lunes, 8 de agosto de 2016

Mis 7 años como esclava sexual de Los Zetas y el Cártel del Golfo en Tamaulipas PAGINA 2

  • lunes, 8 de agosto de 2016
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    ...Ambos vivieron lo mismo: los hospedaban en casas de seguridad de donde sólo salían para ir al tabledance o a casas u hoteles con los clientes. Los obligaban a emborracharse con los comensales, a esnifar cocaína y a ofrecerse como pedazos de carne resistentes a las peores humillaciones.

    Los clientes regulares pagaban por sexo con ellos en los privados del Danash, mientras que los clientes VIP — casi siempre rubios, maduros, respetables hombres de familia en Estados Unidos — compraban días de descontrol que incluían sexo violento y la "diversión" de torturarlos. Hombres que se excitaban más con el sufrimiento ajeno que con el acto sexual.

    A Daniela la buscó su familia en los primeros años de su desaparición. Pusieron una denuncia ante las autoridades nicaragüenses, fueron a la televisión local, pagaron por afiches con el rostro de la costurera, pero el tiempo y el dinero vencieron la búsqueda. A los dos o tres años de esperar infructuosamente su regreso, la dieron por fallecida y se resignaron a una vida sin ella. Lo mismo habría pasado con los seres queridos de Toñito, piensa Daniela.

    'Cuando es trata, es diferente [al secuestro]... parece que eres una mujer libre, pero no lo eres'.
    A ella le quemaban las piernas con un fierro caliente por no saber descolgarse del tubo de la pista de baile; a él, por llorar durante las violaciones que sufría, y le quitaban la comida hasta que apenas podía ponerse en pie. A ella la azotaban cuando pedía un día de descanso porque le ardían los genitales; a él le daban bofetadas en la boca que le aflojaban los dientes, si se negaba a emborracharse con los hombres y mujeres que le pedían hacer cosas indecibles.
    Cuando sus captores no los miraban, ellos rompían la regla de no hablarse dentro de la casa de seguridad y fantaseaban sobre lo que harían en libertad. Así sobrevivieron por años, imposibles de calcular.

    — Pobrecito mi Toñito, tenía 12 añitos cuando nos conocimos y cada vez que lo pedían, lloraba. De tanto hacer "eso", creció enfermo hasta los 16, 17, creo. Tenía un problema en el intestino y como ya no podía 'desempeñarse', lo llevaron a un monte conmigo...

    El relato de Daniela es una muestra de la crueldad con la que los cárteles mexicanos manejan el negocio del sexo: en un monte despoblado, "hermana mayor" y "hermano menor" fueron enfrentados. Los Zetas dieron a ella una pistola y le ordenaron matar al menor, inservible por su frágil salud para seguir como sexoservidor. Ella se negó y entonces la pistola pasó a manos de él, a quien le ordenaron disparar para salvar su vida. Ninguno pudo balear al otro y los Zetas, furiosos, decidieron actuar por ellos mismos.

    — Él nunca pudo, ni yo tampoco. Entonces, lo colgaron y empezaron a cortarlo. A hacerle heridas. Y me decían '¿no te da pesar?, ¿por qué le hiciste eso, si dices que lo quieres? Mira lo que nos obligas a hacerle'. Hasta el final, le dieron un balazo en su cabecita. Caí en el suelo, comencé a llorar, gritar, me patearon, me subieron a una camioneta y no supe más de él.

    Los 'Zetas' rompen con sus jefes

    Daniela narra que después sabría que se trataba de una prueba: si era capaz de matar a Toñito, serviría como sicaria; si no, pasaría droga y seguiría como esclava sexual. Al no poder matar a su "hermanito", Los Zetas le asignaron traficar con cocaína hacia Reynosa, Ciudad Victoria, San Luis Potosí y esa nueva posición en el grupo la llevó a conocer a los jefes de la agrupación desde lejos: al 'Z-40', el 'Metro 3', 'El Catracho'...

    Se trataba de un movimiento común en la trata de personas, cuando es manejada por los cárteles: las secuestradas con más años de esclavitud tienen más dificultad de obtener ingresos por servicios sexuales frente a las nuevas víctimas, así que se les deriva a nuevos roles, especialmente aquellos donde es más probable que las asesinen las fuerzas militares. Se convierten en seres desechables, sicarias, pasadoras de droga, halcones, cobradoras de extorsión, emboscadoras de vehículos oficiales.

    'La Ardilla' era un desalmado. Yo vi lo de San Fernando, yo estaba... fue horrible'.

    Uno de los jefes del narco que se quedó grabado en su mente fue Salvador Martínez Escobedo, 'La Ardilla', el sádico mando de 31 años que se movía por el Danash como si fuera su casa. La leyenda decía que mataba primero y averiguaba después, un rumor que Daniela confirmó cuando vio personalmente cómo ordenaba la matanza de 72 migrantes centroamericanos en San Fernando, Tamaulipas en 2010, por la cual hoy 'La Ardilla' duerme en una zona de alta seguridad de un penal federal en el sureño estado de Oaxaca. El motivo: Salvador creyó que los viajeros iban a reforzar la tropa de sus enemigos y, ante la duda, prefirió ordenar su fusilamiento. Este relato está en la denuncia interpuesta ante la Unidad Especializada en Investigación de Tráfico de Menores, Personas y Órganos, a la que VICE News tuvo acceso.

