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El Narcocorrido: 10 años de cantar la guerra contra el narco


Van 10 años de narcoguerra en México y el impacto que ha provocado en el imaginario colectivo apenas empieza. Una vorágine de enfrentamientos, sicarios, secuestros, extorsiones y amenazas han colmado las conversaciones, han llenado estanterías de libros, han atiborrado películas y se han instalado en la cotidianidad de millones de mexicanos. Su influencia en diferentes sectores sociales ha sido determinante para la reorganización de colonias, para el replanteamiento de hábitos de vida. Nos hemos adaptado a los tiempos que corren. La actividad social, sobre todo la nocturna, se ha transformado a fondo en varias ciudades. Existe, también, un nuevo caló lleno de términos característicos, que lo mismo se usa en norte, que en el sur. Son tiempos de guerra.

Una de las manifestaciones más intrínsecas al narcotráfico ha sido la música. En menos de 10 años, el narcocorrido pasó de estratos sociales bien específicos, a convertirse, casi casi, en un género familiar.

A principios de siglo 21, el narcocorrido apenas era un subgénero dentro de la música norteña que poco a poco ganaba terreno. Este tipo de música hablaba de organizaciones criminales recientes, de enfrentamientos entre contemporáneos y también actualizaba la manera de contar historias: incluía claves, nombres (nombres que muchas veces eran reales y que después veíamos en las noticias) y un habla que años después, se popularizó en todo el país.

Estas composiciones apenas eran una incisión dentro de la música norteña, que seguía practicando los estilos trazados por agrupaciones consolidadas como Los Cadetes de Linares, Luis y Julián, Carlos y José, Ramón Ayala, pero sobre todo de Los Tigres del Norte.

En el noreste de México, uno de los pioneros fue Beto Quintanilla, quien puso al narcocorrido en la escena nacional. En el resto del país se veía esas composiciones más como ficción, que como trazos de la realidad. Se atribuía a esas historias el atributo de "cosas del norte", pues hablaba de acontecimientos nunca vistos en el sur. Naturalmente, la inseguridad apenas germinaba en las calles. Lo peor de la guerra estaba por venir.



Los temas de Beto Quintanilla son explícitos. Mentaba nombres y hechos de la realidad. El también llamado León del Corrido, popularizó un tema conocido como "El corrido de los Zetas" (que en realidad se llama "Escolta suicida") que se hizo masivo, debido a que incluía, según la leyenda urbana, grabaciones de radio auténticas. Gran parte del repertorio de Quintanilla (Cantinilla, como se le conocía en los bajos mundos) estuvo inspirado en las andanzas del Cartel de los Zetas, de su natal Tamaulipas. "Pasajes del Golfo", "Gatilleros de alta escuela" y "Le compré la muerte a mi hijo", también fueron temas con mucha popularidad.
Lo que hacía Quintanilla estaba muy lejos de lo que escuchamos hoy en día. Beto usaba las últimas reminiscencias del corrido norteño clásico, aceleraba un poco el tempo e incluía hechos recientes. Asimismo, algunas de sus frases son memorables y han sido citadas en varios libros.



Otros antecedentes del género son: Incomparables de Tijuana, quienes abrieron camino a nuevas agrupaciones como Tucanes de Tijuana y Explosión Norteña. Los Tucanes hicieron lo más audaz al incluir intros de balaceras (como en "El Cris") y diálogos que hablaban sobre capos de la mafia (El MZ). De sus corridos más populares: "El Centenario", "Mis tres animales" y "Los chiquinarcos". Los más explícitos eran los de Explosión Norteña, quienes además comenzaron a sacar al corrido de su forma melódica y lo empezaron a llevar hacia otros ritmos más cercanos al huapango, como en "Águila blanca". Otros de sus temas más famosos son "El alumno", "El tiburón" y "El cholo". Tucanes de Tijuana heredaron parte de sus enseñanzas. En el centro, Grupo Exterminador hizo lo propio con narcocorridos demasiado ficticios "Contrabando en los huevos", "Las monjitas" o "La fiesta de los perrones". En el sur, Originales de San Juan ironizaban con una jerga de personajes que pronto veríamos por todos lados, canciones como "El michoacano", "El rey del cristal" o "El jardinero", quedan como antecedente.



