lunes, 8 de agosto de 2016

Mis 7 años como esclava sexual de Los Zetas y el Cártel del Golfo en Tamaulipas PAGINA 3

  • lunes, 8 de agosto de 2016
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    — Cuando yo los miré tan tristes, y era la primera vez que me dejaban cuidar a alguien, pensé 'de todos modos estoy condenada, me van a matar de todos modos'. Yo los dejé ir, que corrieran y se escondieran.

    Cuando 'El Viejón' volvió y no vio a sus secuestrados, Daniela pagó el agravio: la golpearon hasta casi matarla y desvanecida la llevaron a un campo, la acostaron y su amante subió a un tractor y amenazó con pasarle encima para que los fierros del vehículo deshicieran su cuerpo. Algo sucedió — tal vez un retorcido concepto del amor — que su pena de muerte se conmutó por horas de humillaciones en el campo, de rodillas, frente a los miembros del cártel.
    — Luego ese señor me encerró en un camión. Yo no comía, ni bebía nada. Yo me estaba muriendo, porque no comía nada. Y cuando miró que me iba a morir, me mandó de nuevo a otro table. Y empezó de nuevo: cada día era igual. Un tipo se encargaba de que cumpliéramos con los 10 servicios sexuales, cada uno en 500 pesos. Era un lugar muy remoto, era muy difícil entrar. Por un servicio que no hiciera, me golpeaban. No tenía ropa, así que no había forma de huir. Además, nos vigilaban en la caseta de Reynosa. Ahí la gente de las casetas están pagados por los señores y les avisan quién entra y quién sale —dice Daniela.

    Según Daniela, para controlar y ubicar en todo momento a sus víctimas de prostitución forzada, el Cártel del Golfo pone chips en sus pies. (Imagen por Daniele Giacometti/VICE News)

    El último Diagnóstico Nacional sobre la Situación de Trata de Personas en México, publicado en 2014, se refiere a esa complicidad entre autoridades y criminales. El estudio establece tres niveles de actuación de los tratantes: en el primer nivel los victimarios son familiares de las víctimas; en el segundo nivel son grupos delictivos locales; y en el tercer nivel están los cárteles, que integran a miembros de grupos delictivos y a funcionarios de instituciones estatales y federales.

    En México, hay 47 grupos criminales dedicados a la trata de personas y el foco rojo está en la frontera norte y sus bares y discotecas: "en Ciudad Juárez, Nuevo Laredo, Tijuana, Reynosa y Matamoros se ejerce el derecho de piso y donde los empresarios de este sector son coaccionados para que en sus establecimientos vendan drogas y se ejerza el trabajo sexual", relata el informe que dibuja el modus operandi del rapto de Daniela. "Estos grupos tienen líderes de México, Centroamérica y los Estados Unidos de América".

    — ¿Qué hubiera pensado un cliente, si te viera en esos bares? ¿Sospecharía que estabas secuestrada?

    — Jamás. Se cuidaban mucho de no golpearme la cara, sólo el cuerpo, y en la oscuridad del hotel se disimulaba un poco. Había quienes veían mis golpes y sólo volteaban para otro lado y seguían.

    — ¿Nunca les dijiste que estabas secuestrada?

    — No, porque si me escuchaban decir eso, me podían matar. Yo creo que lo decía con los ojos...

    Daniela hace una pausa en su relato. En el segundo día de entrevista, ha contado todo, pero prefiere reservarse un capítulo para sí misma: su escape y la extracción del chip. No hay detalles, sólo un rápido recuento: alguien en Tamaulipas supo de su secuestro, se jugó la vida y la ayudó a escapar en la cajuela de su auto. Esa persona aún vive en las zonas que controla el Cártel del Golfo, así que no da detalles. Sólo eso: "me ayudaron, me sacaron del lugar, me pagaron transporte a la Ciudad de México y huí de ese lugar". Nada más.

    — Si cuento más, van a matar a esa persona y no me lo voy a perdonar.

    Apenas llegó a la Ciudad de México el año pasado, Daniela contó su historia en la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO) y la mandaron de vuelta a Nicaragua. Pero la ONG Comisión Unidos Contra la Trata se enteró de su caso y le dio seguimiento. Una integrante de esa asociación viajó por cielo y tierra hasta Centroamérica y ayudó a Daniela a ponerse en contacto con la fiscal Ángela Quiroga de Fiscalía Especial para Delitos de Violencia contra las Mujeres y Trata de Personas de la Procuraduría General de la República y con su testimonio se abrió un expediente judicial. Ahora, Daniela recibe el tratamiento psicológico que no hubiera recibido en su país, mientras espera que la justicia investigue y llegue hasta los culpables.