    Fragmento de las declaraciones que dio Daniela a autoridades mexicanas sobre su contacto con importantes capos de la droga. (Imagen por Daniele Giacometti/VICE News).

    — 'La Ardilla' era un desalmado. Yo vi lo de San Fernando, yo estaba... fue horrible —dice Daniela, quien abre los ojos cuando le muestro en mi celular una fotografía del narco riéndose en el hangar de la Policía Federal. — Ese, ese es. Ese señor... es el más malo, el peor de todos...

    Fue tanta la cercanía que llegó a tener Daniela con los mandos del cártel, que fue testigo de un hecho clave en la violencia en México: en algún momento del año de la matanza de San Fernando, Los Zetas iniciaron su ruptura con El Cártel del Golfo como su guardia armada. Envalentonados por el dominio que tenían en el estado, Los Zetas se separaron de los jefes a los que protegían y se autoproclamaron un cártel autónomo. Daniela quedó en medio de esa guerra separatista en la que murieron decenas — ¿cientos? — de mujeres víctimas de trata que eran reclamadas por un bando y el otro. Se salvó gracias a que uno de sus captores originales decidió quedarse del lado de "los golfos" y uno de ellos exigió que fuera su amante.

    — Cuando este hombre me dice que voy a ser su amante, me llevan a un lugar, agarraron una navaja y me abrieron en el pie, por el empeine. Me pusieron un chip para localizarme y, si me escapaba, me iban a buscar, si iba con las autoridades.

    Daniela creyó que ser amante de 'El Viejón', el apodo de su amante convertido en jefe del Cártel del Golfo, la libraría de los servicios sexuales forzados. Se equivocó: él la mandó de regreso a los tabledance y ella pensó que, ahora sí, la suerte de seguir viva se le terminaría.

    Que su vida acabaría en alguna pista de baile. O en un lugar peor.

    La vida con el Cártel del Golfo

    En Tamaulipas pasan cosas sorprendentes, violentamente distintas al crimen de cualquier otra ciudad del mundo: el narco se pasea a plena luz del día en autos conocidos como "monstruos", vistosos tanques blindados en los que pistoleros matan policías; los candidatos a puestos populares son asesinados en las elecciones y repuestos con una pasmosa facilidad; y los cárteles colocan cámaras de video en los postes de luz, mientras la autoridad duerme.

    En junio de 2015, el Grupo de Coordinación de Tamaulipas reportó que se habían desmantelado 180 lentes de videovigilancia que los cárteles instalaron en la vía pública para monitorear a los habitantes de ciudades como Reynosa, San Fernando, Río Bravo. El narco tenía ojos y oídos en el estado.

    'Me pusieron un chip para localizarme y, si me escapaba, me iban a buscar'.

    Y en el negocio de la explotación sexual no es diferente: bajo las nuevas órdenes del Cártel del Golfo, Daniela sabía que los clientes eran grabados desde que entraban a los tabledance. Que las habitaciones del antro y de los hoteles tenían cámaras y micrófonos ocultos. Que las mujeres obligadas a prostituirse llevaban cámaras escondidas hasta en los botones de las blusas. El narco ve desnudos a los clientes y los espía para evitar que entablaran conversaciones personales con las víctimas.

    — Hubo varias que las mataron por intentar escapar. Los narcos tomaban video de cómo las maltrataban y nos obligaban a verlos para que no nos atreviéramos a huir.

    — ¿Qué hacían con los cuerpos, Daniela?

    — Las más adictas, ya no servían y las desaparecían. Ellos mismos decían 'póngase vivas, porque van a terminar como La Fulana en el barril'. Tenían jaulas, había un león ahí en Reynosa, en una casa. Ahí echaban también los cuerpos.

    — ¿Al león? — le pregunto casi sin querer creerle, aunque esto lo haya denunciado en una averiguación previa ante la Procuraduría General de la República.

    — Sí, sí, supe que las echaron, porque nos enseñaron el video. El animal se comía parte de los cuerpos y con una manguera quitaban la sangre que se iba por la tubería.

    — ¿Así desaparecían los cuerpos?

    — Sí, los que ellos mismos mataban o los que los clientes mataban.

    — ¿Viste menores de edad?

    — Supe que había, pero a ellas no las llevaban al table. Las guardaban para los mejores clientes y se las llevaban a su domicilio o a casas que tenía el grupo para los gringos que venían a México a eso.

    Con el Cártel del Golfo, Daniela conoció la quinta grande, polvosa, aislada bajo el calor desértico de la frontera con Estados Unidos, donde los clientes más adinerados torturaban y mataban a mujeres por placer. El lugar con olor a hierro, como de ferretería vieja, como sabor a moneda bajo la lengua. Y supo de los calabozos y las casas de seguridad, donde guardaban a los secuestrados. En uno de ellos, la obligaron a cuidar a una pareja que esperaba el pago de su rescate y Daniela, segura de que tanto tiempo secuestrada sólo vaticinaba que pronto sería asesinada, los liberó...
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