras, que teníamos que hacer lo que quisieran. Yo no sabía hacer muchas cosas y, pues, me golpeaban para que aprendiera —cuenta Daniela.

    Esa fue sólo su iniciación. A las dos semanas de pisar Chiapas, el grupo armado subió en una camioneta a todas las mujeres y emprendió camino al norte del país. De vez en cuando, daban a sus secuestradas a otros hombres en distintos pueblos. Las repartían como paquetes. A una la entregaron en Chiapas, a otra en Tabasco, a algunas más en Veracruz. Daniela fue la última en bajar de la camioneta y entonces supo la "plaza" en la que debería trabajar: en un letrero leyó "Nuevo Laredo", Tamaulipas.

    Alguien, envalentonado por el arma que sostenía, le presumió el grupo que la tenía secuestrada: "¿ya te diste cuenta? Estás con Los Zetas".

    A partir de entonces, el tiempo se torció para Daniela.

    Daniela, Toñito y la vida en cautiverio

    Daniela se acuerda de Toñito y le viene un llanto incontrolable. Pierde el habla, se le agita el pecho, se jala los dedos. Compartiendo cautiverio, eran una especie de hermana mayor y menor. El niño tenía 12 años cuando se conocieron, ella prefiere no precisar su edad.

    Al llegar a Nuevo Laredo, ambos fueron obligados a trabajar en El Danash, un tabledance que controlaban Los Zetas en la zona centro de la ciudad fronteriza. Ella era una bailarina y edecán que debía sonreír siempre, coquetear y esconder la profunda tristeza que sentía por su familia para poder llegar al "tabulador" de diez servicios sexuales y evitar así una golpiza. Él era mozo, mensajero, halcón y DJ que debía lucir siempre contento, dispuesto y vigoroso, incluso cuando era rentado a hombres que viajaban desde Estados Unidos para tener sexo con niños...
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