Sin embargo, pese a todo lo anterior, el público de estas manifestaciones era muy reducido. El narcocorrido solo era escuchado por un público mayoritariamente rural.

Hacia 2004, el duranguense y el grupero colmaban las estaciones de radio y el gusto popular. Muy atrás quedaban la banda, el mariachi y el norteño. En poco tiempo el duranguense copó toda fiesta, discoteca y baile popular (como antes lo hizo la tecnobanda, y más antes, la quebradita). Pronto, todo iba a cambiar.

Así como llegó, el duranguense se fue y entonces vino una oleada de agrupaciones que hablaban sobre lo que comenzamos a ver en las noticias: ejecuciones, balaceras y muertos, muchos muertos. No pocas ciudades comenzaron a ver lo nunca antes visto: ejecuciones a cualquier hora, decapitados, desmembramientos, desollados y encobijados. Ciudades con una tranquilidad de iglesia, empezaron a llenarse de nota roja. Creímos que la ola de violencia pasaría pronto. No sabíamos que la pesadilla apenas comenzaba. Ante el mutismo oficial, la gente comenzó a buscar respuestas. Y lo único que hablaba de narcos, en esos días, eran los narcocorridos.



La relación entre el narcotráfico y la música no es nueva. Como tampoco lo es el ajuste de cuentas entre músicos y el crimen organizado. Sin embargo, desde la muerte de Chalino Sánchez, en 1995, la escena musical había estado, digamos, fuera del alcance de las balas. Hasta el 25 de noviembre de 2006, en que los Zetas acribillaron a Valentín Elizalde en Reynosa, Tamaulipas. Él fue un parteaguas que catapultó este tipo de música. Se cuenta que Elizalde fue advertido para que no interpretara el tema "A mis enemigos" durante su presentación, por ser un corrido que alababa al Cártel de Sinaloa. Elizalde minimizó las amenazas y lo cantó al inicio y al final. Momentos después de haber terminado su presentación, fue rafagueado dentro de su camioneta, junto con dos escoltas. A partir de este hecho, al menos 10 cantantes y dos agrupaciones han sido atacadas por el crimen organizado.

La simbiosis narco-música también ha modificado la letra de las canciones. Más allá de que ahora la producción es más cuidadosa, más profesional, ahora los temas son más explícitos y con mucha mayor violencia que el corrido clásico, aunque también poseen una pobreza lírica preocupante. La capacidad narrativa del corrido se ha visto mermada en el narcocorrido. Ahora casi todo gira en torno al culto a la personalidad. Ya no son importantes las batallas épicas ni escapes de antología, ahora casi todo se resume a presumir perfiles y modos de vida. En los 80, por ejemplo, el corrido "Rafael Caro Quintero" fue muy popular (a raíz de una métrica y metáforas admirables), pues contaba un hecho importantísimo: la captura del capo más buscado en ese momento. En la actualidad, en cambio, los corridos de las fugas del Chapo Guzmán y los de sus dos capturas, han pasado sin pena ni gloria. Los nuevos compositores de corridos se enfrentan ante una paradoja monumental a la hora de contar un hecho histórico, pero sobre todo, un hecho real.

En su ensayo Los panteones son testigos, cinco viñetas sobre el corrido norteño, Julián Herbert destaca: "en su carácter de sagas o sergas, los corridos norteños representan un tejido cultural caótico, pero también meticuloso. Todos tienen segundas partes, orígenes remotos, respuestas broncas y coincidencias históricas. Son como un fuego cruzado, un territorio donde distintos planos de la realidad se mezclan. Un aleph hecho a balazos".

Los corridos clásicos, con el tiempo, se vuelven más populares, pese a su escasa difusión. Incluso, son objetos de estudio. El narcocorrido, en cambio, con todos los reflectores encima, es demasiado fugaz. La vida de un narcocorrido dura un click.

El proceso de composición, interpretación y comprensión (del escucha) es muy corto. Por eso, la mayoría de los temas muestran una lírica muy parca. Una posible causa podría estar en los bajísimos niveles de lectura y comprensión lectora en nuestro país.

