sábado, 8 de octubre de 2016

"Traidores en las Fuerzas Armadas" y policías sirviendo al narco podrían estar detrás del ataque a militares

  • sábado, 8 de octubre de 2016
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    Ha transcurrido una semana desde que el Ejército mexicano sufrió una de las peores y más arteras agresiones desde que las fuerzas castrenses fueron involucradas en el combate al narcotráfico.

    En esos ocho días sepultaron a cinco soldados masacrados en el ataque, 11 heridos permanecen hospitalizados, retiraron los restos de los vehículos militares desintegrados por los certeros disparos de lanza cohetes, granadas y fúsiles Barret calibre 50; pronunciaron miles de palabras en decenas de discursos que igual registraron la ira de las fuerzas castrenses: “enfermos, insanos, bestias criminales”, que lanzaron amenazas de “auténtica cacería” a los agresores y muestras de apoyo y respaldo presidencial y social a las humilladas Fuerzas Armadas. Y sin embargo, una semana después no hay un solo detenido por la cobarde emboscada.
    ¿Dónde quedó entonces “toda la fuerza del Estado” y todo la rabia que afloró en las filas militares tras el ataque de la madrugada del viernes 30 de septiembre en las afueras de Culiacán, Sinaloa? Algunas decenas de armas decomisadas, droga, varios cateos y patrullajes esporádicos, junto con “operativos de inteligencia” que aún no arrojan resultados, ¿es lo único que puede lograr en una semana la institución más poderosa y armada del gobierno mexicano, que además recibió la promesa de “todo el apoyo” del Presidente de la República?

    Da la impresión, una semana después de ocurrida aquella emboscada, que el ataque no sólo tomó desprevenidos e indefensos a los soldados del convoy militar procedente de Badiraguato, donde habían rescatado a un misterioso detenido —quien después de ser atendido y estabilizado por médicos militares, sería llevado a la 9ª Zona Militar en la capital sinaloense—; también parece que los altos mandos de la Defensa Nacional y el mismo gobierno del presidente Enrique Peña Nieto no supieron en su momento —aunque tal vez ya lo sepan ahora pero no quieran decirlo— quién y por qué agredieron con ese nivel de saña y esa capacidad de fuego a los soldados, que no sólo fueron superados en número, sino también en armamento y capacidad de reacción ante un operativo con tal nivel de precisión y fuerza, que ni siquiera parece una acción típica del crimen organizado.

    Y ahí entra una inquietante versión que se escucha entre muy altos mandos militares de la región y la zona donde ocurrió el ataque: que quienes masacraron a los soldados y deshicieron los vehículos militares en un operativo de precisión militar, pudieron no ser necesariamente sicarios ni delincuentes, sino más bien “traidores” de las propias Fuerzas Armadas que colaboraban con los narcotraficantes, llámense hijos del Chapo Guzmán, los Beltrán Leyva o hasta el hijo de Juan José Esparragoza, El Azul, también llamado Juan José Esparragoza, que pudieron haber ordenado el rescate del misterioso detenido, dentro de la guerra que libran en estos momentos entre ellos, con la colaboración de agentes de las mismas fuerzas del Estado mexicano.

    Guerra por “los productos del triángulo” Un hecho que confirma la confusión y el desconcierto que priva entre las fuerzas castrenses, por el origen y los ejecutores de esta agresión, es que tampoco está claro, después de ocho días, quién era realmente el presunto delincuente al que fueron a rescatar los atacantes armados y qué papel jugaba en la guerra intestina que se libra en este momento entre distintos grupos del Cártel de Sinaloa por el control de la principal región de operaciones y asiento de esa organización del narcotráfico: el llamado Triángulo Dorado, esa fracción de zonas montañosas que se ubica entre los estados de Durango, Chihuahua, Sinaloa y parte de Jalisco. La versión de que se trataba de Julio Óscar Ortiz Vega, El Kevin, cuya fotografía ha sido difundida por el Ejército, no está del todo confirmada ni parece cuadrar con el nivel del operativo montado para su rescate. ¿Por qué atacarían con tantos elementos y armamento del más poderoso para rescatar a un sicario desconocido?

    La otra versión que circuló a partir de declaraciones de los propios generales del Ejército sobre la presencia de los hijos de Joaquín Guzmán Loera, Alfredo e Iván, en el momento de la emboscada, tampoco es confirmada ni desmentida totalmente, ni tampoco la que afirma que se trataba en realidad de Aureliano Guzmán Loera, El Guano, hermano del Chapo. Y en medio de la confusión, lo que se sabe en altos niveles del Ejército es que tampoco ellos tienen certeza de quién era el rescatado ni qué papel jugaba en la guerra interna que libran distintas facciones y grupos del Cártel del Pacífico.

    Porque ese es el verdadero fondo que se esconde detrás de la agresión al Ejército en Culiacán: las pugnas violentas que tienen lugar por el control del producto de la siembra de ese polígono que es la sede histórica de los poderosos capos sinaloenses. ¿Quién controla y manda sobre las miles de toneladas de marihuana, amapola y heroína que se producen en las zonas altas de los estados mencionados, además del negocio de las drogas sintéticas que también se producen en esa región, que es al mismo tiempo tierra, producción y guarida para los capos sinaloenses y sus familias? Eso es lo que ha enfrentado a capos y grupos que antes fueron aliados.

    En esa guerra participan los hijos del Chapo Guzmán, quienes se enfrentan a su primo, el llamado Mochomito, Alfredo Beltrán Guzmán, hijo del fallecido Arturo Beltrán Leyva; pero también participa en las disputas por los productos del Triángulo, Juan José Esparragoza Jr., hijo de El Azul, presuntamente muerto pero quien, según reportes de inteligencia, sigue viviendo en la clandestinidad, y los hijos de Ismael El Mayo Zambada, además de las llamadas Fuerzas Especiales de Dámaso, a cargo del Mini Lic. o El Licenciado Dámaso López, antiguo lugarteniente de El Chapo. Y para completar el cuadro, afirman esos mismos reportes de fuentes militares, quién aparece como árbitro, intentando poner orden en estas disputas que amenazan con romper al poderoso cártel sinaloense, es el liberado capo Rafael Caro Quintero.

    ¿Qué parte de esa guerra se salió de control y alcanzó la madrugada del viernes 30 al convoy militar que viajaba confiado en el traslado del presunto narco herido? Esa es la pregunta que no responden hasta ahora todas las declaraciones, los discursos y ni siquiera los llamados del presidente Enrique Peña Nieto que lleva varios días colgado del tema pidiendo “apoyos y respaldos” a las fuerzas castrenses. Pareciera, por los nulos resultados obtenidos hasta ahora, que la “cacería” anunciada por el general Salvador Cienfuegos, o no se ha realizado con la fuerza con que ordenó el secretario o más bien se está conteniendo la reacción iracunda de los mandos militares de la región, que decían saber quién mató a los soldados, o de plano están dando palos de ciego en una búsqueda en la que no encuentran, o no quieren encontrar, a los autores de la emboscada.

    Y permanece en el aire la inquietante pregunta que surge a partir de lo que se comenta en los mismos cuarteles militares que van desde Mazatlán hasta Los Mochis: ¿y si no fueron criminales todos los que planearon y ejecutaron la masacre?

    Por Salvador García Soto/ EL UNIVERSAL

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