    'Los narcos tomaban video de cómo las maltrataban [a las secuestradas] y nos obligaban a verlos para que no nos atreviéramos a huir'.

    Daniela tiene abiertos dos frentes de lucha: su recuperación física y la reconstrucción emocional. Y ya empieza a acumular victorias: tiene una visa humanitaria que la mantiene en México, donde pretende un nuevo inicio.

    — Yo sólo pensaba en mis hijos... yo decía, 'Diosito, ayúdame, no me dejes morir aquí, déjame vivir para encontrarme con mis hijos, seguro me están buscando'. Me enojé con Dios, sí, la verdad, pero él no me abandonó —cuenta aún sin tocar la pizza que se ha enfriado frente a ella durante la primera sesión de entrevista.

    — ¿Qué pensaste cuando te escapabas?

    — Que era un sueño. Me decía '¿estás soñando?'. Yo no lo podía creer. Soñé tantas veces con eso que... no sé, era un sueño.

    — Casi nadie regresa de esos largos secuestros...

    — ¡Ay, cómo quisiera que todos volviéramos! Pero esa gente...

    — ¿Qué planeas hacer ahora?

    — Quiero poner mi taller de costura, quiero volver a empezar. Dar pláticas, talleres, hacer vestidos...

    "Aquí estoy, mamita"

    Una mujer habla por teléfono a su casa después de más de siete años. En algún lugar de Nicaragua, el timbre repica. "¿Aló? ¿Mamá, eres tú?". "¿Quién habla?". "¡Mamá, soy Daniela, tu hija!". Y del otro lado hay un silencio que se alarga. "¡Mamá, soy yo!". Y más silencio. "Sí, ajá, ¿qué necesita?", responde una anciana desde Centroamérica.

    La frialdad sorprende a la mujer. La descoloca. Pero entiende: "para ella, yo morí hace años y siente que le está hablando un fantasma. "¡Mamita, soy yo, de verdad! ¡Pregúntame lo que quieras para que veas que soy yo". Y la anciana abre en su mente una gaveta con recuerdos: "¿en qué fecha nació tu hermanita?, ¿de qué color era tu vestido de quince años... que te bordé para tu fiesta?, ¿verdad que te quedaba muy bien tu vestidito?".

    "¡No, mamá, no me quedaba bien, usted me hizo ese vestidito, pero me quedaba grande de acá!" y aunque está al teléfono, desde una oficina policial en la Ciudad de México, se toca las piernas simulando que la tela le impide lucir los zapatos. Pero el silencio sigue.

    De pronto, esa mujer escucha que su mundo explota. "¡HIJA, ESTÁS VIVA!", grita la anciana por teléfono y ambas entran en un llanto feliz, acumulado, que quiere compensar tanto sufrimiento. "¡Aquí estoy, mamita, aquí estoy!".

    Daniela ahora participa en la campaña global "Hoja en Blanco", que busca dar un nuevo comienzo a las sobrevivientes de trata de personas,. (Imagen por Daniele Giacometti/VICE News)

    Esa mujer desciende con alegría de un avión en verano de 2015. Las piernas le tiritan mientras entra al aeropuerto internacional de la capital de su país, pequeño, austero, bajo el calor selvático de Centroamérica. Le ordenan mostrar sus documentos que ha conseguido con ayuda de las autoridades consulares y avanza detrás del resto de los pasajeros. Atraviesa una habitación, otra, escaleras, la estación migratoria. El edificio se va aclarando. Se abren las puertas de la sala de llegadas internacionales y sus ojos se fijan en un niño pequeño, uno jovencito y una adulta, junto a una anciana, que brincan de emoción al verla. Ahí está la familia. La abrazan. Se besan. Balbucean. Están en sus primeras horas de una vida que creyeron que se había acabado.

    Entonces, esa mujer extasiada cae en la cuenta: así es la vida como debió ser, sin el cerrojo de Los Zetas, ni del Cártel del Golfo. Sobrevivió. Y sueña con el día en que cuente cómo resistió a dos cárteles y prevenir, con su testimonio, que más mujeres caigan en las redes trata de personas de los grupos más violentos de un país "en guerra".

    Pero, por ahora, sólo es una mujer que sabe que ya no viaja aterrada. Es una mujer que va de vuelta a casa.

    Por : Oscar Balderas /VICE en Español

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