En México, 81 por ciento de los alumnos de secundaria no comprenden lo que leen; 63 por ciento de los estudiantes de prepa están igual. En general, 41 de los estudiantes no alcanzan el nivel básico de lectura. Lo anterior, según los resultados de la prueba Pisa en 2012 (hace cuatro años).

Así de sencillo y así de preocupante. En este caldo de cultivo hay de todo: empresarios, profesores, mecánicos, campesinos, licenciados, periodistas, médicos, políticos y por supuesto: compositores, de modo que no es casualidad el limitado e incorrecto uso del lenguaje.

La mayoría de las canciones relativas al narcotráfico usan expresiones recurrentes y un reducido número de adjetivos, aunque con diversos arcos melódicos: "al cien", "activado", "empecherado", "pa'delante", "el negocio", "plebes", "el señor", "la empresa", "ondeado", "levantón", "mi gente", "el patrón", "el equipo", "prendido".

Las pifias, en cambio, campean en cada estrofa: es recurrente la mala pronunciación de verbos en la segunda persona del singular en pretérito perfecto simple: "sentistes", "mirastes", "marchastes". Asimismo, se usan de manera errónea los posesivos: "a mí me interesa", "los besos de mi boca" o "me maldigo a mí mismo".

Se ha devaluado la rima y se escriben versos demasiado sencillos. Son escasas las imágenes literarias y más escasas aún, las metáforas. Si la cursilería grupera nos daba risa, la melcocha con que aderezan eso que algunos han llamado narco-pop, es vomitiva.

El ingeniero de grabación Irving Morales Alvarado tiene una teoría: "el narcocorrido es muy visual. Aprovecha recursos que llaman la atención de la gente, como autos, joyas, ropa y mujeres guapas, para popularizar sus temas. Entonces, la gente atribuye la calidad de un tema musical a partir del tipo de vehículo que aparezca. Si la música es buena o no, eso no importa, pero si al inicio del video aparece un Ferrari, eso engancha a mucha gente. Asimismo, si pasan el tema a cada rato en la radio o la televisión, lo sitúan casi a fuerza dentro del gusto del público".

Para eso, indica Morales, se han elevado los costos y la calidad de la producción de videos de este género. Si comparamos la calidad fílmica que se hacía hace 5 años, la diferencia es abismal. Pasaron de ser producciones caseras (y de risa), a costosísimos videos, con lo último en grabación de audio y video.

Con estudios de grabación en Venezuela, Morales sostiene que si bien la calidad de grabación es notable, en cambio la armonización (complementar una letra con instrumentos musicales) de la mayoría de los narcocorridos es muy pobre, muy limitada, "no necesitas ser músico profesional para tocar un narcocorrido. Basta hacer una canción de dos tonos con la historia de tu vecino y ya tienes un narcocorrido. Así de sencillo. Por eso, casi todo el narcocorrido se parece, no hay complejidad musical. Solo son cuartetos, le meten una tónica y ya".



Músico de formación, Morales reconoce que en plano vocal algunos narcocorridistas se han preocupado por tener intérpretes con una voz sobresaliente, "por ejemplo, el de Calibre 50, es un buen cantante, tal vez, hasta tenga estudios (en música). Incluso, podría decir que algunos sean licenciados o con alguna especialidad. Sin embargo, hay otros que de plano cantan desafinado. Conviene aclarar que hablo de actuaciones en vivo, que es cuando puedes percibir la calidad de un cantante. Y aquí juega mucho el aspecto de la producción, porque si cantas desafinado, en un estudio de grabación lo arreglan".

Ahora bien, la imagen de la mujer ha sido socavada por este género musical, que abandera un machismo preponderante. En el narcocorrido y sus variantes, la mujer pasa a ser un objeto decorativo, un trofeo y un derecho al que tiene toda persona dedicada al narcotráfico. Si bien esta sinergia ha sido cuestionada por un gran sector de mujeres, existe otro gran sector de la población femenina, muy aficionada a este género. En una encuesta hecha por Parametría en 2011, muestra que 76 por ciento de la población conoce un narcocorrido, sólo 2 de cada 10 personas no sabe qué es. De actualizarse esa encuesta, los resultados serán diferentes.

Pese a lo anterior, el gusto por la música del narco, prolifera. La industria textil, automotriz y de consumo, se han plegado a un público eufórico por vestir como determinado capo o de hablar como tal cantante. En un país donde las instituciones públicas, la iglesia, la justicia, la policía y la educación, están metidas en el mismo costal de inmundicia, las palabras como las de Raydel López Uriarte, alias El Muletas, al momento de ser detenido, se vuelven un credo y transmutan a un asidero en este vendaval de miserias:

—¿Ocupación?

—Muevo mota. Soy traficante.

—¿Fue tu idea crear uniformes con muletas y calaveras?

—Sí, yo los hice.

—¿Cuántos mandaste a hacer?

—Como 200.

—¿Por qué razón las hiciste?

—Porque tenía 200 gentes.

—¿Hace cuánto que estás en guerra?

—Toda la vida.

En un ensayo de Manuel Antonio Arango, apunta lo siguiente: " Cuando la violencia tiene orígenes en un subdesarrollo, condición que conlleva la miseria, la injusticia y el despojo, crea una literatura de violencia como consecuencia histórica". Y justo eso ha ocurrido con el narcocorrido en México.

Conversamos con cuatro escritores y fieles escuchas de corridos. Y esto fue lo que opinaron al respecto.

ES COMO UN TUMOR DEL CORRIDO

Luis Jorge Boone nació en Monclova. Ha publicado poesía, narrativa y ha sido premiado en ambas disciplinas. También toca varios instrumentos, entre ellos, el acordeón. Sus libros más recientes: Figuras humanas (Alfaguara, 2016), Cavernas (ediciones Era, 2014) y Por boca de la sombra (Atrasalante, 2015).

"El corrido comenzó siendo una especie de mensajero en los que se contaban las historias de grandes héroes o de grandes villanos. Durante la revolución, fue una fuente de información para mucha gente que no tenía otro modo de enterarse de los acontecimientos. En el corrido vemos una métrica y un lenguaje admirable.

Sin embargo, lo que hace el narcocorrido es totalmente lo contrario: no cuentan nada. No dicen nada. Es repetitivo, sin estructura definida. No les importa la medición de versos, la innovación del lenguaje.

Hasta parece que sólo se trata de exaltar lo más primitivo de un hombre: abusos, maltrato y humillación de la mujer. La mayoría de sus canciones giran en torno a excesos y una vida donde la mujer es un objeto. A comienzos de 2016, cuando Gerardo Ortiz fue juzgado por un video en el que incitaba a la violencia contra la mujer, sí creo que se pasó. Muchos lo defendieron con el pretexto de que en México hay libertad de expresión, pero la libertad de expresión también tiene límites y lo de Ortiz, los rebasó.

La cultura del narco ha penetrado en varios sectores de la población, pero en los sectores más pedestres, sus letras se convierten en un mantra. Son el camino a seguir. Son mandamientos para gente sin ningún acercamiento al arte, a la educación. El mensaje del narcocorrido termina siendo la única opción de empoderamiento.

El narcocorrido me recuerda a un bato declarando su amor. Lo dice de una manera tan primitiva, tan sencilla, sin mucho contenido, que nadie se lo cree. No basta con instrumentaciones rapidísimas o paredes de sonido en sus producciones, no es suficiente si las letras incluyen una pobreza lírica de ese nivel.

Esta tarde escuchaba a Julián Garza, que me parece, es el último gran compositor de corridos. Sé que es improbable que Garza haya leído a Shakespeare, pero si me lo hubiera dicho, se lo hubiera creído.".

ESTO SEGUIRÁ OTROS 30 AÑOS

Julio César Pérez Cruz nació en Tijuana en 1982. Pérez Cruz es un fiel seguidor de la música norteña. Es autor de las novelas Prosa lavada (Tierra Adentro, 2011), Dany Tanimura (CECUT, 2011), Perro (Editorial Ojo de Pez, 2013) y prepara la primera entrega de una saga policiaca.

"Hay una línea marcada del corrido hacia el narcocorrido. Hubo una evolución. Pasó de sacar al corrido de las noticias para verlo en la vida real. Es una subcultura, no sé si minoritaria o mayoritaria. Los temas que se manejan son diferentes. Varían también en la distribución. Antes era radio, ahora casi todo es por medio de internet. Sobre todo en estados del norte, que están muy pendientes de la música del otro lado, como el gangsta rap y esos rollos, cuya difusión es mediante esta vía.

Hay rasgos bien característicos del narcocorrido como son, la mujer, ya sea como objeto, o como la mujer cabrona. Me viene a la mente el corrido "Pisteando bichi", de Los Diferentes de la Sierra: "Pisteamos, nos embroncamos. Loqueamos y hasta gritamos. Las morras nos las clavamos". Aquí es un claro ejemplo de cómo se ve a la mujer como simple objeto. Por el otro lado está la mujer cabrona, como en el corrido "Fiesta en la sierra" o el de "La China", donde aparece la mujer emparejada a lo que hace el hombre.

Por otra parte, los personajes masculinos que son recurrentes siempre son dibujados como valientes y contra el gobierno. Recuerdo dos temas de Explosión Norteña: en "El Muletas", sentencia: "aquel que me desafíe, en breve lo pozoleamos". En "El Cholo", afirma: "Que goza de protección/ Le teme la policía/ Tiene mucha habilidad/ Se mueve a la luz del día/ Por eso donde lo topan/ Se hacen los que no lo miran".

Estas canciones fueron muy famosas en Tijuana por allá de 2005. No había mercado sobre ruedas donde no vieras camisetas o ropa alusiva a "El Muletas". Los niños jugaban a ser los personajes de esta canción.

El narcocorrido tiene una jerga bien definida. Por eso, en lugar de funcionar como un espejo de la realidad, termina siendo una ventana hacia la misma. Funciona como sinestesia. Porque la canción que escuchamos, son escenas que hemos visto, leído o escuchado.

Ahora bien, todo esto que ofrece el narcocorrido, es un reflejo los signos evidentes de identidad cultural. Es una fuente del conocimiento cotidiano. Nos ayuda a entender la realidad. Lo queramos o no, lo que se cuenta ahí, es lo que estamos viviendo.

La mayoría de los temas, cuando no hablan de fiestas, hablan contra el gobierno. Entonces, frente a un estado fallido, la gente se libera con estas canciones. Son una válvula de escape. Porque nos dicen que van a joder a los que nos joden, es decir, al gobierno. Ya no queremos los sobajados, queremos ser los chingones.

Como propuesta artística es una involución. El corrido clásico es más cercano a la narrativa literaria. El narcocorrido no. Siempre tiene una misma base. Sólo muestra violencia repetitiva. Es una involución, sí, pero también era algo que tenía que pasar. De tener historias que se contaban en ranchos, ahora se cuentan en la ciudad. Y esto tiene una relación directa con los bajos niveles de lectura en nuestro país. Todo empieza en las escuelas de educación básica. Y no es que no se incluyan lecturas interesantes, sino que el niño no las comprende. Si no entiende El Mío Cid, pues buscará un narcocorrido. Por eso en las composiciones ya no hay ni metáforas. Todo es muy básico. Tú pones mota, mujer y metralleta y la cartera se te va a hinchar. Y si quieres hacer la continuación, inviertes el orden de los términos y ya está. Es así de sencillo. Y si tú no tienes hábitos de lectura, si tu nivel de escolaridad es mínimo, el narcocorrido te va a parecer interesante. Caer más bajo, ya no se puede. Así que esto va a seguir, al menos, por otros 30 años más".


SE TOMA COMO UNA ORDEN LO QUE DICE EL NARCOCORRIDO

Juan José Rodríguez nació en Mazatlán. Ha escrito novela y cuento. Entre sus libros más importantes: Asesinato en una lavandería china (Tierra Adentro, 1996), El gran invento del siglo XX (Joaquín Mórtiz, 1997) y Mi nombre es Casablanca (Mondadori, 2003). Su obra más reciente: La novia de Houdini (Océano, 2014). Actualmente trabaja en una novela policiaca que se publicará en España.

"En los últimos años, buena parte de la música popular ya no respeta las reglas de la métrica y la rítmica. Existen muchas melodías antiguas que son eptasílabos u octosílabos. Si escuchas "El sauce y la palma", son siete sílabas por verso. Los boleros también: "Usted es la culpable", siete sílabas. Entre los octosílabos, tenemos corridos como "El asesino". Dice José Emilio Pacheco que esta característica une al corrido mexicano con el romancero español. Pero últimamente hemos visto como muchos compositores ya no miden sus versos ni sinalefas. Y hasta se nota cuando el cantante debe alargar o apurar una frase para poder completarla.

Si escuchas a Chalino Sánchez, tiene canciones perfectamente medidas, como "Nieves de enero" o su versión de "Nocturno a Rosario". Pero en muchos de sus corridos, no es así, porque son composiciones improvisadas. Y eso también ocurre actualmente. Hay gente que se jacta de componer un corrido en 15 minutos. Tú escuchas a los decimistas de Veracruz, improvisan muy bien, creo que el secreto es que memorizan la melodía y luego cambian la letra. Y eso es lo que hemos perdido con los compositores de ahora en cuestiones de lírica. Existe un descuido grande en la colocación de sílabas y acentos.

Ahora bien, hay un aturdimiento general de la cultura. Los contenidos se han desgastado, la gente lee menos que antes. Antes, era parte del trabajo escolar elaborar calaveritas en Día de Muertos, por ejemplo. En cambio, ves las calaveras que la gente sube a Facebook y te das cuenta de que algunos no saben ni siquiera rimar.

Sin embargo, hay que aclarar que en un comienzo, el narcocorrido respetaba muy bien las reglas. Si escuchan, por ejemplo el corrido de "Lamberto Quintero", es un octosílabo bien hecho. Lo mismo pasa con "Camelia la Tejana" y con varios temas en los comienzos de lo que ahora es narcocorrido. Había un cuidado en las letras, que era notable. En un principio, el narcocorrido funcionaba como una crítica social, era un instrumento contra la censura, era testimonial. Ya no es así.

Ahora, en cambio, escuchas temas muy cínicos. Ha habido una degradación del corrido. Hay un corrido que se escucha mucho aquí en Culiacán que la letra dice: "vámonos a Mazatlán, arriba de la blindada, con toda la plebada". Yo hablé con un encargado de la seguridad de aquí de Mazatlán y me dijo que a raíz de esta canción, empezó a haber un repunte de hechos violentos en el malecón de esta ciudad, porque había gente que venía a Mazatlán a hacer lo que la canción decía. Lo tomaban como un mantra. Y no necesariamente eran narcotraficantes los que protagonizaban los escándalos.

Ahora entiendo a quienes se quejan de la difusión de narcocorrido. Hay personas tan elementales, tan básicas, que si un corrido dice algo, lo hacen. Por imitación. Estamos ante una generación que toma como una orden lo que dice un corrido. Hay una frase muy popular aquí en Sinaloa que dice: "mejor vivir cinco años como rey, que 20 años como güey".

El narcotráfico es fenómeno de movilidad social para muchos. Y el narcocorrido se vuelve un vehículo de comunicación entre ellos, porque es una representación de otros antihéroes. Y si en México se escucha mucho, en Estados Unidos la popularidad es mayor. Me dice Alain-Paul Mallard que en la guerra de Iraq, en las tanquetas estadunidenses, los soldados escuchaban muchos corridos de narcos. Eran gente de origen sinaloense que migraron a Estados Unidos y terminaron en la milicia. Hasta allá suenan.

Ahora bien, hay una admiración hacia el que triunfa. Al que enfrenta el gobierno corrupto, aunque en el fondo es parte de él. Porque no existe una organización criminal en un estado o en un país, sin que no haya complicidad del Estado. Sin embargo, en el caso del que escucha narcocorridos, lo ve como una oportunidad o como un ejemplo a seguir. No creas que la gente de Culiacán es mala por naturaleza, pero como se menciona a la ciudad en muchos corridos, se ha creado una falsa imagen.

Los nuevos compositores se han clavado en temas como el desamor y la pachanga. Hace tiempo, José Ángel Espinoza, Ferrusquilla, se manifestó contra esta música porque se alentaba a la violencia contra la mujer. Pensamos que era exagerado, pero el tiempo le dio la razón: Sinaloa ha tenido una aumento en las cifras de feminicidios y agresiones contra ellas. Habrá que ver qué tal elementales nos hemos vuelto, que una cancioncita nos dice qué debemos hacer con nuestras vidas".


EL NARCOCORRIDO RESPONDE AL CONTEXTO

Juan Carlos Ramírez-Pimienta nació en Tijuana, aunque desde hace varios años es profesor-investigador de literatura y estudios culturales en la San Diego State University, campus Imperial Valley. Ha escrito decenas de artículos que abordan la literatura, el cine y su pasión: el corrido. Es uno de los investigadores más influyentes en cuanto al tema. Su libro más importante es Cantar a los narcos: voces y versos del narcocorrido (Planeta, 2011).

"A partir de noviembre de 2005 empieza a manifestarse un desafío al Estado. Todo comienza con un corrido que se llama "El Bazukazo", interpretado por El Tigrillo Palma, que narra el traslado de un comando, el cual intentan detener la policía y el Ejército, pero no pueden. Este corrido es como una premonición del posterior debilitamiento del Estado. En diciembre de 2006, que es cuando se puede hablar de una declaración de la guerra al narco, lo que vemos también es que, en muy poco tiempo, cambia la producción corridística, sobre todo en Internet. El narcocorrido de los 90 es muy hedonista, hablaba de mujeres y placeres. Porque no había un contexto de gran guerra. Conforme el contexto se fue haciendo más bélico en la vida real, el narcocorrido empezó a reflejarlo en sus canciones. Es decir, primero fueron los descabezados, los encobijados y después fueron las canciones sobre estos hechos. No al revés. Y así nos fuimos hasta 2011, que es cuando se manifiesta una especie de hartazgo de la violencia. También se posiciona la idea de que hay una disminución en este tipo de hechos (aunque actualmente está volviendo a repuntar) y empieza a haber canciones de arrepentimiento. Surgen temas donde el protagonista está muerto y pretende dar una lección, a mostrar una moraleja.

Para mí el narcocorrido siempre ha respondido al contexto. Es decir, de ser un canto hedonista, un canto que festejaba lo que se obtiene con el tráfico de drogas, pasa a ser un canto de guerra. Sin embargo, nunca ha sido una sola cosa, los narcocorridos son muchas cosas. Si hay guerra, se cantan desafíos, pero al mismo tiempo, también se canta por la victoria. Por eso sigue habiendo canciones de parranda, porque básicamente, lo que tienen los cárteles, son soldados y se les alienta a pelear, pero también tienen temas donde los invitas a disfrutar, después de haber ganado.

Actualmente, en los narcocorridos empieza a aparecer un lenguaje neoliberal, mercantil, empresarial. Por eso la palabra "empresa" está en muchísimas canciones de la actualidad. Asimismo, es común que se incluyan una suerte de instrucciones de cómo ser el mejor "trabajador" dentro de esa "industria". Por eso hay temas en los que se habla de fidelidad al jefe, a los herederos del jefe y de cómo hacer crecer esa empresa. Este tipo de decálogos los puedes adaptar, sin problemas, a empresas como IBM o Google.

Ahora bien ¿Qué va a pasar ahora con el narcocorrido en el contexto de Donald Trump como presidente de Estados Unidos? Recordemos que el principal cliente de narcocorridos es el mexicano en Estados Unidos. El opus de iniciación es Estados Unidos. La industria se concentra más en Los Angeles, que en Culiacán. Porque cumple una función distinta escuchar un narcocorrido en México que en Estados Unidos. En el vecino país del norte es una estrategia de defensa cultural, porque empodera a un sujeto que se visualiza a si mismo como falto de poder. Y en estos momentos, una canción en la que haya mexicanos todopoderosos, que no le tienen miedo a nada, ni a nadie, incluyendo a Trump, me parece que será una receta intoxicante.

Recordemos que el narcocorrido nace como una canción de conflicto intercultural. Viene de los corridos de Gregorio Cortez, de la frontera. Desde mi punto de vista, el narcocorrido no desciende de la revolución, sino de las historias de bandidos generosos y del conflicto entre mexicanos y norteamericanos. Ese conflicto se ha recrudecido en los últimos meses.

Yo sí creo que hay una evolución. Desde el punto de vista histórico, los temas son distintos. La sociedad es distinta. El narcocorrido lo que hace es describir una realidad que ha cambiado. Es una realidad que presenta cualidades heroicas que son distintas a las de hace 150 años. Hay ciertos valores que se siguen conservando, aun en los narcocorridos más violentos: la valentía, la lealtad, la gratitud, la generosidad. Es decir, todavía no tenemos una canción que diga "yo mato mujeres embarazadas" o "yo mato a ancianos indefensos". Porque esa acción sigue siendo no heroica, todavía. La violencia en estas canciones, se racionaliza, podríamos decir y se adapta a los contextos de guerra.

Si se comparan con los corridos clásicos, los estamos comparando con corridos canónicos. Que han sobrevivido 50 años. Si hiciéramos un viaje en el tiempo, a la época en que se hicieron esas canciones, cuánta porquería íbamos a encontrar en otros corridos que no sobrevivieron. Lo que sucede ahora es que nos encontramos en medio de la producción. Yo siempre digo que la mayoría de todo es malo. Casi todas las novelas que se publican, son malas. Si menciono las tres mejores novelas, de esas, solo una va a sobrevivir 20 o 30 años. La mayoría de los poemarios que se escriben, son malos, solo unos cuantos pasarán la prueba del tiempo. Eso mismo ocurre con la producción de narcocorridos. La mayoría son malos, porque la mayoría de todo es malo. Después, con el tiempo, se van decantando y quedará lo mejor. Y esto se confirma cuando vemos que tuvieron que pasar 40 o 50 años para que apareciera la obra maestra de cierto subgénero y en algunos casos ya no apareció. Es injusto pedirle a una manifestación como el narcocorrido, una calidad que no se le exige a otras disciplinas. No se dice lo mismo de los 100 libros de poesía que llegan para un concurso: se considera natural que de esos 100, 90 sean malos y los jurados terminan escogiendo entre 10 trabajos. Es cierto, ahora es muy fácil producir una canción. Se produce muchísimo más que hace 10 años. Solo necesitas una cámara y una conexión a Internet. Por eso, el número que grupos que compone e interpreta sus temas en las cantinas, es inmenso. Y de todo ese universo, habrá un porcentaje mínimo de buenos temas y el tiempo los va a decantar.

Nuestro lapso de atención ha disminuido. Eres trendic topic dos horas y luego el que sigue. El ciclo de consumo es mucho mayor. Estamos en la época del úsese y tírese. Y esto aplica para todo, desde electrodomésticos, hasta el narcocorrido.

¿Hacia dónde va el narcocorrido? Hacia donde va la historia del país. Y eso no lo sabemos. Para que desaparezca el narcocorrido tiene que desaparecer el narcotráfico. Y eso puede suceder si se legalizan las drogas. Y que el narcocorrido pase a ser como los corridos tequileros, que aparecen en los años 20 y desaparecen en los 30, cuando se levanta la prohibición del alcohol y dejó de ser delito. Entonces no podemos saber qué pasará con el narcocorrido, porque este nos dicta la dirección de la realidad. El 90 por ciento de estas canciones responden a la noción del mal gobierno. Esto lo plantea el investigador John H. Mcdowell para el corrido en general, pero yo lo retomo para el narcocorrido. Los corridos de inmigrantes, por ejemplo, la causa: el mal gobierno. Corridos de bandidos generosos, la causa, mal gobierno. Canciones de justicia por mano propia, la causa, la corrupción en los cuerpos de justicia del mal gobierno. Y así con casi todas las canciones. Cuando todo eso cambie, va a desaparecer el narcocorrido. Pero eso se ve difícil, porque a mayor ausencia de gobierno, mayor presencia de estos agentes llenan estos espacios.

Por: Paul Medrano/VICE
@balapodrida

El Narcocorrido: 10 años de cantar la guerra contra el narco El Narcocorrido: 10 años de cantar la guerra contra el narco Reviewed by Redacción on diciembre 09, 2016 Rating: 5

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